A propósito de la inauguración de la Temporada Grande

Al comenzar hoy las corridas de toros en la Plaza México, arriban a mi presunta mente expresiones que quiero publicar con mi manifiesta desfachatez para escribir sobre aquello que, a veces, hasta las propias vacas bravas ignoran.

¿Vas a opinar sobre la diferencia entre una temporada pre construida y una hecha con base en resultados de los espadas y sentires de su público?

¿Acaso sobre la ausencia de mayores oportunidades para connacionales no poderosos?

¿O acerca del temor al ganado que no emocione y la presunción de que algunas figuras europeas vengan de vacaciones?

No. Este domingo lo haré sobre una certeza.

Primero te comparto el origen de esta intención. ¿Sabes, alma mía, que esta semana sufrí una severa agresión, que si bien fue cometida involuntariamente, me molestó realmente?

Me incomodó porque tocó una de mis mayores convicciones, atacó sin argumentos desde afuera lo que mis razones nutren en mi interior y calificó con lo que ve lo que existe por lo que se siente.

¿Qué pasó?, cuestionas con tu particular expresión que presagia escenarios catastróficos que nunca se dan. Resumo: recibí un mensaje en el cual se usó la figura del torero para representar cobardía y hacerlo objeto de rechazo social. Sí, lo sé, nada más absurdo para ti y para mí.

Sin embargo, ello me lleva a preguntar:

¿Has estado horas en vela por el temor más grande que puede tener el ser humano, que no es a la muerte, sino a la victoria del miedo sobre sus deseos de ser?

¿Has sentido alguna vez que tu corazón no puede soportar más angustia y luego verlo volar de la manera más absolutamente libre al estar frente a aquello que la provocaba?

¿Has visto convertirse lágrimas de miedo en lágrimas de emoción?

¿Has estado en disposición de abandonar el cuerpo, para que gobierne tu existencia y destino tu alma?

¿Has ordenado quietud a tu carne temporal ante el roce de la muerte eterna?

Eso y mucho más lo conoce un torero de verdad, tan igual a todos los hombres por sus angustias, placeres y anhelos, pero tan excepcional por el valor que lleva al triunfo de su espíritu sobre su humanidad, al logro del ideal de vida plena al lado de la sombra continua y fría que acompaña todo lo vivo y a la expresión de su sentir más profundo y complejo en formas que pueden conmover a quien las presencia.

Alma adorada: te invito a pensar esta tarde si Diego Ventura, Antonio Ferrera, Leo Valadez y José María Hermosillo bien pudieran representar, desde su dimensión humana común a todos nosotros, el valor que muchos anhelamos poseer para hacer a un lado el miedo en el suspiro la vida y disfrutar esta con la intensidad de aquello que se sabe pasajero.

Un torero a caballo y a pie podrá ser todo, pero nunca ni un cobarde ni sólo un espectador del sueño fugaz de existir.

Suerte y admiración para ustedes, toreros de esta tarde.

riverayasociados@hotmail.com