De uno que nos espera allá y de otros que nos atacan acá

Domingo de reaparición, de recuerdo al salido del sueño de la vida para ingresar a la leyenda de los muertos, de defensa necesaria ante la intolerancia, de dos temas a cuestionar:

I Preguntas tras la muerte de un torero

Si los hombres se transforman en buenos al morir, ¿si todos muriésemos, el mundo sería mejor?

Si las culpas por haber omitido en vida el reconocimiento al otro se expían al reconocerlo ya muerto, ¿basta saber que el acreedor algún día morirá, para dejar de sentir culpa por la omisión?

Si el toreo natural al natural de Miguel Espinosa “Armillita” tuvo el sello de lo esporádico, como suelen ser las creaciones excepcionales del hombre, ¿por qué no comprometerse y asegurar que fue un artista?

Como prácticamente todo cuerpo que pierde el alma en la cultura de la hipocresía, el de “Armillita”, dice la mayoría, fue el de un hombre bueno. Quizá sí, pero, seguramente, fue el de un ser que parecía saber tan bien vivir, que las que para otros serían graves preocupaciones, para él eran sólo motivos para darle la vuelta a la página.

Como prácticamente todo cuerpo que pierde el alma en la cultura que olvida que el tiempo del ser humano es finito, hoy le sobran reconocimientos continuos, cuando en su vida taurina eventualmente los mereció y muy fuertes.

Como prácticamente todo cuerpo que pierde el alma en la cultura de la forma, el de este torero es conocido ahora como el de una figura, cuando en realidad fue mucho más, pues por su capacidad para expresar su fondo de ser natural, sin afectaciones, bastó mostrará en contadas ocasiones su sublime toreo con la mano izquierda para alcanzar el título perenne de excelso muletero.

Como prácticamente todo cuerpo que pierde el alma en la cultura de la franqueza, partió un hombre como todos, pero quedó el recuerdo de un torero como pocos, de genio tan grande, que con unas cuantas creaciones inscribió para siempre su trayectoria en la historia del toreo.

Decir “descanse en paz” tal vez esté de sobra, pues en su vida taurina raramente se le vio agobiado.

Tan natural fue su natural, que su recuerdo es excepcional.

 II Breve desvarío sobre lo anti taurino

Cuando la ciencia y la tecnología se divorcian del sentido de lo humano, lo más a lo que pueden aspirar los hombres es a ocultar en ellas su insatisfecha hambre de ser.

La mayor cauda de conocimientos podría ser inútil si no es acompañada de la sensibilidad para apreciar las sorpresas del suspiro de la vida y de la conciencia de su temporalidad.

¿Y ahora? Si aquí se trata de hablar de toros y, claro, de otros animales, ¿a qué vienen tan “sesudas” sentencias?

Pues como dice ella, espérate, déjame hablar…

Esto obedece a los continuos embates recibidos en mi conciencia taurina, tantos, que está embistiendo a ella misma.

Algunas de esas acometidas tienen como fuentes a personas con amplios saberes acerca de los avances científicos y tecnológicos del momento, pero ajenas al paradójico sentido humano de la fiesta de toros.

Puede ser difícil de entender para quien tenga más cualidades para comprender lo objetivo de la ciencia, que para entender la subjetividad de la angustia propia de ser humano, pero, hay que insistir: la fiesta brava no es un ritual de muerte sin sentido, sino uno de vida pletórico de significados.

¿Ejemplos? Entre muchos, el valor de entregar hasta la vida en la búsqueda de la satisfacción plena, antes de aceptar el miedo que garantiza la existencia de la segura insatisfacción continua; y la extraordinaria oportunidad de imponer la fuerza del sentir al temor de sufrir.

Sí, el toro casi siempre muere y el hombre sólo de vez en cuando, pero, invariablemente, ambos obedecen a un llamado común, acatando, el primero, el mandato de sus genes y el segundo el de profundos y remotos atavismos. Ambos, más que matar, buscan vivir enfrentando a la muerte.

Por supuesto que no todo aquel que cuestiona la fiesta de toros es alguien carente de sentido humano o de conocimientos útiles para alcanzar la plenitud personal. Ni por asomo, mi ignorancia crasa llegaría a ello. Más aún, la fiesta brava como cualquier otra actividad, requiere ser continuamente cuestionada para satisfacción de su propia e indispensable necesidad de fortalecimiento o cambio.

Amo, sí, lo mismo a mis dos corazones anti taurinos, acremente críticos de mi expresión, tanto como a quien me impulsa a seguir adelante con mi afición, sabedora de lo que entiendo en ella y satisface mi necesidad de vida.

El problema no es censurar la fiesta, sino ser intolerante, erigirse en juez de caso desconocido o en crítico únicamente de las partes de un todo, ajeno al significado distinto del conjunto que forman.

Así, continuando la acción unilateral de intentada aceptación, con la que busco mantener esta misteriosa relación de vida para la muerte y muerte para la vida, observo, sólo observo, lo anterior.

Después de todo, este momento puede ser la última oportunidad para decirlo, sabedor así ahora veré el destino risible avanzar.

riverayasociados@hotmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *