AGUASCALIENTES.- Hay tardes que se sostienen sobre apenas dos embestidas claras. Dos toros que, en medio de la dificultad, permiten que el toreo respire y cobre sentido. Así ocurrió en la tercera de feria en la Plaza Monumental de Aguascalientes, donde el triunfo de Leo Valadez tuvo más valor del que indica la estadística, en una corrida de Begoña que no terminó de romper y en la que solo el cuarto y el quinto ofrecieron opciones reales.
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Con tres cuartos de entrada y el ambiente propio de la feria, la tarde se fue dibujando desde la dificultad. “Alma Eterna”, primero de la función, dejó ver desde salida que no sería sencillo. Leo Valadez, sin embargo, quiso abrir camino con una declaración de intenciones: porta gayola, firmeza en los quites y protagonismo también en banderillas. Hubo decisión, hubo exposición, pero al toro le faltó entrega para que aquello tomara vuelo. Con la muleta, el hidrocálido buscó por ambos pitones, encontrando algún trazo estimable por el derecho, sin que el conjunto alcanzara mayor eco.
El segundo, “Bravo Corazón”, tampoco facilitó las cosas. Enfrente tuvo a un torero que no entiende de excusas. Diego San Román volvió a mostrarse como es: firme, vertical, metido entre los pitones sin concesiones. La faena fue más de voluntad que de lucimiento, más de insistencia que de armonía. El toro no terminó de pasar, y cada muletazo hubo que arrancarlo. Ahí quedó el valor seco del queretano, ese que no siempre se traduce en trofeos pero sí deja huella.
“Compadrito”, tercero de la tarde, confirmó el tono general del encierro. Poco, muy poco, ofreció el de Begoña. Marco Pérez lo recibió con buen aire con el capote y trató de construir una faena con la muleta, pero todo quedó en intención. Fue un querer sin respuesta, un diálogo imposible.
La tarde encontró entonces su primer respiro. “Vida Mía”, el cuarto, cambió el paso de la corrida. Y ahí emergió Leo Valadez. Desde el saludo capotero, con verónicas templadas, se percibió otro tono. Confirmó esa sensación en banderillas, donde dejó un par al violín de gran exposición que encendió a los tendidos.
El brindis a Fernando Ochoa precedió a una faena que tuvo estructura y emoción. Comenzó de rodillas, con decisión, pero fue de pie donde encontró la dimensión del toro: noble, con calidad, dispuesto a seguir la muleta. Valadez lo entendió con claridad. Se asentó, bajó la mano y comenzó a ligar tandas largas, con temple y cadencia.
No fue una faena atropellada, sino construida desde la paciencia. De menos a más. Y cuando llegó el final, con las manoletinas, el público ya estaba entregado. La estocada, al segundo intento, no impidió que la oreja fuera pedida con fuerza. El arrastre lento al toro puso el broche a la mejor faena de la tarde.
El quinto, “Dulce Cielo”, fue el otro pilar sobre el que se sostuvo la corrida. Un toro con clase, que permitió a Diego San Román expresar otra cara. Su toreo ganó en temple y conexión con los tendidos.
Fue, quizá, la labor más intensa de la tarde. Todo estaba dispuesto para el triunfo, pero la espada volvió a cruzarse en su camino. Quedó la ovación al toro y la sensación de una faena importante sin premio.
El sexto, “Custodio”, devolvió la corrida a su tono inicial. Poco que rascar. Marco Pérez dejó un quite por navarras y una labor de esfuerzo sin eco.
Así se cerró una tarde de dos toros. Leo Valadez supo aprovechar la suya y salió como triunfador, con una oreja de peso. Diego San Román dejó constancia de su valor, aunque sin espada. Marco Pérez, firme en una tarde ingrata.
Ficha del festejo: Plaza Monumental de Aguascalientes. Toros de Begoña; destacó el cuarto (arrastre lento) y el quinto (ovacionado).
- Leo Valadez: salida al tercio y oreja
- Diego San Román: salida al tercio y palmas
- Marco Pérez: silencio y palmas

Foto: Manolo Briones 




















