Se suponía que la Copa del Mundo de 1982 era la inmejorable oportunidad para que España se convirtiera en el tercer campeón mundial consecutivo que se coronaba en casa tras Alemania en 1974 y Argentina en 1978, además de tener la posibilidad de ser la cuarta selección anfitriona de las últimas cinco ediciones que obtenía el título como local a excepción de México en 1970. En cambio, Italia igualó los tres cetros de la favorita Brasil, de la mano de Paolo Rossi.
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Cuenta la leyenda que en cada Mundial, Italia—si se clasifican— tradicionalmente tiene un comienzo lento. Pero en realidad, la Azzurra había ganado su primer partido en las ediciones de 1966, 1970, 1974 y 1978. De hecho, en 1978, comenzaron con mucha fuerza antes de decaer. En realidad, el cliché proviene precisamente de este Mundial de 1982 celebrado en España. Y lo cierto es que fue una situación extrema.
Antes de que el balón rodara en territorio español, prácticamente nadie daba un peso por los italianos. Las casas de apuestas colocaban a la Nazionale como séptima favorita, con una cuota de 18 a 1. Había quedado segunda en su grupo de clasificación, por detrás de Yugoslavia, y había perdido amistosos contra Francia y Alemania Oriental. Pero lo que ocurrió entre el 14 de junio y el 11 de julio de 1982 se convertiría en una de las mayores sorpresas en la historia de los Mundiales, un triunfo tan inesperado que desafió toda lógica futbolística.
La Selección Mexicana no participó en esa Copa Mundial al quedar eliminada en el premundial de la Concacaf celebrado en Honduras un año antes. El Tri, considerado favorito, tuvo una desastrosa eliminatoria, tras empatar con Haití, Canadá y redondear la catástrofe con una insólita derrota contra El Salvador, lo que impidió su clasificación al torneo.
El llamado fracaso de Tegucigalpa cimbró a todo México, pues el equipo verde no logró siquiera clasificar en el Hexagonal final en 1981, al quedar en tercer lugar con solo cinco puntos, detrás de Honduras y El Salvador. Sin duda, la derrota ante El Salvador del 6 de noviembre de 1981 con un gol de Ever Hernández, es una de las más dolorosas en la historia del balompié azteca, que quedó marginado de aquella Copa en que Italia resucitó.
El arranque que anticipaba un desastre para Italia
Los primeros partidos de Italia fueron un ejemplo de mediocridad. Un empate sin goles contra Polonia. Otro empate 1-1 contra Perú, plagado de errores. Y un tercer empate 1-1 frente a Camerún. Una exhibición tan pobre que la Azzurra avanzó a la siguiente ronda apenas por diferencia de goles. La prensa italiana, despiadada, ridiculizó a Enzo Bearzot. El entrenador, fumador empedernido y de carácter paterno, tomó una decisión radical e impuso un bloqueo informativo total. Ni él ni sus jugadores volvieron a dirigir la palabra a los periodistas durante el resto del torneo. A decir verdad, la estrategia funcionó. El aislamiento forjó una mentalidad a prueba de balas que transformó al equipo.
La resurrección de una Azzurra condenada en España
El gran artífice de aquella gesta llevaba dos años sin jugar al fútbol. Paolo Rossi, la joven promesa italiana, había sido sancionado por su implicación en el escándalo de amaño de partidos del Totonero. Cumplió dos años de suspensión, regresó apenas tres partidos antes del Mundial y arrastró una falta de ritmo tan evidente que Bearzot lo sustituyó en el descanso del partido contra Perú.
La figura seguía sin marcar. Hasta que llegó Brasil. En un partido que necesitaba ganar para seguir con vida, Italia se enfrentaba a la gran favorita. Y Rossi, el condenado, alcanzó su redención al marcar tres goles. Un hat-trick que tumbó al gigante sudamericano y devolvió la fe a una nación entera que se pintó de azul justo cuando menos simpatizaba con ese color que sus ídolos habían desprestigiado. Al menos hasta entonces.
Resulta un tanto irónico que, en un momento en que el fútbol se preocupaba por el predominio de los sistemas sobre el talento individual, este fuera precisamente el periodo en la historia de la Copa del Mundo en el que tres torneos consecutivos fueron dominados de forma abrumadora por un solo hombre. En 1978, fue Mario Kempes. En 1986, lo sería Diego Armando Maradona. Y en 1982, fue Rossi, algo que parecía muy improbable antes del torneo.
El grito que traspasó generaciones
Italia se impuso con contundencia a Alemania Occidental en una final menos emocionante de lo que sugiere el marcador de 3-1. Los germanos parecían cansados después de que su semifinal se decidiera en la tanda de penaltis —la primera en la historia de los Mundiales— tras un empate 3-3 con Francia.
Los azzurri, por su parte, llegaban enteros. Rossi abrió el marcador de cabeza tras un centro de Gentile. Pero fue Marco Tardelli quien acaparó toda la atención en el momento más memorable del torneo para su equipo. Su gol que puso a Italia 2-0 arriba en la final, al culminar una jugada de pases pacientes y girar sobre su pie izquierdo para golpear el balón con fuerza hacia la red. Fue seguido por una de las celebraciones más famosas del fútbol, con Tardelli corriendo sin rumbo fijo, al grito de “¡gol!“.
“Nací con ese grito dentro de mí”, dijo más tarde. “Ese fue simplemente el momento en que salió”. Luego, el brillante Bruno Conti asistió a Alessandro Altobelli para el tercero, y Paul Breitner marcó el gol del honor en los últimos minutos. Los favoritos de los aficionados neutrales eran Brasil, que desplegó un fútbol ofensivo magnífico pero cayó ante Italia por graves fallos defensivos.
La derrota ante Italia, según Zico, fue “el día en que murió el fútbol“. Pero para los italianos, fue el día en que renació la esperanza. La Nazionale fue considerada una justa vencedora. Bearzot, el fumador que desafió a la prensa. Rossi, el resucitado que calló a sus críticos. Y Tardelli, el guerrero que encontró su voz en el momento exacto. Aquella Italia de 1982 demostró que, a veces, los campeones más grandes son aquellos que todos daban por muertos.

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