A sangre y fuego Ureña; la genialidad de Ferrera conquista su cuarta Puerta Grande

Fotos: Manolo Brionez
A sangre y fuego Ureña; la genialidad de Ferrera conquista su cuarta Puerta Grande

Por: Natalia Pescador
MADRID.- No había lugar para la duda. Ni para la comodidad. Ni para el engaño. La vigésimo primera corrida de la Feria de San Isidro con el cartel de "No hay billetes" colgado desde hacía días, anunciaba una de esas corridas que exigen verdad desde el primer compás.
Los toros de Adolfo Martín acudían a la cita con el prestigio de la casta y la amenaza de la incertidumbre. Y frente a ellos, tres hombres dispuestos a mirarse en el espejo de su propia condición.
Si la tauromaquia comparte alguna raíz espiritual con la antigua sabiduría samurái, es la aceptación serena del riesgo. El guerrero japonés aprendía a convivir con la muerte para alcanzar la plenitud de su arte. Algo de eso ocurrió en el ruedo.
Antonio Ferrera fue el maestro veterano, el samurái que ha comprendido que la verdadera fuerza reside en el dominio de sí mismo. Paco Ureña encarnó al guerrero herido que jamás retrocede. Manuel Escribano representó al combatiente que apuesta su destino en cada envite, aun sabiendo que las probabilidades juegan en contra.
Abrió plaza Ferrera con "Volador", un ejemplar de 596 kilos que hizo honor a la leyenda adolfina. Incierto, mirón, siempre por encima del engaño, exigiendo respuestas inmediatas. No fue un toro para el lucimiento, sino para la firmeza.
Como el samurái que desenvaina únicamente cuando es necesario, sostuvo la mirada de un enemigo complejo y dejó constancia de su autoridad moral ante la corrida.
La apuesta de Manuel Escribano llegó desde el mismo recibo a porta gayola de "Mentiroso". Escribano es un torero que entiende la profesión desde la entrega absoluta. No especula. No administra. Se juega la tarde desde el primer segundo.
También cubrió el segundo tercio en terrenos comprometidos, más empujado por la voluntad que acompañado por las condiciones de un toro deslucido y escaso de entrega. Su esfuerzo encontró escasa recompensa, pero el mérito permaneció intacto.
Paco Ureña recibió a "Peluquero" con la determinación de quien sabe que el respeto se conquista. Las dificultades ya aparecieron en banderillas, pero fue la muleta la que abrió las puertas del drama.
El toro le prendió con violencia en los primeros compases de la faena. Herido, dolorido, con la evidencia física del percance, Ureña eligió quedarse. Ahí emergió el bushido taurino.
Volvió a exponerse. Volvió a cruzar la raya del miedo. Se metió entre los pitones con una determinación conmovedora y terminó imponiéndose también con la espada. Se marchó a la enfermería por su propio pie, pero dejando en la arena una lección de dignidad profesional que engrandece la tauromaquia.
La tarde, sin embargo, aún guardaba el capítulo destinado a la inspiración.
Con el cuarto, otro "Mentiroso", Ferrera alcanzó esas cotas donde la técnica se transforma en arte. Toreó con naturalidad, con una lentitud que parecía suspender el tiempo. Especialmente por el pitón derecho, dibujó muletazos de seda sobre un toro que exigía mando y precisión.
Cuando el izquierdo permitió la humillación, surgieron momentos de emoción profunda, de esos que nacen cuando la imaginación del torero dialoga directamente con la bravura.
No fue una faena construida únicamente desde el oficio. Fue una obra alimentada por la intuición, por la sensibilidad y por una inspiración que aflora únicamente en los elegidos. El pinchazo previo no impidió el reconocimiento de una labor de gran categoría, premiada con una oreja de enorme peso.
Otra vez la puerta de chiqueros como declaración de principios. Otra vez la emoción de las verónicas y el compromiso de las banderillas. Otra vez la realidad de un toro que ofreció muy poco. Quedó la apuesta, el coraje y la voluntad inquebrantable de quien jamás negocia con el esfuerzo.
La enfermería impidió a Ureña salir para el sexto, y fue Ferrera quien asumió la responsabilidad. Desde el capote ya anunció que "Monedero" tenía otra condición.
Incluso sorprendió al intervenir en la suerte de varas, mostrando un conocimiento integral de la lidia que pocos toreros poseen hoy. Después llegaron las chicuelinas y, sobre todo, una faena cimentada en el temple.
Ferrera encontró la medida exacta. Especialmente al natural, condujo las embestidas con una suavidad magistral, ligando series de enorme profundidad. Fue la culminación de una tarde gobernada desde la inteligencia y el sentimiento.
Como el viejo samurái que alcanza la perfección no por la fuerza, sino por la comprensión absoluta de su arte, Antonio Ferrera terminó conquistando su cuarta salida a hombros. Una Puerta Grande nacida de la maestría, de la inspiración y de una capacidad excepcional para convertir la dificultad.
Y en una corrida que no admitía dudas, cada uno encontró su verdad: Ureña la del heroísmo, Escribano la de la apuesta permanente y Ferrera la de la genialidad.
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