Diosleguarde, confirma su verdad en tarde áspera de La Quinta

El salmantino destaca en una fría tarde donde pocas opciones hubo también para El Cid y Álvaro Lorenzo

Manuel Diosleguarde tuvo una corrida áspera desigual y complicada en La Quinta
Manuel Diosleguarde tuvo una corrida áspera desigual y complicada en La Quinta

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MADRID.- La tarde de la confirmación de Manuel Diosleguarde tuvo algo de examen antiguo, de esos que no conceden tregua ni facilidades. Las Ventas, vestido del "No hay billetes" en el Día Internacional de la Tauromaquia, no regaló entusiasmos fáciles ni triunfos sonoros.

La plaza madrileña, siempre celosa de sus liturgias, aguardaba al torero salmantino con la severidad de quien sabe que las confirmaciones verdaderas no llegan con el paseíllo, sino cuando el toro aprieta y el miedo se hace visible.

Y allí apareció Diosleguarde, dispuesto a sostenerse sobre el alambre de una corrida áspera, desigual y complicada de La Quinta, con el añadido de un sobrero de José Manuel Sánchez para sustituir al inválido segundo.

Era la séptima corrida de toros y octavo festejo de esta Feria de San Isidro. En el cartel, el regreso de El Cid a la feria venteña desde aquella última comparecencia de 2019 —aunque sí había hecho el paseíllo después en Otoño y en la reciente Goyesca—, la voluntad de Álvaro Lorenzo y la confirmación de alternativa de un torero que llegaba con la necesidad de dejar constancia de sí mismo en Madrid.

Abrió plaza "Vendaval", un cinqueño de 542 kilos con el hierro de La Quinta. Toro encastado, incierto, áspero y de embestidas cortas, de esos que obligan a pensar cada cite y medir cada distancia. La ceremonia de confirmación transcurrió solemne, con El Cid como padrino y Álvaro Lorenzo de testigo, mientras la plaza observaba con esa mezcla de expectación y distancia que caracteriza a Madrid.

Diosleguarde se fue después a los medios para brindar al público y empezar allí la verdadera prueba. Hubo ya intención en el recibo capotero, llevado con limpieza y buen aire, pero fue en la muleta donde apareció el torero. No era fácil el animal. Se metía por dentro, se revolvía pronto y pasaba sin entrega.

Cada muletazo exigía mando, colocación y una firmeza poco aparatosa, pero muy auténtica. El salmantino entendió pronto que la faena no podía plantearse desde el lucimiento, sino desde la inteligencia y el gobierno.

Sobre la diestra logró sujetarlo, tirando del toro hacia adelante pese a sus dudas y su tendencia a quedarse corto. Pero fue al natural donde apareció el mérito verdadero.

Allí, con el toro siempre encima y la cara alta buscando el cuerpo, surgieron naturales de enorme exposición, de los que no encienden al tendido de inmediato, pero sí dejan poso entre los aficionados atentos.

No perdió nunca la compostura Diosleguarde, que decidió no alargar innecesariamente una labor que podía venirse abajo en cualquier instante. Hubo lectura, serenidad y capacidad. Madrid lo entendió y saludó la vuelta al callejón de quien había confirmado con verdad.

La tarde, sin embargo, estaba destinada a moverse en terrenos deslucidos. El segundo titular quedó inservible tras el caballo y fue devuelto entre protestas. Salió entonces el sobrero de José Manuel Sánchez, un toro correcto de presentación, pero falto de fondo y emoción.

El Cid, que reaparecía en San Isidro seis años después de su última comparecencia en feria, trató de construir desde el oficio una faena sin apenas materia prima.

El sevillano, torero de inteligencia y temple antiguo, entendió pronto la condición de un animal desfondado, sin transmisión y muy suelto. Lo fue llevando con paciencia, ganándole terreno y tratando de envolver una embestida que nunca terminó de romper hacia adelante.

Hubo momentos de cierta limpieza al natural, especialmente cuando le bajó la mano y logró sujetarlo en una serie estimable, pero todo quedaba diluido por la ausencia de emoción. El público reconoció el esfuerzo silencioso de un torero que ya no necesita demostrarse nada, pero que sigue compareciendo en Madrid con la dignidad intacta.

Álvaro Lorenzo se topó en tercer lugar con otro de esos toros imposibles de construir. "Emperador", tercero de la tarde, no tuvo clase ni entrega. Soltaba la cara, se movía a arreones y apenas ofrecía recorrido.

El toledano quiso poner orden, especialmente sobre el pitón derecho, donde robó una tanda breve y aseada, pero pronto entendió que aquello carecía de contenido. No hubo lucimiento posible, aunque sí voluntad de mantenerse firme ante un toro deslucido y vacío.

El cuarto confirmó el tono general del encierro. Manso declarado, en cuanto divisó las tablas convirtió la lidia en una persecución imposible.

El Cid apenas pudo dejar constancia de su experiencia para mantener al animal dentro de los engaños antes de que terminara definitivamente rajado. La plaza asistía a la corrida con una mezcla de resignación y espera, como quien intuye que aún puede quedar una última bala en la recámara.

Tampoco el quinto ofreció demasiadas opciones a Álvaro Lorenzo. Toro sin humillación ni transmisión, de embestida plana y cumplimiento burocrático.

El torero insistió con entrega, alternando pitones y tratando de construir una faena donde apenas había posibilidades de triunfo. Fue mayor el empeño que el resultado, aunque quedó la sensación de un profesional honrado que nunca volvió la cara.

Y entonces salió el sexto. "Trianero" —el único toro de la tarde que despertó de verdad a los tendidos— tuvo más emoción que sus hermanos, sin llegar tampoco a ser un ejemplar completo.

Conservaba movilidad, fijeza y una cierta entrega por el pitón derecho, aunque desarrolló pronto genio y peligro sordo. Allí apareció de nuevo Diosleguarde.

El salmantino entendió rápidamente que aquel toro exigía distancia, ritmo y temple. Lo llevó a los medios y comenzó a someterlo sobre la diestra, aprovechando la inercia de una embestida que, ahora sí, tenía transmisión. Hubo muletazos ligados, con largura y mando, que hicieron despertar a Las Ventas por primera vez en toda la tarde.

El torero bajó la mano, corrió la mano con suavidad y supo dosificar la condición de un animal que amenazaba con venirse abajo si se le exigía en exceso.

Cuando probó al natural aparecieron las dificultades. El toro se mostró más bronco, más áspero y menos claro, pero Diosleguarde insistió con firmeza y sin perder nunca el sitio.

Recuperó después la derecha para firmar la tanda más rotunda de la tarde, la que terminó de meter a Madrid en la faena. Había emoción, había verdad y había un torero decidido a jugarse el sitio en la plaza más difícil del mundo.

La espada, sin embargo, diluyó cualquier posibilidad de premio. El acero cayó como una sombra sobre la labor más importante de la tarde. Aun así, quedó la sensación de que Manuel Diosleguarde había dado un paso serio en Madrid.

No salió a hombros ni cortó orejas, pero confirmó algo quizá más importante: que tiene cabeza, capacidad y valor para sostenerse en el lugar donde los toreros se definen de verdad.

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