Sobre el tan indeseado dolor

“Para variar”, como decía sarcástica mi mamá al referirse a conductas carentes de novedad, esta madrugada me busco nuevamente en el espejo de las letras, enfrentándome y tratándome de entender.

Una vez más, en la obscuridad que invade el brillo de la pantalla de mi computadora, intento ordenar palabras, que no escribir -porque eso sólo es de quienes atan la pluma al genio, como Camilo José Cela y Martín Luis Guzmán-. Sé que hacerlo únicamente sobre toros carece de mayor sentido, si esto no se vincula a lo humano y de ello se extraen entenderes.

Lo intangible del sentir y pensar que integra al hombre, sustenta el hacer más concreto.

Así como el invisible amor a un ser o a un hacer puede originar la más osada de las acciones, las intangibles ansias de manifestar los sentimientos que oprimen el pecho y el abstracto reto de imponerse al opositor más fuerte que puede conocer el ser humano, él mismo, llevan a enfrentar amenazas y realidades ineludibles como las que traen consigo amar o torear.

“No se te vaya a quemar el cerebro”, expresaba también mi mamá cuando por consideraciones propias de su parentesco, evitaba calificar con palabras altisonantes algunas “ideas” de un servidor.

Hoy, sin ánimo revanchista, me atrevo a salpicar el teclado con algunos intentos de reflexión en torno a un tema que gira en mi cabeza, en especial relacionado con el temporal trance que enfrenta una persona, a la que admiro profundamente y transforma mi visión de la vida.

Ese ser excepcional quizá sufre hoy dos dolores: el del cuerpo y el del corazón. Igual que sucede a algunos toreros, quienes saben bien que el segundo es mucho más intenso y difícil de curar.

Las cornadas dentro y fuera del ruedo duelen, pero quizá no tanto como esas ocasiones en las que lo humano permite que el alma se achique ante la amenaza de lo físico.

Por excelencia, el dolor es uno de los puentes que unen lo cotidiano del humano y lo excepcional del ritual del toreo. Aunque siempre esperado en los dos terrenos, es en ambos igualmente indeseado.

Entendido como consecuencia, no como objetivo, el dolor es cuota, miedo, sufrimiento, amenaza, realidad, lucha y aceptación, entre otras cosas irrenunciables propias de lo humano.

Sin embargo, hay dolores que, por más amenazantes sean o más fuertes se declaren, topan en las paredes de cristal que dejan ver el alma enamorada, ya sea de una persona o actividad.

El dolor y la vida van de la mano, como, por supuesto, también pueden ir el placer, los momentos de felicidad y la entrega continua.

Lo mismo en el amor del hombre que en la pasión del torero, dos ejercicios que exigen vaciar el alma en el objeto de su acción, intentar siquiera separar la vida del dolor es manifestación de anhelo suicida, sencillamente, porque forman una misma unidad.

Torear y renunciar al dolor es igualmente imposible que en la vida cotidiana.

El dolor es el pago por vivir, como el placer es la recompensa por atreverse a existir.

Esto de ninguna manera es masoquismo, ya que no se trata de obtener placer por medio del dolor. No, las personas con conductas “normales” no se provocan dolor intencionalmente, sólo conocen la posibilidad de encontrarlo en cualquier momento.

Y, sí, hay seres como los toreros que lo desafían de manera muy clara, aunque por supuesto tampoco lo desean sufrir.

Sin embargo, mientras vivir es involuntario, salvo en el acto final de valor en un momento de cobardía, como apuntara don Jaime Torres Bodet, torear es un acto voluntario.

No, la persona que veo en el reflejo de estas palabras de madrugada no torea, pero si lo hiciera sería figura.

La forma de enfrentar al dolor distingue muchas veces a los seres superiores, toreen o no.

Tal vez sólo habiendo visto de cerca las consecuencias de estar enamorado de una mujer o del toreo, es decir, de atestiguar la fusión de dos quereres, ya sea ahogando la angustia de ser humano en besos o aguantando y conduciendo estoico la amenaza de dolor que significa el toro, pudiera comprenderse que ambos casos manifiestan uno de los misterios más sublimes de la creación, como es el de luchar por la vida, embistiendo siempre con bravura y nobleza sin reparar en el dolor.

Por eso hay personas que respeto y admiro, tanto como a los toreros.

riverayasociados@hotmail.com

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