Ha muerto un taurino de verdad

¿Sabes, alma mía, que escucho un aviso salido desde el palco de desconocida autoridad, cada vez que muere un amigo o una persona a la que me sentí cercano en algún momento de mi vida?

Ni lo digas: ¡por supuesto que me da miedo! Bien sé que, contrariamente al ritual taurino, en unos cuantos avisos más no regresaré vivo al corral.

Pero este viernes no únicamente escuché la advertencia de la autoridad para abreviar problemas, inconformidades y frustraciones.

Este día sentí también especial tristeza por la partida de un genio dedicado a envolver miedos e ilusiones.

Al mismo tiempo, entendí lo que es la verdadera grandeza de las personas.

Hoy me queda claro que tan ridículo es asumir como “triunfador” a quien acumula bienes materiales, que, si no fuera sólo porque le gusta ocultarse, escucharíamos a la muerte reír cada vez que alguien parte vacío del mundo, dejando en este sus riquezas.

El triunfo o el éxito del hombre es aquel estado de conciencia que le lleva a saberse vencedor de sí mismo, tras hacer lo que desea, compartir su sentir y establecer para siempre su casa en el recuerdo de sus semejantes.

Por supuesto que tampoco basta ser famoso para considerarse “exitoso”, pues no necesariamente conocer una obra lleva a reconocerla.

Entonces, ¿cómo no rendir homenaje a quien ni lo pidió ni necesitó para ser un hombre y un profesional de época?

Don Fernando Vázquez, “El Capi”, fue una verdadera figura de la aguja y el corte, que hizo de su modesta casa y taller en Aguascalientes, sitio taurino por excelencia.

Sastre y ser humano non, “El Capi” lo mismo arregló trajes de luces a José Tomás cuando esta figura del toreo mundial vivía en la capital hidrocálida, que vistió impecablemente a espadas tan sobrados de sueños como escasos de parné.

De carácter bonachón, albergado en un cuerpo de estatura media olvidado de estricto régimen, sin llegar a excesos; de tez morena cubierta parcialmente por lentes de armazón metálico y pelo cano, su apariencia tras poco más de siete décadas de vida era congruente con su bien ganada fama de hombre bueno.

“El Capi” fue tan grande como sólo pueden ser aquellas personas capaces de hacer convivir sus dones de genio con sus limitaciones humanas.

Lo mismo era capaz de hacer el mejor trabajo, que de provocar más angustia que un cinqueño en puntas, al entregar su obra en el último segundo del último minuto disponible para usarla.

No obstante, aun bien sabida por sus clientes esa peculiaridad, su impecable labor, su extraordinario don de gentes, su amena plática y su consabida expresión “Sí te lo tengo” incitaban a jugársela, una y mil veces, con él. Cuenta la leyenda que hubo un torero que por la demora en el arribo de las musas al taller de “El Capi”, tuvo que vestirse ahí mismo para luego dirigirse lo más pronto posible a la plaza de toros para hacer el paseíllo.

¿Defecto o virtud?, podrás preguntarme al despertar, alma que aún dormida sigue acariciándome, a lo que responderé cediendo espacio al pensamiento de quien fuera verdadera autoridad taurómaca, el rejoneador y ganadero español Álvaro Domecq Díez:

“Despacio como planean las águilas seguras de sus presas.
Despacio, virtud suprema del toreo.
Despacio, como se apartan los toros en el campo.
Despacio, como se doma un caballo.
Despacio, como se besa y se quiere,
como se canta y se bebe,
como se reza y se ama, despacio”.

Igualmente, despacio, me hubiera gustado expresarle eterno agradecimiento por su aportación a mi sueño y al sueño de mi sueño.

¿Cómo no considerar excepcional a este taurino, si su trabajo no sólo dejó piezas materiales de gran valor, sino que fue parte también de las ilusiones, de los triunfos y de las reflexiones para siempre de sus clientes?

Recordemos que lo taurino no solamente refiere a una cultura de la que son parte objetos y rituales, sino, esencialmente, remite a una actitud ante la vida.

El taurino de verdad, entiende que sobre los accesorios que refuerzan esa cualidad, está la visión de la existencia como el continuo cite a lo desconocido, siempre bien plantado y consciente de que cada embestida puede ser la última y que, por lo tanto, hay que poner en ella por delante el querer y sentir del alma.

Don Fernando Vázquez, “El Capi”, ¡qué alto dejas el adjetivo de “taurino” y qué pequeños haces ver a quienes osan emplearlo lejanos a una afición tan grande como la tuya, transformada en inolvidables obras de arte y solidaridad humana!

PD Dejaste a la calaca con ganas de reírse, porque te fuiste al sueño eterno con lo único que pueden llevarse los hombres: la satisfacción de vivir como se quiere, dejando en la sala de espera terrena el reconocimiento, la admiración y el recuerdo de aquellos a quienes serviste.

riverayasociados@hotmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *