Álvaro Serrano, la lluvia había dejado sobre Las Ventas una tristeza antigua, de esas que parecen venir adheridas a los adoquines de Madrid desde hace siglos. El frío se colaba entre los tendidos y la tarde, encapotada y áspera, amenazaba con convertirse en una de tantas jornadas grises que se olvidan al cerrar la puerta de la plaza. Pero el toreo, como la vida, tiene la extraña costumbre de rebelarse cuando nadie lo espera. Y entonces apareció Álvaro Serrano para recordarle a Madrid que la juventud, cuando lleva hambre dentro, es capaz de incendiar cualquier tormenta.
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Cuarto festejo de la Feria de San Isidro 2026. Novillada de Montealto. Más de 20 mil almas desafiando al agua y al viento en Las Ventas. Y en medio de aquella meteorología hostil, una novillada seria, encastada y de notable juego, con un sexto ejemplar de bandera al que solo le faltó hablar para reclamar la vuelta al ruedo que el palco olvidó concederle. Pero si hubo un nombre propio en la tarde fue el de Álvaro Serrano, que salió a hombros por la Puerta Grande menor de las novilladas, aunque moralmente atravesó todas las puertas de Madrid.
Porque hay toreros que torean bien y otros que torean con necesidad. Y esa diferencia, invisible para quien no entiende el rito, es la que separa el oficio de la verdad. Álvaro Serrano tiene hambre. Hambre torera. Hambre de llegar, de quedarse, de morder el destino antes de que el destino le muerda a él. Y esa clase de hambre no se aprende en ninguna escuela taurina; nace en un lugar más profundo, en ese rincón donde conviven el miedo y la ambición.
El tercero de la tarde, “Cartero”, ya dejó ver las intenciones del madrileño. Desde el saludo de capote de rodillas hasta los quites de exposición, Serrano entendió algo esencial: Madrid no regala nada, pero escucha al que se juega el alma. Y él compareció precisamente así, sin reservas. En una tarde donde el viento descomponía las distancias y alteraba todas las geometrías del toreo, encontró el sitio exacto para mandar sobre el novillo y sobre sí mismo.
Por el pitón derecho firmó muletazos largos, templados, de mano baja y convicción absoluta. El izquierdo tuvo más incertidumbre, más aristas, más preguntas. Y allí volvió a aparecer la actitud. Porque cuando un torero tiene dudas puede esconderse; cuando tiene hambre, pelea. Serrano peleó cada embroque como quien pelea un futuro. Y Madrid, que detecta la autenticidad con una precisión feroz, comenzó a entregarse. La estocada, rotunda, coronó una obra de mérito enorme. Cayó una oreja y el público pidió con fuerza la segunda, negada por un palco excesivamente rígido.
Pero el destino todavía guardaba el gran capítulo de la tarde.
“Molinero”, el sexto, fue un novillo bravo, encastado, con esa clase excepcional que obliga al torero a estar a la altura de la historia que le propone el animal. Y Serrano no solo estuvo a la altura: se abandonó a ella. Qué importante es eso en el toreo. Hay faenas que se ejecutan y otras que suceden. La del madrileño sucedió casi como una revelación bajo la lluvia.
El novillo de Montealto tuvo movilidad, emoción y nobleza, y el novillero supo entenderlo desde el primer muletazo. Lo toreó despacio, con hondura, dejándole siempre la tela puesta delante para ligar cada embestida como si escribiera una frase interminable. Hubo tandas por ambos pitones de gran pureza, especialmente por el derecho, donde logró naturales de trazo largo y muletazos de los que obligan a levantarse al tendido.
Pero más allá de la técnica —que la hubo— impresionó la actitud. Esa manera de quedarse quieto cuando el viento descomponía la tela. Esa firmeza casi temeraria de quien parece dispuesto a jugarse la vida con tal de no traicionar lo que siente. Porque el toreo auténtico no consiste únicamente en dominar a un toro; consiste también en dominar el miedo propio. Y Serrano, por momentos, toreó como quien quiere conquistar algo más grande que el triunfo: el respeto definitivo de Madrid.
La espada cayó entera. El novillo tardó en doblar y los avisos fueron cayendo sobre el ruedo mientras la plaza se llenaba de pañuelos blancos. Dos orejas pedía el público. Solo una concedió el presidente. Y en medio de la polémica quedó otra injusticia aún más incomprensible: “Molinero”, de Montealto, se fue sin la vuelta al ruedo en el arrastre, pese a haber sido un novillo extraordinario.
Sin embargo, hay tardes que no necesitan estadísticas ni pañuelos exactos para quedar grabadas. Esta fue una de ellas. Porque Madrid no recordó únicamente las orejas de Álvaro Serrano; recordó, sobre todo, la sensación de haber visto a un muchacho dispuesto a comerse el mundo.
Y quizá ahí resida la verdadera filosofía del toreo. El hambre. No la del triunfo fácil ni la de los contratos, sino la del hombre que entiende que cada tarde puede ser la última oportunidad de demostrar quién es. En tiempos donde tantas cosas parecen impostadas, emociona encontrar un torero que todavía cree con ferocidad en sus sueños.
Bajo la lluvia de San Isidro, Álvaro Serrano tocó el cielo de Madrid con las manos. Pero, sobre todo, dejó claro que tiene dentro algo mucho más difícil de fabricar que el valor o la técnica: tiene fuego.

Foto: Manolo Briones 



















