Cuestión de olfato

Siento que entro nuevamente a la morgue, como en mis incursiones juveniles en el mundo del periodismo policiaco. Si hasta creo percibir el penetrante e inconfundible olor que deja la despedida definitiva de los seres humanos, tan distinto como superiormente desagradable con relación al aroma de otros animales en las mismas circunstancias.

La paz, el olvido, la aceptación de lo irreversible se percibe esta mañana en grado superlativo.

¿A qué te refieres en esta “resurrección” de tu columna?, preguntas desde tu quinto sueño, inexplicable y adorada compañera.

Pretendo referirme a un estado humano esencial para aspirar a la justificación del disfrute de la oportunidad de vivir.

El estado al que deseo referirme es la pasión, que en el medio taurino nacional está dejando de existir, por lo que ahora lo de menos, aunque sea lo de más, es el estilo, el carácter, el valor, la sapiencia y la personalidad de uno u otro torero.

Al igual que en las cuestiones del amor, me parece verdadera la sentencia que indica que cuando desaparece la pasión todo acaba.

Alma mía: la existencia humana y la fiesta de toros son oportunidades para la expresión de pasiones, es decir, para la manifestación de plenitud, de conciencia sobre la cortedad de la existencia, de capacidad para entregarse a la eterna persecución de ilusiones como fin último de la vida.

Cuando en el ruedo desaparece el celo para ser el mejor y desde el tendido se observa a individuos distintos haciendo lo mismo, la pasión y el espectador dejan de comprar boleto para asistir a los toros.

Mas en la indeseada tranquilidad en el medio taurino debida a la huida de la pasión, recuerdo otra ausencia.

¿Dónde quedó la emoción, signo supremo de vida? Ni torear ni amar son concebibles sin ella, pues ¿cómo quedarse quieto en su ausencia cuando te embisten unos amenazantes pitones o miran tus ojos de mujer aún más peligrosos? Mientras los primeros matan el cuerpo, los segundos enajenan el alma.

La emoción es la comandante suprema del ejército de los seres humanos realmente vivos, no de quienes creen estarlo únicamente porque respiran y tienen pulso.

Es ella la que convoca lo mismo a las taquillas de una plaza de toros, que a una cita de corazones. ¿Evocas las imágenes de la Feria de San Isidro de este año y sus importantes entradas? Ah, entonces recuerdas que hasta viendo algunas corridas por televisión quería echar el paso hacia atrás, por el trapío de muchas de las reses lidiadas.

Contra lo anterior contrasto la escasa oferta de esa emoción hecha por los festejos taurinos en México, así como su frecuencia y número de espectadores a la baja, entendiendo así que un cadáver sigue siéndolo aunque no lo sepa.

La prohibición de las corridas de toros decretada esta semana en Quintana Roo y las casi nulas reacciones de los actores principales de la fiesta, como toreros, ganaderos y empresarios, confirman el origen del inconfundible olor a morgue que percibo este amanecer.

Salvar a quien no quiere salvarse, no sólo es difícil, sino resulta una intromisión.

En este ambiente, te confieso alma mía, recuerdo las palabras de mi congruente, apasionado y emotivo corazón mayor, quien lacera mis presuntos pensamientos cuestionándome: ¿si fueras toro, lo estoquearías? Y volteo a verte, compañero canino, encontrando magnificada tu nobleza e incondicional entrega. Aun sabiendo que ni tu sangre ni función te llevan a embestir, me es innegable admitir que somos todos animales sintientes.

“Chamaco, ves la tempestad y no te hincas”, solía decirme mi abuelito -aun en las postrimerías de mi vida es realmente difícil referirme a él como “abuelo”-, cuando, al igual que en la actualidad, mi necedad o inconsciencia llevaban a expresar algo en un contexto evidentemente inapropiado.

Mas, una vez más lo señalo, soy taurino, no fundamentalista.

Huele a muerto. ¿La fuente seré yo, la política nacional, la fiesta brava en el país o la sensibilidad y el conocimiento indispensables para apreciarla? ¿O todos estos integrantes del mundo en descomposición?

 

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