Mundial 2014: El Mineirazo que sepultó el jogo bonito de Brasil y dio el cuarto título a una Alemania perfecta

Brasil 2014 quedó marcado por el histórico 7-1 ante Alemania, el fin del “jogo bonito” y una profunda transformación del futbol mundial



Foto: FIFA

La Copa del Mundo tardó más de seis décadas en volver a Brasil, a pesar de poseer el palmarés futbolístico más laureado del planeta. Para su desgracia, el mismo fantasma de 1950 apareció en 2014 y la tragedia se replicó para confirmar la más grande maldición del futbol sobre la única selección que —irónicamente— presume cinco títulos en sus vitrinas, pero no sabe ganar en casa. Y aunque Alemania alcanzó su cuarto cetro, ese logro quedó eclipsado por la catástrofe del scratch du oro.

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Han pasado 12 años desde la más humillante derrota sufrida por la canarinha, que cayó por escandaloso marcador de 7-1 ante Alemania en las semifinales de su Mundial, pero ni el paso del tiempo ha sido suficiente para que la afición supere lo sucedido. Como tampoco la propia Verdeamarela ha sanado del todo la herida y sigue muy lejos de recuperar su mejor versión, esa que pregonaba la alegría del jogo bonito dondequiera que se parara.

Mundial en Brasil, 64 años después

Tuvieron que pasar 64 años para que la FIFA decidiera regresar al país amazónico, ese lugar único en el orbe con cinco estrellas sobre su escudo. La nación que había convertido el fútbol en arte, que había exportado al mundo el gambeteo, la picardía y la alegría desbordante, esperaba con ansias el momento de recibir a las 32 selecciones en su propia casa. Pero para su desgracia, la tragedia se replicó.

El Maracanazo de 1950, aquella final perdida ante Uruguay que partió la historia del país en dos, tuvo un heredero cruel que llevó por nombre el Mineirazo de 2014. Aquel 8 de julio, en el Estadio Mineirão de Belo Horizonte, la canarinha cayó 7-1 ante la Mannschaft —que a la postre se erigiría campeona— en las semifinales del Mundial. No fue una derrota. Fue un derrumbe colosal. La noche en que el gigante quedó reducido al polvo, devastado por la máquina teutona.

Los reformistas, esos rebeldes que se negaron a aceptar que el fútbol brasileño había llegado a un callejón sin salida pese a no campeonar desde 2002, veían el regreso de la Copa del Mudo a casa como una oportunidad. Esperaban que sirviera de estímulo para cambiar la forma en que se jugaba y se gestionaba el fútbol, tal como la derrota de 1950 impulsó una profunda renovación y una nueva camiseta para la selección nacional.

Aquel Maracanazo, recordaban, había dado origen a la camiseta amarilla, la que hoy el mundo entero reconoce como símbolo de la canarinha. Pero llegó el Mineirazo y tuvo un efecto opuesto. El fútbol que Luiz Felipe Scolari había implantado se convirtió en la penitencia de una selección acostumbrada a ser la alegría de las canchas. El técnico campeón del mundo en 2002, renunció al día siguiente de la debacle de 2014.

Una extraña Copa del Mundo de debacles y reinicios

Después de 32 días, 64 partidos, 171 goles, 182 tarjetas amarillas, 48 mil 706 pases, 2 mil 124 entradas, 4 mil millones de dólares en ingresos para la FIFA, y una incesante avalancha de opiniones digitales y un tsunami de llanto público, el Mundial de 2014 quedó para la historia. Fue un torneo de contrastes extremos, pues fue la primera vez que una nación europea se proclamó campeona en suelo latinoamericano, con Alemania escribiendo su nombre junto a Italia, que nunca más volvió a un Mundial, como los rivales más cercanos de Brasil en la historia.

Miroslav Klose destronó a Ronaldo —para poner otro clavo en el ataúd brasileño— como el máximo goleador histórico de los Mundiales. Y los anfitriones, junto a la campeona defensora España, sufrieron las derrotas más humillantes que jamás haya soportado una selección grande. Además del 7-1 de Alemania sobre Brasil en semifinales; España sufrió un 5-1 ante Holanda en la fase de grupos que, para su suerte, pasó a segundo plano tras el Mineirazo.

El Mundial logró presentar la semifinal más clásica y tradicional hasta la fecha, con un duelo de potencias oligárquicas que, paradójicamente, mostró el ocaso de una era. El torneo arrancó con una furia ofensiva que nadie esperaba. La primera semana fue un frenético montaje de goles y contraataques Holanda aplastó a la vigente campeona, Alemania goleó a Portugal en Salvador, Francia y Suiza protagonizaron un 5-2.

Los primeros 14 partidos produjeron 44 goles. Pero la euforia no pudo durar. En la siguiente fase, los equipos comenzaron a bajar el ritmo, y los 14 partidos siguientes apenas registraron 31 anotaciones. La moda del contraataque rápido se transformó en un repliegue más astuto hacia una defensa mutua y sólida. La semifinal entre Argentina y Holanda fue quizás el partido más cauteloso del torneo, con el equipo de Alejandro Sabella con un juego que por momentos solo tenía en Lionel Messi y Gonzalo Higuaín en el ataque.

¿La muerte del tiki-taka o maldición italiana tras la mordida de Luis Suárez?

Sin embargo, el tiki-taka no murió, simplemente se desvaneció. España jugó no solo como un equipo cansado, sino como uno apático y aburrido. El estilo dominante fue más bien europeo, con ese ritmo frenético, presión sobre los espacios, eficacia. Inglaterra tuvo posiblemente su peor Mundial de la historia, eliminada en cinco días y última de su grupo, superando en goles solo a Camerún, Irán y Honduras.

Las naciones más exitosas fueron aquellas con ligas nacionales coherentes y productivas, más allá de Costa Rica, ahí estuvo Holanda, Alemania, Bélgica y Argentina, que se beneficiaron de jugadores formados en un sistema nacional cohesionado. El único momento en que la Premier League pareció estar presente de forma tangible fue cuando Luis Suárez mordió a Giorgio Chiellini en Natal, mordisco que bien podría ser considerado como el presagio de la muerte del futbol italiano, que desde entonces no ha vuelto a un Mundial.

Brasil 2014 fue a la vez un desastre de relaciones públicas y un triunfo. Dentro de los megaestadios recién pintados, la experiencia fue fluida, la puesta en escena espectacular. Pero fuera, el espectáculo de carreteras, viviendas e infraestructura básica inadecuadas que rodeaban muchas de esas cápsulas espaciales de alta tecnología evidenció la brecha entre la promesa y la realidad.

El éxito no fue mérito de los políticos derrochadores ni de los desacreditados organizadores, sino de los trabajadores que, de alguna manera, hicieron posible que todo funcionara, y del ejército de voluntarios locales que suavizaron los retrasos y contratiempos. En cuanto al equipo anfitrión, aquella semifinal fue algo más que una derrota. El Mundial de 2014 presenció la tan esperada muerte del jogo bonito, ese fútbol de espíritu cálido que ya se había quedado enterrado bajo las capas del físico predominante por encima de la magia.