Compromisos así hay pocos

Dos temas dos, alma compañera, planean sobre el sitio donde quizá hay una mente, pero, con seguridad, existe el interés de explicar mi estancia en el mundo por medio del ritual taurino.

Bien sé que esto puede parecerte absurdo, si no has sentido cerca el bufido que te desafía a liberarte hasta del miedo a la muerte y explorar así las profundidades de tu historia, angustias y anhelos.

Ya sé. Te acuerdas de ese compañero sobre el que te he platicado, sí, ese que a cada solución le encontraba un problema. Lo admito: tal vez tengo la “habilidad” de convertir cada asunto simple en uno complicado, característica que más de una vez me has señalado no precisamente riendo.

“Basta”, te escucho, “¿y ahora qué?”. Bueno, quiero compartirte dos intentos de reflexión en torno a igual número de hechos vividos en la semana: el asombro de unos compañeros de clase provocado por la existencia de mujeres y hombres que exponen la vida toreando y el recuerdo del riesgo y lo impredecible existentes en el toreo a propósito de las lesiones sufridas por Enrique Ponce.

Sólo te pido, alma compañera, una vez más, la paciencia del Santo Job, acerca de quien también en más de una ocasión he escuchado que, de haber sido yo su contemporáneo, otra sería su fama.

¿Por qué lo hacen?

El grupo está formado por gente inteligente. Lo sé porque ninguno de sus integrantes está conforme con su entorno.

¿Por qué lo hacen?, pregunta una mujer, al parecer con verdadero interés en aquello que motiva a los toreros a ofrendar la vida.

¿Toda acción del hombre debe tener un por qué? ¿La vida tiene un por qué?, trato de pensar.

Luego ambas cuestiones las respondo con un enfático “no”, por más presiones que pueda recibir de la porra fifí del utilitarismo.

Sobre la primera pregunta cabría pensar en dos condiciones, no “porqués”, del quehacer humano, particularmente en profesiones que implican tocarle la puerta a la muerte y luego quedarse muy quietos cuando ésta abre.

Estar ahí, por el solo hecho de permanecer donde se desea, sin más motivo que ejercer la libertad de ser y honrar aquello que se representa, bien pueden ser elementos comunes a vocaciones como, por ejemplo, las de un bombero y torero.

Resultan por ello absurdas las expresiones de algunos seguidores de la moda anti taurina cuando un torero es herido y sentencian que “él se lo buscó”, como si acaso este no tuviera plena conciencia del riesgo del toreo y del honor como valor a preservar antes que la integridad física propia.

Hacer lo que se quiere y debe, es razón más que suficiente para no moverse, aun así se espere el saludo de la muerte, costo ínfimo comparado con el valor de imponer la quietud del alma a la huida del cuerpo, cuando de expresión del sentir y honor se trata.

¿Y el por qué da la vida? Bueno, ese es discrecional.

Seres diferentes

Una de las escenas de mayor impacto y motivo de reflexión en “Torero”, infaltable película de la década de los 50 para entender mejor este quehacer heroico, dirigida por Carlos Velo, se registra cuando Luis Procuna visita la tumba de Manolete y cuestiona qué podría pasarle cualquier tarde si “al mejor, al más grande de los toreros” lo había matado un toro.

Evoco lo anterior a raíz de la cornada y los destrozos en una de sus rodillas sufridos por el valenciano Enrique Ponce, esteta y maestro del toreo.

Tras conocer algunas discusiones banales por su intención de explicar el toreo como si fuera una ciencia exacta, atribuyendo el percance sucedido en Valencia el lunes 18 a un supuesto error del espada, lo que pudiera ser cierto, mas no sustantivo dentro de la lógica taurina, quiero compartirte, alma compañera y cuestionadora, un punto de vista más sobre el fascinante misterio protagonizado por estos personajes, incomprendidos en una época donde lo material reina y el sacrificio por el honor y sentir es muchas veces ignorado.

Ponce no sólo es un torero privilegiado por su capacidad para trazar suaves formas con la fiereza del toro bravo, sino es también todo un profesional, que tan sabe del comportamiento de la res, como admite las infinitas conductas de los seres vivos y entiende que, en su profesión, la vida puede depender de ellas.

Luego de observar el desarrollo de su faena al toro que le hirió, llena de exigencia de firmeza, no puedo menos que expresar mi admiración, ajena a cualquier aventurada explicación de un “error” apreciado cómodamente en una pantalla, a quienes se paran frente al toro para expresarse, a sabiendas de la presencia latente del dolor y muerte. Ponce tuvo la oportunidad de enmendar o aliviarse, pero optó por no cejar ante el riesgo e intentó el pase de pecho, descubriéndolo el sentido del toro y sufriendo las consecuencias conocidas.

Creo que con más profesionales poseedores del compromiso de ser que tiene el torero, muchas cosas cambiarían para bien, ¿o qué opinas, alma compañera?

riverayasociados@hotmail.com