La maraña de cables de nuestras ciudades

La maraña de cables en las ciudades refleja la compleja infraestructura eléctrica y de telecomunicaciones, cuyo orden y mantenimiento son clave para la vida urbana


RANCÉ
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La historia de nuestras ciudades también puede leerse mirando hacia arriba.
En muchas ciudades de México basta levantar la vista para encontrarse con una escena familiar: postes cargados con una verdadera maraña de cables que cruzan las calles en todas direcciones. Algunos transportan electricidad; otros pertenecen a empresas de televisión por cable, telefonía o fibra óptica. Con el paso de los años se han ido agregando más y más conductores hasta formar un entramado difícil de descifrar.

Ante esa imagen surge inevitablemente una pregunta muy común: ¿por qué no enterramos todos esos cables bajo tierra?

La respuesta, como ocurre con frecuencia en ingeniería eléctrica, no es tan simple. Enterrar cables puede parecer la solución evidente desde el punto de vista urbano y estético, pero detrás de esa decisión existen consideraciones técnicas y económicas importantes. Construir redes subterráneas puede costar entre cinco y diez veces más que instalar redes aéreas.

Además, el mantenimiento de una red subterránea suele ser más complejo. Cuando una línea aérea falla, el problema suele ser visible y la reparación puede realizarse con relativa rapidez. En cambio, localizar una falla en un cable enterrado puede requerir equipos especializados y trabajos de excavación que prolongan el tiempo de restablecimiento del servicio.

Conviene recordar además qué es lo que realmente transportan muchos de esos cables que vemos sobre nuestras calles.

En las redes de distribución urbana de México es común encontrar líneas de media tensión, típicamente de 13.8 o 23 kilovolts. A lo largo de estas líneas se instalan transformadores que reducen esa tensión a 220 y 120 volts, la llamada baja tensión que finalmente utilizan hogares, comercios y pequeños negocios.

Esos transformadores instalados en los postes representan lo que en ingeniería eléctrica suele llamarse la última milla del sistema eléctrico.

La electricidad que llega a nuestras casas comenzó muchas veces su recorrido a cientos de kilómetros de distancia, en centrales generadoras conectadas a las grandes redes de transmisión. Desde allí viaja por líneas de alta tensión, pasa por subestaciones, entra a las redes de distribución urbana y finalmente llega a esos transformadores que vemos colgados en los postes.

Desde ese punto inicia el último tramo del viaje: los cables de baja tensión que alimentan nuestras casas, nuestros comercios, el refrigerador, la televisión o la lámpara del escritorio.

Conviene hacer aquí una distinción que rara vez se menciona. Las redes de transmisión y las redes de distribución no sólo son diferentes por su voltaje; también se operan de manera distinta.
Las grandes redes de transmisión se supervisan desde centros regionales o nacionales de control que manejan enormes flujos de energía y mantienen el equilibrio eléctrico del sistema.

En cambio, las redes de distribución se operan desde centros de control diferentes, donde la gestión es mucho más cercana al usuario final.

Es una operación casi de menudeo: implica coordinar cuadrillas, camionetas de servicio, reparaciones locales y la atención directa de fallas que afectan a colonias, calles o incluso a un solo transformador. Es la parte del sistema eléctrico que está en contacto permanente con la vida cotidiana de la ciudad.

Para dimensionar la magnitud de esta infraestructura conviene recordar la escala del sistema eléctrico nacional. La red de distribución operada por la Comisión Federal de Electricidad supera los 900 mil kilómetros de líneas, a los que se suman más de 110 mil kilómetros de redes de transmisión.
En realidad, el sistema eléctrico es una de las máquinas más grandes que ha construido México.

A esa infraestructura eléctrica se han ido sumando con el tiempo cables de televisión, telefonía, fibra óptica y redes de datos instaladas por distintas empresas de telecomunicaciones, además de cámaras de videovigilancia y otros equipos urbanos.

Una parte importante del desorden visible proviene también de cables abandonados, rollos dejados para expansiones futuras o instalaciones realizadas sin retirar infraestructura obsoleta.

Ordenar esta situación no es responsabilidad exclusiva de la empresa eléctrica. La infraestructura aérea es utilizada por múltiples servicios y requiere coordinación entre empresas de telecomunicaciones, autoridades municipales y operadores del sistema eléctrico.

Existen ejemplos interesantes dentro del país. Durante la renovación de la avenida Presidente Masaryk, en Polanco, se decidió enterrar el cableado y construir ductos subterráneos para distintos servicios urbanos.

Algo similar ocurrió en numerosos Pueblos Mágicos del país. Como parte de los programas de rescate urbano y promoción turística, muchas de estas localidades realizaron un esfuerzo importante para eliminar el cableado aéreo en calles y plazas históricas. El resultado es evidente: al desaparecer la maraña de cables, la arquitectura colonial, los colores de las fachadas y el carácter auténtico de esos pueblos se aprecian con mucha mayor claridad.

En esos casos, el costo adicional del cableado subterráneo se convierte también en una inversión en paisaje urbano y en turismo.

Enterrar cables puede ser deseable en muchas zonas urbanas. Pero antes de imaginar ciudades completamente libres de cableado aéreo conviene recordar algo más.

La maraña de cables que vemos sobre nuestras calles no es solamente desorden urbano. Es la última milla de una infraestructura gigantesca que permite que la electricidad llegue todos los días a millones de hogares.

Y sin embargo, para la mayoría de los usuarios, todo ese complejo sistema permanece invisible.
Simplemente oprimimos un interruptor y esperamos que haya luz.

Ese gesto cotidiano -casi automático– es uno de los grandes actos reflejo de la vida moderna.
Detrás de ese acto aparentemente trivial existe una enorme infraestructura técnica, humana y logística que permite que la electricidad llegue de manera continua a nuestras ciudades.

Por eso, antes de imaginar ciudades completamente libres de cableado aéreo, quizá el primer paso sea algo más simple -y más urgente-: poner orden en la infraestructura que ya tenemos sobre nuestras calles.