La de Garcigrande, remendada con Torre alta, da escaso fondo

El toreo sostenido por las formas. Cortesía.
La de Garcigrande, remendada con Torre alta, da escaso fondo

Por: Natalia Pescador
MADRID.- La tarde acabó planteando una de esas paradojas que el toreo conoce bien y que, sin embargo, rara vez se formula con claridad: hubo más forma que fondo. No porque los toreros eligieran el adorno frente a la sustancia, sino porque la sustancia disponible obligó a refugiarse en la forma.
La corrida de Garcigrande, remendada por dos sobreros de Torrealta, ofreció escasas oportunidades para construir faenas asentadas sobre la duración, la profundidad o la evolución de las embestidas.
Lo que quedó entonces fue otra cosa: la inteligencia de los planteamientos, la calidad de ciertos trazos, la capacidad para administrar las condiciones de cada toro y para encontrar, aunque solo fuera durante algunos pasajes, una verdad estética en medio de un material discontinuo.
Resultó significativo que los momentos más valiosos de la corrida nacieran casi siempre de una lectura correcta antes que de una imposición. Ninguno de los tres espadas pudo gobernar la tarde desde la abundancia. Hubo que interpretarla desde la escasez.
Morenito de Aranda entendió pronto el problema. Su primero, recibido con la determinación de quien se va a portagayola para fijar desde el inicio una voluntad, acabó exigiendo otro tipo de actitud: menos épica y más administración.
El burgalés encontró por el pitón derecho una embestida utilizable, quizá no brillante, pero sí lo suficientemente franca para articular una faena de criterio. Lo mejor de su actuación no estuvo tanto en la suma de muletazos como en la elección de los terrenos, las alturas y las distancias.
Hubo momentos de acople, algunas tandas con continuidad y una sensación de orden que permitió que la labor adquiriera coherencia.No terminó de romper aquello hacia cotas superiores, pero sí dejó la impresión de haber entendido exactamente hasta dónde llegaba el toro.
Más interés tuvo aún su intervención en el cuarto. Fue seguramente la faena más completa de su tarde porque estuvo construida desde una idea reconocible.
El toro siguió la tela con ritmo, humilló en los primeros compases y permitió a Morenito desarrollar una obra basada en la ligazón y el mando. No fue una faena de estridencias ni de hallazgos extraordinarios.
Fue una faena bien pensada. Y eso, en una corrida donde tantas cosas amenazaban con disolverse, tuvo un mérito considerable. Cada serie parecía responder a la anterior. Cada decisión encontraba una lógica interna. Hubo, sobre todo por el pitón derecho, una armonía que el público reconoció con justicia.
Talavante compareció en una versión particularmente reflexiva de sí mismo. Su primero apuntó posibilidades en el comienzo de muleta, cuando el extremeño logró envolver la embestida con ese temple que convierte el movimiento en algo más lento de lo que realmente es.
Sin embargo, el toro se agotó pronto. Lo relevante fue que Talavante no insistió donde ya no había materia. Entendió que prolongar la faena habría sido una ficción y optó por concluirla sin violencia.
Su triunfo llegó con el sobrero de Torrealta, el único animal de la tarde que permitió hablar de una embestida con verdadero recorrido. Pero incluso ahí conviene matizar. La oreja no nació de una faena rotunda en el sentido clásico. Nació de una relación particularmente inteligente entre toro y torero durante los primeros compases.
Talavante aprovechó la prontitud y la viveza del animal para construir un inicio de gran vibración. Más que someterlo, supo acompañarlo. Más que imponer un concepto cerrado, se adaptó a las condiciones que el toro iba ofreciendo.
Hubo momentos de notable belleza en los cambios de ritmo, en la forma de administrar los tiempos y en esa capacidad tan característica del extremeño para dotar de naturalidad a soluciones que exigen una enorme técnica.
Después, cuando el toro perdió parte de su impulso inicial, la faena derivó hacia terrenos más cercanos al valor expuesto que al gobierno pleno de la embestida. Aun así, quedó el recuerdo del único episodio de la tarde donde forma y fondo llegaron a encontrarse durante algunos minutos.
A Pablo Aguado le correspondió probablemente el lote más ingrato. Su tarde tuvo algo de ejercicio imposible. Porque el sevillano pertenece a una categoría de toreros cuya expresión depende en gran medida de que el toro acepte una determinada conversación.
Necesita continuidad, entrega, una mínima cadencia sobre la que desplegar su concepto. Y ninguno de sus adversarios estuvo dispuesto a ofrecerla.
Lo intentó con el sobrero que sustituyó al tercero, tratando de construir desde la suavidad y el gobierno de los vuelos una faena que nunca encontró respuesta. Lo volvió a intentar con el último, otro animal áspero, de embestida entrecortada y recorrido incierto.
Allí apareció una de las imágenes más representativas de la tarde: un torero tratando de dibujar líneas limpias sobre una superficie que se negaba constantemente a recibirlas. Había intención estética, pero faltaba el soporte necesario para convertirla en emoción compartida.
Quizá por eso la corrida dejó una sensación tan peculiar. No fue una tarde de grandes contenidos taurinos en el sentido tradicional. Faltó la materia prima que permite hablar de dominio, de hondura o de plenitud. Pero tampoco fue una tarde vacía.
Quedaron las formas. Quedó la inteligencia de Morenito para ordenar dos faenas distintas. Quedó la sensibilidad interpretativa de Talavante frente al mejor toro del festejo. Quedó la fidelidad de Aguado a un concepto incluso cuando las circunstancias lo condenaban a la esterilidad.
Y quedó, sobre todo, una lección menos evidente: cuando el fondo escasea, la forma deja de ser un adorno para convertirse en una forma de conocimiento.