Yo sé a quién responder…

Las equivocaciones de Ruiz Esparza

El socavón de la carretera de Cuernavaca, las muertes, el caos, el desastre anunciado con gran anticipación, definen el punto más frágil de la actual administración. 

Queda, con esto, escrito de la peor manera el error de poner, y después sostener, a los cuates en puestos de importancia crucial.  A lo que debe agregarse la sospecha, inmensa, de corrupción.

Gerardo Ruiz Esparza no sería poderoso sino fuese amigo, muy cercano, del presidente Peña Nieto.

Tal vez por eso, en una expresión de su infinita arrogancia, le dijo a José Cárdenas como respuesta a su eventual “renuncia”, que él sabía a quién responder y cómo hacerlo.  Equivocación extrema.  Porque Ruiz Esparza es un funcionario público cuyo salario lo pagamos millones de mexicanos, y por tanto su primera obligación es con los ciudadanos, lo de ser o no cuate del poder es aparte.

Una construcción de más de mil millones de pesos no puede ser hecha al aventón.  Menos todavía cuando ese costo se duplicó… por razones que ninguno entiende.  Ni siquiera se entregó a tiempo.  Le correspondía a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, al señor Ruiz Esparza, a su gente, comprobar minuciosamente que dicha construcción seguía los requerimientos técnicos.

No hay explicación lógica, creíble, de que haya podido destruirse, formarse un socavón de más de cinco metros de profundidad por la lluvia.  Sería de locos, suicida, imaginar siquiera que esto pueda suceder.  Si el drenaje fue o no contemplado en su construcción, la empresa dice que no, Ruiz Esparza que sí, la responsabilidad de verificarlo era de dicha Secretaría.

No hay calificativo para la infinita cadena de omisiones y errores alrededor de esta realidad. 

¿Qué no tenemos ingenieros, técnicos con capacidad para revisar esto?

No fue suficiente.  Una vez que fue inaugurada, contada y cantada en todos los espacios como una “obra magnifica”, como lo bueno que sí debemos valorizar, la carretera comenzó a desbaratarse.  Como si fuese de chocolate.  Y las autoridades municipales lo advirtieron, formalmente, a las autoridades federales. Preocupadas de que sucediese, como fue, una tragedia.

¿Por qué no hicieron nada?  Ahh… por algo muy sencillo, porque este gobierno ya “cerró” sus puertas y no hay un centavo hace meses en el sector público.  No se puede contratar ni a un empleado de limpieza. No hay dinero repiten todos.  No hay dinero dijo el señor, jovencito diría yo, delegado de la SCT en Morelos. No hay, no hubo dinero para reparar la carretera que ya se desbarataba hace varios días.

¿Y los muertos?   Los muertos que Ruiz Esparza pone bajo el automóvil Jetta que tanto gusto le proporcionó “haber rescatado”, los muertos que no fueron su culpa pero que serán indemnizados dijo, supongo que refiriéndose a sus familiares.  Los muertos que no debieron ser, donde los van a colocar…

Ningún mandatario se merece estos colaboradores.   En un momento tan complicado, cuando su aceptación social es mínima, no se merece que sus colaboradores lo metan en estos, gravísimos, problemas.  Simplemente no había necesidad.  Con verificar que la construcción de la carretera fuese la correcta… A no ser que haya, inmerso, un tema de corrupción.

Porque cuando la autoridad, el gobierno, es “socio” de los constructores puede exigirles muy poco.  Quien recibe dinero está obligado a quedarse ciego y mudo ante los errores que llevan billetes a su bolsillo. 

Y poco importa que no haya pruebas en ese sentido, en la percepción popular se asocia el nombre de Ruiz Esparza con corrupción.  Y todo salpica a Los Pinos, también hablando de esto tan poco manejable, percepción que suele ser más fuerte que la misma realidad. La imagen, repetida en redes sociales hasta el cansancio, del automóvil con los cadáveres saliendo del hoyo entre piedras y lodo, va a permanecer en la mente de millones de mexicanos como un signo de este sexenio.

Si es cierto que Gerardo Ruiz solamente rinde cuentas a su jefe, bien haría éste en pensar en si el precio de sostenerlo, contra la misma realidad, en su puesto no se volvió tan grande, tan profundo, tan obvio como el socavón en la carretera rumbo a Acapulco…       

 

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