El riojano abre la Puerta Grande de Las Ventas

BRUNO ALOI.
Abrió plaza frente a «Rasgueo», un toro de 553 kilos. Foto: Cortesía
El riojano abre la Puerta Grande de Las Ventas

Por: Natalia Pescador
Las Ventas volvió a llenarse hasta la bandera. Por undécima vez en este San Isidro, el cartel de "No hay billetes" colgó de las taquillas, confirmando el vigor de una feria que sigue reuniendo al gran público sin renunciar a la exigencia de la afición. En un tendido presidido por Su Majestad el Rey Felipe VI, la tarde acabó encontrando un nombre propio por encima de cualquier otro: Diego Urdiales.
No fue una victoria construida sobre el estruendo ni sobre la acumulación de emociones fuertes. Tampoco sobre el efectismo. Fue, precisamente, lo contrario. El riojano abrió la sexta Puerta Grande de esta Feria de San Isidro gracias a una tauromaquia asentada en el temple, la naturalidad y la medida. Una forma de entender el toreo que no necesita imponerse porque termina convenciendo por sí sola. Ocho años después de su última salida a hombros de Las Ventas, lograda en la Feria de Otoño de 2018, Urdiales volvió a recorrer el camino de la gloria por la puerta más codiciada del toreo.
Abrió plaza Bruno Aloi frente a «Rasgueo», un toro de 553 kilos de Juan Pedro Domecq. El joven matador mexicano dejó desde el principio señales de su personalidad. Un quite por tafalleras, ejecutado con ajuste y sentido, despertó el interés de los tendidos. Después brindó la muerte del toro a Felipe VI, gesto repetido a lo largo de la tarde por los tres espadas.
Comenzó su labor muletera con estatuarios y logró encadenar algunos muletazos estimables sobre la mano derecha. Sin embargo, el toro fue perdiendo empuje conforme avanzaba la faena. Lo que parecía prometer cierta continuidad terminó diluyéndose en una embestida cada vez más apagada. Aloi insistió, buscó recursos y mantuvo la compostura, pero la espada terminó por condenar cualquier posibilidad de premio. El silencio acompañó su retirada.
La tarde empezó a adquirir otra temperatura con la salida de «Bullanguero», segundo de la función y primero del lote de Diego Urdiales. El toro, de 538 kilos, encontró de inmediato la respuesta del riojano en el capote. Verónicas lentas, asentadas, dibujadas desde la serenidad. No hubo aceleración ni necesidad de adornar lo que ya tenía sentido por sí mismo.
También brindó Urdiales al Rey, agradeciendo públicamente su afición y respaldo a la tauromaquia. Después, en la muleta, apareció una de las constantes de su carrera: la capacidad para entender las condiciones del toro sin violentarlas. «Bullanguero» tuvo clase y transmisión. Urdiales lo condujo con suavidad, especialmente por el pitón derecho, hasta descubrir que la embestida encontraba todavía más profundidad por el izquierdo.
Allí llegaron los mejores momentos. Naturales largos, ligados, construidos desde el temple. Muletazos que parecían terminar siempre un poco más allá de donde el espectador imaginaba. Sin alardes ni concesiones a la galería, el riojano fue levantando una faena de creciente intensidad emocional. Cuando el toro comenzó a disminuir sus prestaciones, Urdiales ya había dejado una obra sólida, rubricada además por una buena estocada. La oreja fue concedida con fuerza.
El tercero llevaba una atención especial. Andrés Roca Rey regresaba a los ruedos después de la cornada sufrida en Sevilla. Frente a «Perdigonero», de 583 kilos, el peruano dejó patente desde el primer momento que no había perdido ni un ápice de determinación. El recibo capotero tuvo variedad y lucimiento, destacando unas gaoneras muy ajustadas que despertaron el entusiasmo de los tendidos.
La faena de muleta tuvo mando y firmeza, especialmente por el pitón derecho. Sin embargo, el toro nunca terminó de entregarse. Roca Rey insistió, probó por ambos lados y trató de provocar una reacción que no llegó a producirse con la intensidad necesaria. La disposición del torero fue indiscutible, pero el conjunto quedó condicionado por la falta de transmisión de su oponente. Una estocada entera cerró su actuación.
La corrida alcanzó su cénit con la salida de «Mapaná», cuarto de la tarde, de 541 kilos. Fue entonces cuando Diego Urdiales terminó de explicar por qué ocupa un lugar singular dentro del escalafón.
Las verónicas surgieron con una lentitud poco frecuente. No una lentitud artificial, sino la que nace del dominio de los tiempos. Cada lance parecía contener una pausa necesaria. Cada movimiento encontraba su razón de ser. Las Ventas observaba en silencio.
La faena comenzó por bajo, con ese sello tan reconocible del torero riojano. El toro ofreció nobleza, repetición y una calidad notable por el pitón derecho. Urdiales respondió administrando la embestida con inteligencia y sensibilidad. Sin forzar nada, fue construyendo una obra donde la forma y el fondo caminaban juntos.
Pero fue al natural donde apareció la dimensión mayor de la faena. Allí emergió la profundidad. Allí los muletazos adquirieron una expresión especial. La embestida fluía templada, ligada a una muleta que parecía anticiparse siempre a los movimientos del toro. En esos momentos quedó resumida buena parte de la esencia de Urdiales: la capacidad de convertir la sencillez en una forma de grandeza.
Un espadazo de ejecución rotunda puso el broche a la obra. La oreja cayó con fuerza y, con ella, la certeza de una nueva Puerta Grande.
Roca Rey respondió en el quinto, «Secuestrador», de 544 kilos. Lo recibió con verónicas a pies juntos y protagonizó uno de los momentos más vibrantes de la tarde al comenzar la faena de rodillas. Dos cambiados por la espalda de hinojos provocaron una auténtica explosión en los tendidos. Después, ya en pie, construyó una labor importante aprovechando la buena condición del toro de Juan Pedro Domecq. Sereno, firme y entregado, encontró una colaboración que le permitió desarrollar una faena de interés. Un pinchazo previo a la estocada dejó el balance en una oreja.
Cerró la corrida Bruno Aloi frente a un toro que ofreció pocas posibilidades. El mexicano se dobló por bajo en el inicio de faena y buscó con insistencia extraer muletazos de una embestida deslucida y escasa de transmisión. No encontró materia prima suficiente para redondear su actuación, aunque dejó patente una actitud irreprochable durante toda la tarde.
Al final, entre los aplausos de una plaza repleta y bajo la mirada de Felipe VI, Diego Urdiales abandonó Las Ventas a hombros. En una época dominada por la velocidad y la urgencia, el riojano recordó que el toreo todavía puede sostenerse sobre valores mucho más difíciles de encontrar: el temple, la autenticidad y la autoridad de lo esencial