La Segunda Guerra Mundial provocó un ayuno de 12 años sin una Copa del Mundo. El entusiasmo por su regreso era mayúsculo, pero en aquel entonces nadie imaginó que lo que ocurriría en la siguiente justa cambiaría para siempre la historia de este deporte. Y todo comenzó con Uruguay como actor secundario de su propia película. El equipo charrúa consumó la más improbable victoria para conseguir su segundo título a costa de Brasil en un Estadio Maracaná que se robó el protagonismo, inundado por lágrimas de vergüenza.
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“Doscientas mil estatuas de piedra”, describió el escritor Eduardo Galeano sobre aquella impactante imagen de la afición amazónica destruida, en su libro Cerrado por fútbol (2017). “Uruguay era campeón del mundo, y el público no se movía”. Fue así como el triunfo ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de futbol se convirtió en una catástrofe tal, que la Verdeamarela se propuso nunca más volver a manchar su nombre y ganaría tres de las siguientes cinco copas mundiales.
Durante el tiempo transcurrido del último Mundial en 1938 al posterior al conflicto bélico en 1950, cuenta la leyenda que el Trofeo Jules Rimet estuvo escondido debajo de la cama de Ottorino Barassi, presidente de la federación italiana de fútbol. Al revalidar su título mundial en 1938, su nación había ostentado la copa más prestigiosa del fútbol durante 16 años.
Brasil, el favorito que no fue con todo y los problemas de la FIFA
El equipo celeste había sido el único otro ganador del torneo en su edición inaugural. Y a pesar de enfrentar al imponente conjunto brasileño en la final, volverían a alzarse con la victoria en esta ocasión. Brasil obtuvo los derechos para organizar la Copa del Mundo de 1950 y, por lo tanto, era considerado favorito para ganarla en casa, tal como lo habían hecho Uruguay e Italia en 1930 y 1934 respectivamente. Pero no fue así.
Aún existían problemas en lo que respecta a la participación general, pues solo 31 de las 73 naciones miembros de la FIFA se inscribieron. Argentina se negó a competir en un torneo que deseaba organizar; Alemania Occidental fue expulsada de la FIFA poco después de la guerra; Austria y Checoslovaquia —finalistas en ediciones anteriores— simplemente no se inscribieron, mientras que Italia, presente pero gravemente afectada por el desastre aéreo de Superga en mayo de 1949, en el que fallecieron varios de sus mejores jugadores, llegaba herida.
Finalmente, Francia se retiró al darse cuenta de la considerable cantidad de viajes que implicaría entre partidos en un país tan extenso como el más grande de Sudamérica. La estructura del torneo fue extraña, y Uruguay fue el principal beneficiario. Las retiradas dejaron al Mundial con solo 13 equipos participantes, y los charrúas tuvieron la suerte de quedar encuadrados en un grupo de dos equipos junto a Bolivia, a la que goleó 8-0.
Además, no había programada ninguna final. Los cuatro primeros se decidirían mediante los resultados de una liguilla, por lo que los organizadores simplemente tuvieron suerte de que Uruguay y Brasil, los dos equipos que competían por el trofeo antes de los dos últimos partidos, se enfrentaran en el Maracaná de Río de Janeiro. Un empate le habría bastado a Brasil para ser campeón. Uruguay necesitaba la victoria. Por lo tanto, ese último partido no fue literalmente la final, pero la historia lo ha consagrado como tal.
Uruguay y la anarquía de una selección que se dispuso a ganar pese a sus dirigentes
Si bien persisten las dudas sobre si el entrenador que llevó a Uruguay a la victoria en 1930 era realmente un entrenador según la definición actual del puesto, existe escepticismo sobre si su entrenador en 1950 tenía autoridad total sobre su equipo. Juan López Fontana ostentaba oficialmente ese rol, pero los jugadores se mostraban descontentos con su enfoque defensivo y conflictos federativos.
Antes del último partido contra Brasil, el equipo celebró una reunión en la que el capitán Obdulio Varela los animó a ser más audaces de lo que López Fontana les había pedido. En aquella época, el capitán solía ser considerado más influyente que el entrenador. Pero especialmente él, era elogiado por sus charlas previas a los partidos.
“Los jugadores uruguayos, esclavos de sus clubes, simplemente exigían que los dirigentes reconocieran que su sindicato existía y tenía el derecho de existir. Los dirigentes no daban el brazo a torcer, y sentados esperaban la rendición por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto, jugador de fútbol y peón de albañil”, describió Galeano al capitán.
Uruguay contaba además con una figura legendaria: Juan Alberto Schiaffino, descrito habitualmente como un genio. Era esbelto, elegante, sumamente creativo, un pasador inteligente, un regateador escurridizo y un goleador prolífico, todo en uno. Anotó tres goles en este Mundial, incluyendo el del empate en la segunda mitad de la final. Schiaffino pasó la mayor parte de su carrera en Peñarol y, tras su fichaje por el Milan, adoptó una posición más retrasada, al estilo de Andrea Pirlo, antes de convertirse en un reconocido líbero en la Roma.
Del exceso de confianza de Brasil y un presagio a las lágrimas del Maracaná
Brasil era amplio favorito en las casas de apuestas para levantar el trofeo, y existía tanta o más confianza en el país anfitrión después de arrasara con Suecia y España por 7-1 y 6-1 respectivamente en sus dos primeros partidos de la segunda fase de grupos. Tanta era la efervescencia, que varios periódicos publicaron portadas el día del partido ante Uruguay celebrando el triunfo anticipado.
Relatos de la época aseguran que el equipo uruguayo usó esas páginas para forrar el suelo de su baño. Como presagio del colapso brasileño, poco antes del partido, su bandera fue izada al revés. Brasil se adelantó apenas un minuto después del inicio de la segunda parte, con un potente disparo raso de Friaca.
Luego, Uruguay reaccionó, y su jugador clave era Alcides Ghiggia, quien constantemente superaba al desafortunado mediocampista izquierdo brasileño Bigode. Ghiggia centró para que Schiaffino empatara. Pero la paridad coronaba a Brasil. Entonces, a 11 minutos del final, Ghiggia volvió a correr por la derecha. Schiaffino esperaba otro centro, empero, Ghiggia disparó al primer palo. Gol y 2-1. El Maracaná enmudeció.
“La victoria de Uruguay ante la mayor multitud jamás reunida en un partido de fútbol había sido sin duda un milagro, pero el milagro había sido más bien obra de un mortal de carne y hueso llamado Obdulio Varela”, escribió Galeano en el citado libro. “Obdulio había enfriado el partido, cuando se nos venía encima la avalancha, y después se había echado el cuadro entero al hombro y a puro coraje había empujado contra viento y marea”.
El uruguayo escritor publicó que Varela pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se escabulló disfrazado.
“Blanca era la camiseta de Brasil. Y nunca más fue blanca, desde que el Mundial de 1950 demostró que ese color daba desgracia”, zanjó Galeano. Así fue como el Scratch du Oro hizo de la peor derrota de su historia, el punto de arranque de sus altos vuelos. Si bien el desastre se repetiría en el siguiente Mundial celebrado en su tierra en 2014 tras ser goleado por Alemania en la semifinal por 7-1, la Verdeamarela sigue siendo al día de hoy el equipo más ganador con cinco copas en sus vitrinas.

Foto: Cortesía FIFA 

