Castella roza la eternidad con “Cantaor” y la espada le niega Madrid

La corrida de Victoriano del Río tuvo presencia, movilidad y, sobre todo, un toro excepcional en “Cantaor”

Foto: Manolo Briones
Foto: Manolo Briones

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MADRID.- Madrid acabó puesta en pie por un toro y por un torero. Por “Cantaor”, cuarto de Victoriano del Río, y por Sebastián Castella, que encontró en él ese raro equilibrio entre bravura y armonía sobre el que se sostienen las grandes faenas de Las Ventas.

La espada evitó la Puerta Grande, sí, pero no pudo rebajar el peso de una obra maciza, de torero grande, de figura asentada sobre la experiencia y el gobierno de los tiempos.

Porque Castella no llegó a Madrid a reivindicarse. Llegó a confirmar que sigue ahí.

“Cantaor” tuvo desde salida un aire distinto. No fue un toro espectacular en lo aparatoso, sino en la manera de desplazarse, en la forma de entregarse al engaño sin reservas. Humillaba mucho, llevaba el hocico abajo y repetía con una franqueza extraordinaria.

Tenía clase, pero también transmisión. No era un toro bobalicón; pedía mando, pulsearlo y llevarlo cosido a la muleta. Y Castella lo entendió desde el comienzo.

El inicio de faena, con los péndulos en los medios, tuvo el sentido exacto de las cosas que no se improvisan. Ahí el francés decidió jugarse la tarde. Madrid respondió enseguida. Después llegó el toreo largo, asentado, muy templado sobre la mano derecha.

Muletazos ligados, profundos, con la figura encajada y el toro rebosando la tela hasta el final. Cada serie elevaba el tono de la faena porque “Cantaor” no dejó nunca de empujar desde atrás, con emoción y duración.

Pero fue al natural donde apareció lo mejor. Castella toreó despacio, con autoridad serena, sin perder nunca la colocación. No buscó el efectismo ni el aplauso rápido. Hubo una intención clara de construir la faena desde dentro, de ir sometiendo la embestida sin violentarla.

Los naturales tuvieron largura y mando, y Madrid comenzó a entrar en ese estado tan suyo en el que el ruido desaparece y toda la plaza mira fijamente al ruedo.

La faena había tomado vuelo grande. No por acumulación, sino por densidad. Porque había verdad en lo que estaba ocurriendo. Castella llevaba al toro muy toreado y “Cantaor” seguía respondiendo con una nobleza emocionante. Hacía tiempo que Las Ventas no veía un toro de esta condición en San Isidro.

Por eso la vuelta al ruedo en el arrastre tuvo tanta fuerza. El público entendió que aquel animal merecía quedar señalado entre lo importante de la feria.

Entonces llegó el acero y cambió el sentido de la tarde.

El toreo tiene esa condición despiadada: exige plenitud absoluta. Todo cuenta. Da igual lo construido durante quince minutos si el final se emborrona. Castella había levantado una faena de Puerta Grande, de las que consolidan ferias y alimentan temporadas, pero la espada cayó como una interrupción seca.

El premio se esfumó ahí. Y se notó en el rostro del francés, que dio la vuelta al ruedo sin impostar una alegría que no sentía del todo.

Porque hay golpes que no vienen del fracaso, sino de haber tenido el triunfo plenamente en la mano. Y Castella sabía perfectamente lo que acababa de dejar escapar. Madrid también.

No hubo gesto de derrota, sino algo más complejo. La sensación de quien ha hecho lo más difícil y, aún así, sale sin la recompensa completa. En un tiempo donde tantas veces se confunde el ruido con la importancia, Castella firmó una actuación de figura.

De las que nacen del conocimiento profundo de la plaza, del toro y de sí mismo. Toreó con cabeza, con poso y con una seguridad que sólo pertenece a quienes llevan veinte años sosteniéndose arriba.

También Emilio de Justo dejó una actuación seria e importante frente al segundo, “Duplicado”, otro toro de buen fondo de Victoriano del Río. El extremeño encontró pronto el pitón derecho y por ahí desarrolló los mejores momentos de su faena.

Toreó con naturalidad, corriendo bien la mano y llevando siempre muy metido al toro en la muleta.

La embestida tuvo calidad y humillación, aunque por el izquierdo el animal protestó más. De Justo no se descompuso nunca y mantuvo firme el planteamiento hasta el final, rematando con manoletinas una labor estimable. El acero redujo todo a una ovación desde el tercio.

Tomás Rufo dejó disposición toda la tarde. Su primero apenas le ofreció posibilidades reales, aunque logró algunos naturales templados en una faena de paciencia y oficio. Más opciones encontró en el sexto, un toro con movilidad y transmisión al que entendió mejor sobre el pitón derecho.

Rufo bajó la mano y buscó profundidad, especialmente en algunos muletazos por bajo de buen trazo, pero la faena perdió continuidad y no terminó de romper.

La corrida de Victoriano del Río tuvo presencia, movilidad y, sobre todo, un toro excepcional en “Cantaor”. Uno de esos animales que engrandecen una plaza y elevan una tarde por encima del resultado final.

Y allí quedó Castella, caminando el ruedo de Madrid entre la ovación de la plaza y el peso íntimo de una Puerta Grande que ya había visto abierta

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