El toreo y la verdad abren Texcoco

Saldívar, oreja y triunfo; José Mauricio, el temple bajo la lluvia



Manolo Briones

Texcoco volvió a oler a toro. A arena húmeda, a cuero del capote recién abierto, a expectación de feria. La Silverio Pérez, plaza de resonancias profundas en la memoria taurina mexicana, abrió su serial con una tarde de claroscuros: toros con clase, toreros con verdad, un triunfo de peso en manos de Arturo Saldívar y, al final, la lluvia cayendo sobre la arena como si quisiera bendecir el rito en el toro de regalo de José Mauricio.

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El encierro de Gómez Valle, serio de presencia y de comportamiento estimable en conjunto, dejó ver dos toros de especial interés —segundo, tercero y sexto— que fueron justamente aplaudidos en el arrastre.

Abrió plaza “Mexicano ejemplar”, un toro de 462 kilos al que José Mauricio saludó sin prolongarse con el capote. Pronto quedó claro que el de Gómez Valle tenía nobleza, pero escasa transmisión, y el torero capitalino optó por la vía de la inteligencia.

La faena comenzó con suavidad, templando la embestida y tratando de construir una arquitectura de pausas y respiraciones. Mauricio dio distancia, dejó reposar la lidia, buscó tapar los defectos del toro y sacar a flote su lado más dócil.

Fue por el pitón izquierdo donde el astado terminó por emplearse mejor. Allí el torero encontró muletazos de mayor hondura, ligados con serenidad y con la muleta dejada siempre en la cara. Los últimos compases tuvieron ese aire de madurez que da la experiencia: aguantar el cite, esperar la embestida y gobernarla con naturalidad.

Pero la tarde encontró su primer estallido con el segundo, “Gran Amigo”, de 490 kilos, un toro bravo y exigente que pedía mando y claridad. Arturo Saldívar lo entendió desde el primer muletazo.

La faena nació con poder y verdad. Muy pronto el torero hidrocálido tomó la medida al toro y lo condujo por el pitón derecho en series de largo trazo, templadas y profundas. Había hondura en el cite, largura en el muletazo y una naturalidad que fue encendiendo el ambiente.

El público percibió de inmediato esa comunión que a veces se da entre toro, torero y plaza. Saldívar toreaba con abandono, dejando correr la mano y ligando con ritmo. Por el izquierdo el toro protestó más, punteando el engaño, pero el torero no se descompuso.

En los compases finales se metió literalmente entre los pitones, en un gesto de desafío y de convicción. Fue una declaración de intenciones: el triunfo estaba en sus manos. La estocada cayó certera y el palco concedió una oreja, mientras la plaza pedía con fuerza la segunda. El toro, bravo y con transmisión, fue despedido entre palmas.

El tercero, “Ingeniero”, de 485 kilos, encontró en Fermín Espinosa “Armillita IV” una interpretación de corte clásico. El capote fue breve, pero la muleta dejó ver el sello de la casa. El toro embestía con franqueza por el derecho y el torero de Aguascalientes lo toreó con asiento, corriendo la mano con temple y dibujo limpio.

Había en su toreo ese aroma antiguo de la dinastía: quietud, cadencia y elegancia. La faena fue creciendo poco a poco, tomando vuelo en una lidia variada por ambos pitones. Pero cuando el triunfo parecía cercano, la espada negó el premio. El toro fue aplaudido en el arrastre.

El cuarto, “Alma de Peralta”, tuvo un final abrupto. Al rematar contra un burladero se lastimó el pitón izquierdo y la lidia hubo de abreviarse. José Mauricio anunció entonces el gesto del toro de regalo, que aguardaría su turno más tarde.

El quinto titular no pudo lidiarse tras despitorrarse, y salió en su lugar “Invencible”, de Real de Saltillo, con el que Saldívar volvió a demostrar que su tarde tenía raíz profunda. Se hincó para abrir la faena, en un inicio de arrojo que encendió al tendido.

Saldívar respondió con garra. Ligó derechazos de trazo limpio, con mando y entrega, imponiendo su voluntad sobre las dudas del toro. La plaza volvió a entrar en la faena, reconociendo el esfuerzo del torero. Esta vez la espada no acompañó, pero lo conseguido en la arena quedó claro.

El sexto, “Don Carlos”, fue un toro deslucido que ofreció escaso fondo. Armillita IV, sin embargo, no se dejó ganar la partida. Con oficio y torería buscó los dos pitones y logró rescatar algunos pasajes de lucimiento que el público agradeció.

La lluvia y el último esfuerzo

Quedaba el gesto final de José Mauricio. El toro de regalo, “Eterno”, de 621 kilos, salió cuando el cielo empezaba a cerrarse. Mauricio lo recibió con verónicas templadas, recreándose en el lance. Y entonces la lluvia irrumpió con fuerza sobre la plaza.

Durante unos instantes pareció que la tarde se deshacía entre agua y barro. Pero el público no se movió. La faena tuvo entonces un aire especial. Bajo la lluvia, Mauricio toreó con clase y temple, especialmente por el pitón derecho, donde el toro embistió con calidad pese a su volumen.

Cuando la espada volvió a negar el triunfo, la plaza respondió con una gran ovación que reconocía el esfuerzo.