Esa exquisita elegancia del balón Tricolore. Unos extravagantes uniformes de Japón, Sudáfrica, Túnez y México. La armoniosa canción La Copa de la Vida de Ricky Martin interpretada en la ceremonia de clausura en el Stade de France. O Zinedine Zidane convertido en dios al ritmo de su ruleta con todo y dos goles de cabeza contra Brasil en la final para encumbrar su leyenda. Francia 1998 se convirtió en un Mundial de culto, una auténtica oda a la nostalgia en el último suspiro del siglo que cambió el futbol para siempre.
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La última Copa Mundial del milenio fue una rareza por dondequiera que se le vea. Pues además de lo que representa para la cultura pop, deportivamente, regaló a una nación anfitriona victoriosa. Algo cada vez más atípico. Si se dividen los 22 mundiales por la mitad, cinco de las primeras 11 fueron ganadas por el país anfitrión. Pero en las últimas 11, solo una ha logrado esa hazaña. Esa fue Francia en 1998.
El dato es frío, pero encierra una verdad incómoda. Pues ganar en casa se ha vuelto casi imposible. Y si no, que le pregunten a México, Estados Unidos y Canadá el próximo verano. Es por eso que resalta la gesta de los franceses en su Copa, pues contra todo pronóstico, rompieron la estadística.
Sin embargo, como ocurre con muchos Mundiales, existía una dimensión política que amplía aún más el contexto. En medio del creciente apoyo al líder de extrema derecha del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, quien había criticado repetidamente a la selección nacional por tener demasiados jugadores nacidos fuera de Francia o de origen inmigrante, el éxito final se consideró una victoria tanto para el multiculturalismo de todo un país, como para el enfoque futbolístico de su selección. El fútbol, una vez más, era un espejo de la sociedad.
Aimé Jacquet, el entrenador que nunca volvió a dirigir tras ser campeón mundial
Una regla no escrita dicta que los entrenadores franceses tienden a adoptar un papel secundario. No se preocupan demasiado por la filosofía futbolística, no están constantemente haciendo cambios en su equipo ni son personajes extravagantes en las ruedas de prensa. Y Aimé Jacquet confirmaba la regla.
Había cosechado grandes éxitos con el Girondins de Bordeaux en la década de 1980, y luego trabajó para la selección nacional como director técnico y segundo entrenador. Pero durante ese tiempo, Francia no logró clasificarse para el Mundial de 1994. Fue nombrado entonces seleccionador, pero la prensa francesa lo criticó mordazmente, sobre todo, por ser demasiado conservador con su equipo en el campo.
Lo cierto es que Jacquet sabía lo que se necesitaba para ganar un torneo. Con una buena defensa, un ambiente armonioso y que muchos jugadores aportaran goles. Tal fue el impacto del título obtenido en su vida, que tras la final del Mundial, nunca volvió a dirigir otro partido. Su legado no fueron los tácticas innovadoras, sino ir a por el resultado. Y ese resultado fue la primera Copa del Mundo para las vitrinas de su selección.
Francia, o el equipo que no quería nadie (hasta que empezó a ganar)
A pesar de las escenas de júbilo en el Arco del Triunfo, Francia tuvo dificultades para amar a su selección nacional hasta la mitad del torneo. No clasificarse para el Mundial de 1994 seguía siendo una vergüenza nacional que pesaba más que una tonelada de acero sobre los hombros de los miembros del equipo galo.
El plantel también tuvo problemas para llegar a la Eurocopa 96. De hecho, un gol de falta de Youri Djorkaeff en la fase de clasificación contra Polonia probablemente salvó a Jacquet de su puesto y, aunque Francia alcanzó las semifinales de ese torneo, no marcó ni un solo gol en cuatro horas de eliminatoria. Habrá sido porque Francia anhelaba algo más bello.
Fuera de Francia, surgieron dudas sobre hasta qué punto este país era realmente un apasionado del fútbol. La asistencia media a los partidos de la Ligue 1 era de tan solo 16 mil espectadores. El capitán Didier Deschamps pidió menos camisas y corbatas en las gradas, y más camisetas de la selección francesa. Una pasión poco orgánica, hasta ese momento. Pero algo cambió a mitad del torneo.
Cuanto más avanzaba Francia en su Mundial, más ciudadanos veían los partidos en grandes grupos en lugares públicos, en lugar de en casa. La asistencia media a la Ligue 1 aumentó más de un 20% la temporada siguiente. El amor, a veces, llega tarde. Pero llega de maneras inesperadas.
Zidane, Thuram y la noche en que Brasil no existió
La final de 2002 tendría a Ronaldo como absoluto protagonista. La de 2006 giraría en torno a Zidane. Pero esta de 1998, giraba en torno a ambos. La previa del partido fue quizás más memorable que el partido en sí. R9 sufrió una serie de convulsiones durante su siesta y pasó varias horas en el hospital. Llegó al Stade de France por separado de sus compañeros. Un absoluto drama digno de un thriller hollywoodiense.
Finalmente jugó los 90 minutos completos, pero era evidente que le faltaba su chispa habitual. Francia dominó el partido sin desplegar un fútbol espectacular y se fue al descanso con una ventaja de 2-0 gracias a dos cabezazos de Zidane, ambos tras superar a Leonardo. “Marcar dos goles de cabeza es increíble”, declaró después. “No soy muy bueno con la cabeza. Pero en ambas ocasiones el balón me llegó perfecto y logré conectar a la perfección”.
La reacción de Brasil fue escasa, de hecho, nunca llegó. Ni siquiera después de la tarjeta roja a Marcel Desailly en el minuto 68. El 2-0 parecía justo, pero Emmanuel Petit puso la guinda al pastel para el 3-0 definitivo. Sin embargo, el momento más emocionante del torneo había ocurrido antes, con el segundo gol de Lilian Thuram contra Croacia en la semifinal.
Un defensor tan aguerrido como amarrado a su zona que nunca había marcado para Francia —y que jamás volvería a hacerlo—, marcó dos goles para darle la vuelta a un partido que se había puesto cuesta arriba. El primero, el empate. El segundo, un disparo con efecto con la zurda desde fuera del área. Imposible. Inolvidable.
Brasil era el favorito para coronarse por quinta ocasión, pero la canarinha no existió esa noche y tuvo que esperar cuatro largos años para volver a sonreír. Francia, en cambio, encontró su identidad al aceptar su multiculturalidad. Y la guardó para siempre bajo el Arco del Triunfo.

Foto: Mexsport 













