El cochinero de Morena; ¿y las pruebas, Claudia?

El cochinero de Morena está en su clímax.

El partido vive una guerra interna de tribus por la dirigencia nacional, tal como sucedió y sucede en el Partido de la Revolución Democrática (PRD), de donde la mayoría brincó por conveniencia al partido que inventó y administra Andrés Manuel López Obrador.

Aquel cochinero en el que se enfrentaron Alejandro Encinas y Jesús Ortega por la dirigencia del sol azteca hace una década, hoy se vive en el partido marrón.

A unos días de que se conozca al nuevo líder de Movimiento Regeneración Nacional (Morena),  que saldrá de la encuesta que el Instituto Nacional Electoral (INE) aplicará por orden del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (Trife, para los cuates) ante la imposibilidad de que éstas se pusieran de acuerdo, Porfirio Muñoz Ledo, uno de los candidatos, se tiró a matar.

Asegura el veterano y saltimbanqui político que si Mario Delgado Carrillo, coordinador de los diputados de Morena y también candidato, gana la dirigencia, su jefe y padrino, Marcelo Ebrard Casaubon, desplazará a Andrés Manuel López Obrador de la presidencia.

Le hará sombra.

Habrá quien lo tilde de ya sufrir demencia senil -tiene 87 años de edad-, pero la neta, acá entre nos, el morenista de corazón priísta, panista, petista, parmista, emecista, verdista y todo lo que termine en ista, no está lejos de la realidad.

Andrés Manuel impulsa a Delgado a la dirigencia.

Este se ha ganado su confianza.

Cada que puede va a Palacio Nacional a decirle a todo sí y a ser el espejito del cuento de Blanca Nieves.

Sí, ese en el que la bruja de la historia preguntaba todas las mañanas algo así:

-Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?

-Usted, reina mía, contestaba éste.

Y, como en el cuento, el espejo tarde o temprano tendrá que decirle al jefe del Palacio, que hay otro joven apuesto que lo desplazará.

Muñoz Ledo, insisto, no miente, no alucina.

Dice que si gana -él- lo expulsará del partido, junto a Delgado, porque sólo piensan en el poder y el varo.

Y en la presidencia, en 2024.

Porque Ebrard ya es, en los hechos, vicepresidente.

Andrés Manuel confía en él.

Sabe de su lealtad.

Basta recordar cómo en 2012 se hizo a un lado en la encuesta, esa que no conoce nadie y que ahora, como presidente, aplica para todo López Obrador, para que su jefe y amigo fuese el candidato presidencial por segunda ocasión en fila, pese a que se lo llevaba de calle por su imagen de izquierda conservadora y de avanzada.

Han ido de la mano.

Han crecido juntos.

Ebrard fue rescatado por López Obrador, cuando Enrique Peña Nieto pretendía encarcelarlo.

Lo bloqueó y le cerró toda posibilidad de cargo de elección debido a que el ex jefe de gobierno de la ciudad era acusado de filtrar toda la información de la Casa Blanca -la que pagó Angélica Rivera, entonces esposa de Peña Nieto, con los millones que ganó como actriz- para ayudar a Andrés Manuel y exhibir la corrupción del mexiquense y su gobierno.

Tuvo que huir y se refugió en Francia, estadía que, por cierto, jamás justificó cómo pudo pagar.

Regresó en la pre campaña y se sumó de lleno en la campaña.

El resto es historia.

Ebrard Casaubon es, oficialmente, secretario de Relaciones Exteriores, pero, en los hechos, es vicepresidente.

Es secretario de Gobernación.

Ha tenido que negociar y solucionar con Donald Trump los problema que Andrés Manuel ha generado.

Como el de los migrantes centroamericanos.

Sí, a los que el preciso invitó a venir a México, donde les daría empleo.

Tuvo que distraer 27 mil elementos de la Guardia Nacional para sellar las fronteras.

O lo hacía o habría aumento de aranceles a los productos mexicanos.

Y le arregló la visita a la Casa Blanca -la auténtica- en Washington, en julio pasado.

Es más, viajó a la cumbre del G-20 con la representación de Andrés Manuel. Y se tomó la foto con Trump.

Y negoció ventiladores -211- y el nuevo tratado de libre comercio -TMEC- y opera todo.

Y sí, ganar el control del partido vía Delgado le asegurará mayor poder y, de no suceder una tragedia -para él, claro- la candidatura presidencial de 2024.

Muñoz Ledo tiene razón.

 

¿Y las pruebas?

Claudia Sheinbaum es temeraria.

Acusa a Beatriz Gasca Acevedo de ser la madrina -que financia y más- de las mujeres que tienen tomada la sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) en el Centro Histórico.

Pero -¡oh, sorpresa!- dice que las evidencias fueron tomadas de San Google – sí, google- y que cualquiera puede buscar, encontrar y sacar sus conclusiones.

Señora Sheinbaum, presente las pruebas.

Documente.

Acuse ante un juez.

“Si apoyar a las mujeres es delito, soy delincuente”.

Así contestó la señalada y despedida de GIn group, donde trabajaba.

Dicha empresa también fue acusada por Sheinbaum de ser facturera.

Esta se deslindó y cortó a Gasca.

 

Vámonos: Cierran Puerta Grande.

De ahí se peló El Chapo, en el sexenio de Fox.

 

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