Luis David, la voluntad como argumento en una plaza llena

Luis David destaca con entrega y actitud en la Feria de San Marcos 2026, en una tarde complicada con toros de Los Encinos en Aguascalientes.



Aguascalientes.— La Monumental volvió a latir como en sus grandes tardes. Lleno hasta el reloj, un argumento que por sí mismo desarma cualquier discurso agorero: la fiesta interesa, convoca, emociona. La séptima corrida del Serial Taurino de la Feria Nacional de San Marcos reunió a miles de aficionados que poblaron cada rincón de la plaza, con ese rumor previo que anuncia que algo puede suceder, aunque luego el toro —ese juez implacable— dicte otra cosa.

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Se lidiaron ejemplares de Los Encinos, un encierro que, en conjunto, ofreció poco. Faltos de fuerza, de transmisión, de ese fondo que convierte el trazo en emoción, los toros pusieron cuesta arriba cualquier aspiración de triunfo rotundo. Y sin embargo, en tardes así es donde se mide al torero. No en la abundancia, sino en la escasez. No en lo que el toro da, sino en lo que el hombre es capaz de poner.

Ahí emergió, con claridad, la figura de Luis David. No tanto por los resultados numéricos —que a veces engañan— sino por algo más profundo y menos cuantificable: la actitud. En un festejo donde el toro no acompañó, su disposición fue una constante, una forma de resistencia frente a la inercia de lo deslucido.

Pero antes, el inicio tuvo nombre propio. Fermín Espinosa “Armillita IV” recibió a “Filósofo”, un toro que, dentro de la tónica general, sí tuvo algo que decir. Lo saludó de rodillas, un gesto que mezcla tradición y desafío, y desde ahí comenzó a tejer una faena que tuvo pasajes de buen gusto. El toro se dejó, tuvo clase en la embestida, especialmente por el pitón derecho, y Armillita supo encontrarle el sitio en varios momentos. No fue una obra redonda, pero sí una de esas faenas que dejan ver el poso técnico y la intención estética. La espada, esa vieja frontera, le negó una recompensa mayor, y todo quedó en el reconocimiento de las palmas.

Su segundo, “Pastelero”, no ofreció las mismas condiciones. Aun así, Armillita insistió en buscarle las vueltas, en intentar construir donde había poco material. Brindó a Enrique Ponce, un guiño que también es declaración de principios, y tiró de oficio para hilvanar series que, sin alcanzar vuelo, sostuvieron el interés. Fue una tarde de detalles, más que de contundencias, para el hidrocálido.

David de Miranda, por su parte, se enfrentó a un lote ingrato. “Chinito”, su primero, acusó debilidad desde los primeros compases. Un toro que perdía las manos, que obligaba a templar sin apretar, a sostener sin exigir. El torero español entendió pronto la condición del animal y trató de conducir la faena por los cauces posibles, encontrando en el pitón izquierdo algún eco más claro. Hubo momentos de suavidad, de intención, pero la falta de fuerza del toro limitó cualquier desarrollo mayor. Con el quinto, “Oye Poco”, el panorama no mejoró. De Miranda volvió a mostrarse dispuesto, por encima incluso de las circunstancias, pero el toro no ofreció opciones reales.

Y entonces, en medio de ese paisaje de dificultades, apareció Luis David con su forma de entender el toreo como un acto de voluntad.

Su primero, “Guantero”, tampoco regaló facilidades. Sin embargo, desde el capote ya dejó ver su intención: variedad, decisión, ambición. Pero fue en el tercio de banderillas donde la plaza comenzó a mirarlo con otros ojos. Tres pares de exposición, de reunión, de verdad, que levantaron al tendido. No era sólo el adorno, era la forma de plantarse, de ir hacia el toro, de asumir el riesgo como parte del discurso.

Con la muleta, Luis David logró lo que parecía improbable: ligar. No grandes series, no largas tandas de dominio, pero sí momentos de conexión. Corrió la mano con limpieza, buscó la colocación, insistió en darle continuidad a una embestida que se apagaba. Fue una faena de lucha, de insistencia, más que de inspiración pura. La espada, nuevamente, dejó la obra a medias.

Pero lo esencial estaba por venir.

El sexto, “Hocicudo”, fue recibido a porta gayola. Ese gesto, en sí mismo, ya es una declaración. No se trata sólo del riesgo, sino de lo que implica: salir a buscar el momento desde el primer segundo, romper la inercia de la tarde. La plaza, llena, respondió de inmediato. Luego vino un quite por zapopinas que encendió los tendidos, un recordatorio de que el toreo también es emoción compartida.

El toro, sin embargo, volvió a marcar los límites. Embestidas a media altura, sin entrega, sin ese punto de humillación que permite el lucimiento pleno. Y ahí, otra vez, apareció la actitud. Luis David no se resignó. Se colocó, insistió, buscó. Puso lo que el toro no tenía: transmisión, ritmo, intención.

La estocada, recibiendo, fue el broche de una actuación que había ido creciendo en intensidad emocional. Y entonces llegó la petición. Fuerte, unánime en muchos sectores, sostenida por una plaza que había conectado con la entrega del torero. La oreja no fue concedida, pero eso, en cierto modo, quedó en segundo plano. Lo que quedó fue la vuelta al ruedo, sólida, reconocida, acompañada por el aplauso de una afición que supo valorar algo más que el resultado: la actitud.

En una tarde donde el toro de Los Encinos ofreció poco, donde el lucimiento fue una excepción y no la norma, la corrida dejó una lectura clara. La fiesta sigue interesando, como lo demuestra el lleno rotundo en la Monumental de Aguascalientes. Y dentro de ese marco, el torero que más cerca estuvo de transformar la dificultad en emoción fue Luis David.

No fue una tarde de triunfos rotundos. Fue, más bien, una tarde de resistencias. Y en ese terreno, la voluntad —cuando es auténtica— también cuenta.