¡Venga, novilleros!

Finaliza la semana del olvido, de la reflexión, de la esperanza que nunca muere aunque deba buscar un nuevo objeto para depositarse y seguir dando vida.

Vivir duele, pero presenta, hasta el último aliento, la alternativa de abandonar aquello que produce dolor o renovar el motor de la existencia, que es confiar en que hasta la roca más dura cederá al perseverante golpe de la emoción y razón.

Admitir la derrota siempre será más fácil que volver a meter en un cuerpo destrozado el corazón al pecho y el cerebro a la cabeza.

¿Podría terminar de otra manera esta semana, si en ella tuvo lugar el “Día del Novillero”?

Ya no es expresión catastrofista, sino verdad evidente: la fiesta brava agoniza debido a que dentro de ella se está acabando con sus semillas de vida.

¿Es irremediable su situación? No, como la de todo lo que vive, aun así sea con dificultades.

Pero, ¿qué es un novillero de verdad?

Más allá de ser quien lidia reses de tres años, novillero es un soñador de entrega y pasión, que ansía la oportunidad de darse para ganar un sitio en la Gloria que surge en la tierra cuando el cuerpo se abandona y actúa con el alma.

Novillero es aquella persona que encarna la actitud decidida de quien sabe de dolor, pero también de visión para encontrar tras este el placer; de quien puede llorar cuando una puerta se le cierra, pero luego con coraje toca otra aún más fuerte; de quien entiende que el miedo dimensiona el triunfo de los hombres que optan por superarlo; de quien reconoce al temor como la mayor amenaza a la libertad de la mayoría de los humanos y decide desafiarlo para ser único y libre.

Empero, hoy la figura del novillero es una en peligro de extinción que aguarda en la antesala de la desaparición de la fiesta brava como ritual oficiado por seres extraordinarios, poco antes de convertirse exclusivamente en entretenimiento de pudientes ajeno al interés del gran público.

En México, la celebración de novilladas cada vez es menor, careciéndose, como sucede en otros aspectos del país, de una estrategia para incrementar su número, construir afición y renovar e innovar la baraja taurina.

El desinterés de las empresas para dar festejos novilleriles con una visión de negocio a largo plazo, la aislada e inconexa realización de estos, y la necesidad generalizada de que los novilleros paguen importantes sumas para torear, son algunas de las condiciones que hoy presagian la muerte del espectáculo taurino.

Dejar de dar novilladas equivale en la tauromaquia a cerrar escuelas en una nación con hambre de educación. Ambos casos, irremediablemente, acabarían con el todo del cual son parte.

Hay otro símil entre la tauromaquia y la sociedad: el talento y las ganas de ser no son propiedad de clases sociales sino de seres humanos, quienes comparten una misma esencia más allá de sus circunstancias. El toro y la vida exigen “papeles” a todos por igual.

Marginar de cualquier profesión a quienes carecen de recursos económicos o dar oportunidades únicamente para satisfacer intereses personales antes que grupales, es condena de atraso o desaparición de esa actividad.

Pocas cosas quizá hay tan lamentables y tristes para un hombre que ver estrellar su oferta de amor, entrega, ser y hacer a una causa, sabiendo que esta es inútil cuando el motivo de sus sueños se rige por “valores” ajenos a lo que cree es lo más grande que puede ofrecer.

Ante la ausencia o el costo de oportunidades, decenas de jóvenes talentosos y valientes así enfrentan hoy la frustración e injusticia que provoca el triunfo de lo material, del corto plazo, de lo finito.

Sí, la causa del novillero es también reflejo de muchas otras dadas en un sistema que se obstina en hacer todo lo posible por atentar contra sí mismo, al castrar sus posibilidades de renovación y superación.

Pero, si el toreo es sublime representación de la vida, ¿por qué renunciar a la esperanza y a la fuerza del espíritu, condiciones de vida aun antes que el oxígeno en los pulmones y la sangre en las venas?

Sí, la fiesta de toros agoniza, pero sigue viva…

Y mientras haya vida se podrá seguir trabajando por un país de justicia, valores y visión en todos los órdenes.

Sencillamente nadie podrá decirse “novillero” si la adversidad de las circunstancias le hace renunciar a sus sueños, a la esperanza y decisión de asumir la vida como irrepetible oportunidad de entrega.

riverayasociados@hotmail.com

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