No son ustedes, son ellos

Espero no despertarte ni preocuparte, cuando te diga al amanecer que en la madrugada tuve ganas de vomitar.

Debía saciar mis deseos de expulsar letras, verme en el espejo de ellas, cuestionarme cómo vivo y, en consecuencia, conocer cuál es el estado de la ilusión de los toros dentro de mi ilusión de existir.

“Corazón”, estoy escuchando tu intervención, “¿estás así por el cierre este domingo de la temporada grande en la México?”.

No estrictamente. ¿Sabes que el armado de los carteles que presenta este coso, lo considero parte de una extraordinaria estrategia comercial? Considero que esta lo lleva en rumbo preciso hacia su demolición, para dar lugar a edificaciones rentables, por supuesto ajenas a lo verdaderamente taurino.

Bien sabes que esa presunción sale de mi existente corazón y supuesta razón, sin embargo, debo aclararte que lo anterior nada tiene que ver con los toreros y, sí, con la empresa que organiza corridas de toros, la que evidentemente no persigue objetivos taurinos.

A cada mujer u hombre que se viste de luces y atreve a desafiarse frente a un astado, no sólo respeto, sino admiro.

Si un día te sientes sola, acompañada únicamente de miedos e ilusiones, estás frente al reto más grande de tu vida y encuentras ante la disyuntiva de darte toda por la esperanza de un solo instante de gozo, podrás acercarte al sentir de un torero.

Pero regresando al tema inicial, específicamente relacionado con el criterio “empresarial” utilizado para integrar los nombres que aparecen en un cartel, te propongo reconocer que si un valor superior tiene el de la Oreja de Oro, anunciado esta tarde en la plaza de toros más grande y cómoda del mundo, es el de la amistad y perseverancia, pues ahí seguramente se darán cita, principalmente, los verdaderos amigos de los espadas y aquellos que no descartan que el sol regrese algún día a medianoche.

El par de cuestionamientos básicos al cartel de hoy, que más que ignorancia levanta suspicacias sobre un “auto sabotaje” para continuar haciendo que la fiesta pierda adeptos, giran en torno a la ausencia de un motivo sólido para programar todos los nombres que aparecen en éste y a la carencia de criterios antaño elementales acerca de los contrastes de estilos y personalidades, que abrían la oferta al público y favorecían el encuentro y contraste de pasiones en la arena.

Con relación a lo anterior, corazón, permíteme un atrevimiento final relacionado con la sal de la existencia humana.

La pasión, sostengo, es ingrediente esencial de la vida.

Sin pasión, vivir resulta sólo un hecho involuntario, cuyo irremediable fin sólo queda aguardar.

Ni respirar ni besar quiero, si lo primero debo hacerlo únicamente para evitar el terror de asomarme al obscuro precipicio, en cuya orilla camino obligadamente desde que nací, y lo segundo sea para saciar una sola sed.

Menos aún quiero ver cómo brota sangre caliente que no es acompañada del fluir de sangre hirviente.

Torear es ritual que exige a su oficiante conciencia del sacrificio del noble en aras de un motivo, abandono del cuerpo propio en acto de entrega sin reservas y disposición para asumir el mando del sentir a plenitud aunque sea por última vez.

Sin al menos esas condiciones no existe liturgia taurina, sino maltrato repudiado por los propios taurinos al dejar de asistir a las plazas.

A propósito, corazón: ¿lo nuestro es sagrado ritual o inútil tortura?

Intentemos responder más tarde, si te parece bien. Por lo pronto, te invito a jamás perderle sabor a la vida, incluyendo siempre en ella la pasión.

riverayasociados@hotmail.com

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