Un gran Conde de Mayalde impulsa a Julio Méndez hacia la Puerta Grande

Los naturales de Emiliano Osornio dejaron empaque y solera en la tercera novillada de San Isidro

Un gran Conde de Mayalde impulsa a Julio Méndez hacia la Puerta Grande

Síguenos

MADRID.-  La tarde de Madrid tuvo ese perfume antiguo de las grandes novilladas, las que descubren nombres y despiertan ilusiones bajo la severidad de Las Ventas.

La tercera novillada de la Feria de San Isidro dejó una de esas jornadas que permanecen en la memoria del aficionado: un novillero saliendo a hombros por la Puerta Grande, un extraordinario ejemplar de Conde de Mayalde premiado con la vuelta al ruedo y el eco profundo de unos naturales de Emiliano Osornio que tuvieron empaque, despaciosidad y una solera impropia de su juventud.

Porque Las Ventas no concede triunfos menores. Madrid obliga a conquistar cada palmo de gloria. Y Julio Méndez lo hizo con una actuación de enorme dimensión, cuajando una faena rotunda al tercer novillo de la tarde, un ejemplar bravo y encastado de Conde de Mayalde que permitió soñar con el toreo grande.

También lee: Tauromaquia en resistencia ante presión política y animalista

La novillada estuvo magníficamente presentada. Seria, rematada y con la expresión propia de una plaza de máxima categoría. Especialmente notable resultó el cuarto, un novillo de mucha hondura y gran clase, aunque escaso de motor.

Pero el gran acontecimiento ganadero llegó antes, con el tercero, un extraordinario novillo que tuvo transmisión, celo y una embestida de categoría, premiado justamente con la vuelta al ruedo.

Apareció Julio Méndez para firmar la obra de la tarde

No fue una faena atropellada ni construida desde el alboroto. El novillero entendió desde el principio que el animal pedía temple y medida. Lo fue llevando poco a poco, dándole tiempos, colocándolo siempre en el sitio preciso para aprovechar la calidad de su embestida.

Sobre la mano derecha comenzaron a brotar las primeras tandas de gusto, ligadas y profundas, pero fue al natural donde la tarde alcanzó temperatura de gran acontecimiento.

Méndez dejó la muleta puesta, corrió la mano con suavidad y ligó naturales largos, hondos, de los que hacen rugir a Madrid cuando percibe la verdad. El novillo acudía con entrega y emoción, siguiendo el engaño con celo, y el novillero supo cuajarlo con madurez impropia de quien aún transita el escalafón menor.

Hubo muletazos de enorme lentitud, algunos casi suspendidos en el aire de la plaza, toreando muy despacio y muy por abajo. Las Ventas comenzó entonces a entregarse sin reservas. La faena había roto definitivamente. Después llegaron unas manoletinas ajustadas y una estocada eficaz que terminaron de abrirle la Puerta Grande.

imagen-recuadro

Julio Méndez va por la Puerta Grande impulsado por el legado del Conde de Mayalde
Fotos: Manolo Briones

Dos orejas. Vuelta al ruedo al novillo. Y un nombre nuevo apuntando con fuerza en el horizonte del toreo.

Pero la novillada también dejó la dimensión artística de Emiliano Osornio, que atravesó la tarde entre la frustración del acero y el reconocimiento silencioso de Madrid.

Su primero tuvo escaso lucimiento. Un novillo soso, de embestida deslucida y áspera, con el que el mexicano tuvo que poner prácticamente todo. Lo intentó por ambos pitones, especialmente al natural, buscando ordenar aquella embestida incierta. Hubo actitud y firmeza, aunque nunca terminó de encontrar el acople necesario para romper la faena.

Sin embargo, el cuarto sacó otra versión de Osornio. Más asentado, más inspirado, más conectado con la esencia del toreo lento. Desde el inicio quiso dejar su sello, bajándole la mano y toreando con gusto en los medios. Y entonces llegaron los naturales.

¡Qué naturales los de Osornio! Qué empaque y qué solera. Toreó con una cadencia exquisita, llevando al novillo muy toreado, tirando de él con suavidad y rematando atrás, siempre con el cuerpo encajado y el pecho abierto.

Hubo aroma de toreo antiguo en aquellas series sobre la izquierda, especialmente en los muletazos ligados en distancias cortas, administrando con inteligencia la condición limitada del animal.

El mexicano estuvo por encima de un novillo al que le faltó chispa y motor, pero al que consiguió cuajar en el uno a uno gracias a su temple y sensibilidad. Madrid percibió la dimensión de aquella labor. La pena fue nuevamente la espada, que terminó emborronando una actuación de mucho calado.

Pedro Montaldo, por su parte, se encontró con un novillo de escasas opciones. Lo recibió con buen aire capotero y comenzó su labor muletera con torería, pero pronto comprendió las limitaciones de su adversario. Lo intentó por ambos pitones antes de abreviar con sensatez.

La tarde, sin embargo, ya tenía dueño y también aroma de acontecimiento. Porque las grandes novilladas son precisamente eso: la aparición de un nombre, la confirmación de un concepto y la emoción irrepetible de sentir que algo importante acaba de suceder.

Julio Méndez salió a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas después de conquistar Madrid desde el temple y la verdad.

Y mientras la noche caía sobre la calle de Alcalá, aún quedaban suspendidos en la memoria de los aficionados aquellos naturales eternos de Emiliano Osornio y la bravura extraordinaria del gran novillo de Conde de Mayalde que elevó la tercera novillada de San Isidro a categoría de gran tarde.

Sigue el contenido de Ovaciones en todas la plataformas digitales y no te pierdas lo último en deportes. 

Edición Impresa Digital
Ver más