Las Ventas y el estoicismo: la claridad de ánimo frente al toro

Fernando Adrián, suma su cuarta salida a hombros por la Puerta Grande de Madrid

Toros El torero, Feria de San Isidro.  Manolo Briones .
Toros El torero, Feria de San Isidro. Manolo Briones .

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MADRID.- En una época entregada al ruido, a la prisa y al gesto sobreactuado, la séptima cita de abono de la Feria de San Isidro recordó que el toreo, como el estoicismo, consiste en sostenerse firme mientras el mundo embiste.

Hubo lleno de "No hay billetes" en Las Ventas, pero lo verdaderamente lleno fue el ánimo de una plaza que asistió a una corrida áspera, exigente, de esas que no conceden felicidad inmediata y obligan al torero a dialogar consigo mismo antes que con el tendido.

Los toros de Toros de El Torero trajeron un catálogo de complicaciones: animales de muchas teclas, reservones unos, inciertos otros, con movilidad engañosa y embestidas que parecían preguntar constantemente quién mandaba allí. Y ante ese examen comparecieron Diego Urdiales, Jiménez Fortes y . Tres maneras distintas de entender la resistencia.

Porque al final la tarde trató de otra cosa más profunda: de mantener la mente clara cuando el miedo aprieta, de gobernar el ánimo en mitad del caos, de practicar en el ruedo aquello que predicaban Séneca y Marco Aurelio.

El toro como adversidad. La muleta como razón. Y el torero, solo, intentando poner orden donde la naturaleza impone violencia.

Diego Urdiales abrió plaza frente a un toro sin entrega, agarrado al piso, de esos que obligan a construir el muletazo desde la nada. No había brillo posible, pero sí dignidad. Y ahí apareció el riojano, torero antiguo, de los que no confunden profundidad con artificio. Su labor tuvo el tono sobrio de quien acepta lo que no puede cambiar.

El primero desarrolló un peligro sordo, incómodo, avanzando a media altura y frenándose en cada viaje. Urdiales no se rebeló contra la condición del animal; la entendió.

Como un estoico frente al destino, asumió las limitaciones del toro y decidió gobernarlas desde el oficio. Hubo naturales lentos, medidos, más pensados que celebrados, y sobre todo dos estocadas formidables durante la tarde que dejaron el sello de un torero que no vino a conquistar la plaza desde el estruendo, sino desde la inteligencia emocional del temple.

Su segundo mantuvo la misma partitura de aspereza. El toro se quedaba corto, protestaba, soltaba la cara arriba y pedía una lidia exacta. Urdiales respondió desde el pitón izquierdo con muletazos de uno en uno, dejando siempre la tela puesta, tirando del animal con una paciencia casi filosófica.

No hubo explosión en los tendidos porque Madrid, a veces, exige épica donde también existe verdad. Pero el riojano dejó una lección silenciosa: el valor no siempre consiste en atacar, sino en permanecer.

Fortes protagonizó la dimensión más corporal del estoicismo. Si Urdiales representó la serenidad interior, el malagueño encarnó la resistencia física y moral. Su primero avisó desde el principio. Un toro incierto, áspero, que le prendió y le dejó a merced de los pitones.

Fortes cayó, se levantó y volvió a ponerse delante como quien regresa al deber después del golpe de la vida. Ahí estuvo el sentido clásico del estoicismo: soportar el dolor sin dramatizarlo, continuar porque la voluntad está por encima de la herida.

Y lo extraordinario llegó después. Porque tras pasar por la enfermería y ser intervenido con anestesia local, regresó al ruedo para enfrentarse al mejor toro del envío, el quinto, el único que permitió el sueño de la armonía completa. Fortes comenzó ganándole terreno y pronto encontró el pulso exacto de la embestida.

El toro tenía prontitud y obediencia; el torero, cabeza clara. Y cuando ambas cosas coinciden, el toreo adquiere una forma de belleza serena, casi moral.

Los naturales tuvieron hondura y peso. No fueron pases de adorno, sino argumentos. Cada muletazo parecía una respuesta al dolor anterior. Ligó tandas de enorme profundidad, bajando la mano, envolviéndose al animal a la cintura y corriéndole la mano con suavidad.

El tendido comprendió entonces que estaba viendo algo más que una faena buena: asistía a la victoria del hombre sobre su propio límite. La oreja fue importante no solo por lo realizado, sino por cómo fue conquistada. Fortes toreó herido, pero sobre todo toreó lúcido.

Fernando Adrián, por su parte, volvió a demostrar que atraviesa uno de esos momentos donde el valor y la confianza forman una alianza peligrosa y magnética. Cortó la única oreja de peso de la tarde gracias a un tercero noble y encelado con el que encontró transmisión desde el comienzo.

Brindó desde los medios y allí mismo empezó a construir una faena vibrante, de emoción directa, conectando rápido con el público. El toro tenía movilidad y repetición; Adrián, firmeza y ambición.

Hubo muletazos ligados sobre la diestra, cambios de terreno inteligentes y una disposición constante a apostar fuerte. El madrileño entendió que la emoción también necesita gobierno, y supo administrar los tiempos de la embestida para mantener vivo el interés de la faena.

Quizá no alcanzó la profundidad de otros momentos de la tarde, pero sí tuvo esa capacidad contemporánea de transmitir intensidad sin perder estructura. Las bernadinas finales encendieron los tendidos antes de una estocada defectuosa que no impidió el premio.

Y aún quedaba el sexto, marcado por el brutal percance del banderillero Curro Javier, cuya cogida congeló la plaza. Hubo un instante de silencio colectivo, como si Las Ventas entera meditara sobre la fragilidad humana. En medio de ese clima espeso, Fernando Adrián volvió a ponerse delante de un toro que apenas ofrecía opciones.

Lo fue haciendo poco a poco, robándole embestidas donde no parecía haberlas, cruzándose, tragando miradas y reduciendo distancias hasta fabricar muletazos imposibles.Ahí apareció otra vez la esencia de la tarde: hacer fácil lo difícil, ordenar el caos, pensar con claridad mientras el peligro respira cerca.

Y acaso por eso esta corrida dejó un poso especial. Porque en tiempos de exaltación permanente, Las Ventas asistió a una reivindicación de la templanza.

Fernando Adrían salió a hombros, cortó dos orejas, y al final, la lectura es como los viejos estoicos, entendieron que no siempre se puede elegir el toro que sale por chiqueros, pero sí la manera de enfrentarlo. Y esa, precisamente esa, fue la gran faena de la tarde.

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