La firmeza como argumento en Las Ventas

Vilau y Norte sostienen la tarde en una áspera novillada de Fuente Ymbro

Vilau y Norte sostienen la tarde en una áspera novillada de Fuente Ymbro
Vilau y Norte sostienen la tarde en una áspera novillada de Fuente Ymbro

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La segunda novillada de San Isidro dejó en Las Ventas una de esas tardes ásperas, de pocas concesiones y mucho esfuerzo soterrado, donde el mérito no estuvo tanto en el lucimiento como en la capacidad de sostener la dignidad del toreo frente a un encierro sin entrega.

Los novillos de Fuente Ymbro confirmaron esa seriedad seca y exigente que tantas veces convierte el ruedo madrileño en una prueba de resistencia moral antes que artística.

Apenas el sexto, por movilidad y cierta prontitud inicial, permitió entrever algo parecido a la emoción. Y allí apareció Julio Norte para abrir una rendija de esperanza en una tarde cuesta arriba.

La plaza, seria desde el principio, asistió a una función de silencios largos, miradas de incertidumbre y muletazos arrancados casi a contrapelo. Porque ni Pedro Luis, ni Mario Vilau, ni el propio Norte tuvieron delante materia clara para el triunfo rotundo. Todo hubo que construirlo desde la firmeza, el valor y una voluntad innegociable.

Pedro Luis abrió plaza sin apenas opciones. Su primero fue un novillo desentendido, de esos que pasan sin pasar, sin celo ni entrega, siempre a mitad de camino entre la huida y la indiferencia.

El torero brindó desde los medios y comenzó con ambición, a pies juntos, intentando fijar una embestida que jamás terminó de definirse. Sobre la diestra trató de dibujar un trazo largo, pero el animal se quedaba corto, sin continuidad, descomponiendo la estructura de cada muletazo. Tampoco el pitón izquierdo ofreció mayores posibilidades.

Todo quedó en un ejercicio de insistencia sin eco, de voluntad sin respuesta.

Más mérito tuvo aún su actuación frente al cuarto, otro ejemplar venido rápidamente a menos. Pedro Luis volvió a irse a los medios con decisión, intentando conectar con un tendido frío, ajeno por momentos a cuanto ocurría en el ruedo.

El novillo no humillaba, soltaba la cara y avisaba constantemente, convirtiendo cada embroque en una incertidumbre.

Ahí emergió la firmeza del novillero, cruzándose, tragando y buscando siempre la distancia exacta para arrancar alguna embestida limpia. Hubo una tanda al natural de mérito seco y callado, robada prácticamente de la nada. Falló con el acero y todo quedó diluido entre silencios.

La primera explosión de la tarde llegó con Mario Vilau, que entendió desde el principio que aquella corrida exigía jugarse el sitio sin reservas. Se fue a portagayola para recibir a su primero, una declaración de intenciones que calentó el ambiente.

Después, ya con la muleta, volvió a dejar clara su disposición iniciando de rodillas en los medios, ligando por ambos pitones mientras el novillo embestía a arreones, queriendo más de lo que realmente podía.

Vilau comprendió pronto las limitaciones de su enemigo y planteó una faena inteligente, medida, basada en el uno a uno y en no exigir nunca más de la cuenta. Especialmente meritoria fue su labor al natural, envolviendo cada embestida con paciencia y temple relativo, robándole los viajes a un animal informal y deslucido.

Hubo verdad en su planteamiento y sinceridad en la pelea. Madrid lo entendió así y premió con una oreja una actuación de inteligencia y exposición.

El quinto terminó por confirmar la dureza del encierro. Vilau volvió a apostar fuerte, otra vez a portagayola, en una recepción ajustadísima. Pero el novillo era prácticamente inservible: parado, mirón y con peligro sordo. La faena avanzó entre dudas hasta que el animal lo prendió de forma brusca.

Aun herido, regresó a la cara del novillo antes de abreviar con sensatez. Más que una ovación, lo que recibió fue el reconocimiento de una plaza que sabe distinguir el compromiso verdadero.

Y entonces apareció Julio Norte para sostener definitivamente la tarde. Ya en el tercero había dejado constancia de un concepto firme y una cabeza despejada.

Saludó de rodillas y comenzó la faena con estatuarios de mucho aplomo. Después, sobre la mano derecha, logró lo más parecido al toreo en redondo que se vio en toda la función. Bajó la mano, llevó cosida la embestida y encontró ritmo donde apenas lo había.

El novillo carecía de clase y tendía a pasar a media altura, con sosería, pero Norte supo gobernarlo imponiendo colocación y mando. Al natural, cruzándose mucho y acortando distancias, terminó de convencer a los tendidos. La oreja reconoció una actuación hecha desde el gobierno de las circunstancias.

Pero sería el sexto el que terminaría de encumbrar su tarde. El novillo tuvo movilidad y un punto de emoción inicial que Norte aprovechó con inteligencia. Comenzó de rodillas, con cambiados por la espalda que encendieron el ambiente, y pronto encontró el acople por el pitón derecho.

Allí surgieron las series más templadas y ligadas de la novillada. El animal siguió la tela con fijeza mientras tuvo gasolina y el torero supo darle estructura y emoción a la faena.

Cuando cambió al natural, el novillo empezó a apagarse. En uno de esos finales inciertos lo prendió con violencia, quedando dramáticamente entre pitones. Se levantó sin perder el sitio y regresó a la diestra para exprimir las últimas embestidas de un animal ya exhausto. La estocada, rotunda, cerró una actuación importante.

Otra oreja y la sensación de que, en medio de una tarde ingrata, Julio Norte fue capaz de imponer ilusión, cabeza y hambre de torero.

Las Ventas, tan severa como siempre, encontró así dos nombres propios en una novillada marcada por la dureza de Fuente Ymbro: la inteligencia valiente de Mario Vilau y la firmeza luminosa de Julio Norte. En tardes así, donde casi nada fluye, el mérito adquiere un valor mayor.

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