Orgullos nacionales

Sobre la magnitud de las cosas que se ven, muchas veces sobresale la dimensión de lo invisible.

La importancia de los sucesos no radica estrictamente en ellos, por trascendente que pueda parecer su presente, sino está en el significado que estos tengan en las acciones futuras de quien los vive.

“No te entiendo”, te oigo ya decir, a lo que de inmediato respondo con un “yo tampoco”, aunque luego rectifico e intento explicarme.

Todo parte esta mañana de un acontecimiento que tuvo lugar ayer sábado en Portugal, que más allá de su importante dimensión taurina, me lleva a observar su universal faceta humana.

Se trató de un hecho importante para la torería mexicana, al que especialmente deseo referirme por conocer bien, tanto a su protagonista como al medio en el que éste se desarrolla.

“¿Nada más por eso?”, vuelves a intervenir con tu dejo irónico tan conocido como irrenunciable para mí.

No, no nada más “por eso”. Bien sabes que se trata de un conflicto personal, asunto que admito aquí, únicamente, por las implicaciones que tuvo en mi formación o deformación taurina. Proveedor continuo, padre de lejanía también permanente, salvo los domingos en la plaza de toros. ¿Entendiste, verdad?

Pero antes de continuar con el tema que me gustaría cuestionaras, debo referirme, por orden de antigüedad, a otro acontecimiento trascendente.

Ese suceso fue protagonizado el viernes en Pamplona por el novillero mexicano Diego San Román, quien cortó ahí dos orejas y salió a hombros por la Puerta del Encierro.

El citado triunfo, registrado en un escenario de clase mundial, proyecta a este joven espada hacia una sobresaliente posición ganada por méritos propios, que, de existir aún interés de empresarios y ganaderos en la sobrevivencia de la fiesta brava en México, obliga sin demora a impulsarle para aprovechar este histórico momento.

Disculpa la figura a emplear, compañera de vida, pero en los actuales momentos el éxito de este novillero queretano invita a los promotores de la fiesta brava mexicana, a actuar con la misma celeridad de aquellos que en un funeral ven moverse al supuesto difunto.

Diego San Román llevó a un sitio de orgullo a un espectáculo urgido en el país, precisamente, de motivos de satisfacción y, diría, hasta de autoestima en algunos de sus protagonistas.

A ello se sumó ayer en Villa Franca de Xira, en el distrito de Lisboa, capital mundial del rejoneo, el formal y triunfal debut novilleril de Leal Sebastián, torero nuevoleonés a caballo, con apenas 20 años de edad.

Ante excelente entrada, de la que dan fe los videos de esta exitosa presentación, el mexicano fue el triunfador de la tarde en tierra de caballeros portugueses, al ser aclamado en la vuelta al ruedo que dio. Como es sabido, ese reconocimiento equivale a la entrega de apéndices en los países del universo taurino donde el toro es lidiado a muerte.

Triunfos como los de San Román, a pie, y Leal Sebastián, a caballo, presentan, de inmediato, a dos talentos mexicanos, quienes sin complejo alguno y con toda dignidad fueron a competir con los mejores y triunfaron al lado de ellos.

En el caso específico del rejoneador quiero pedir la venia de tu honorable autoridad, para observar algo más que el éxito de un verdadero soñador de gloria mexicano, lo que, insisto, sólo obedece a mi conocimiento del caso.

Su triunfo, alcanzado ante un ejemplar de mucho respeto, con tres caballos prestados y apenas ocho días trabajando con ellos, me lleva a destacar que aún mayor a este extraordinario resultado, son las imágenes que veo de un hombre en el callejón de la plaza lusa de Villa Franca.

En ese paso estrecho, que particularmente abraza almas y estruja corazones, sacando a unos valor y a otros sublimando entrega, miro a quien seguramente vivió ahí más miedo que cuando hace años estaba solo ante la fiera encornada y sintió más deseos de triunfo que los que tuvo para sí mismo, cuando en tiempos idos ofrecía su sangre a cambio de una oreja.

Sí, alma mía, en ese callejón vi el apoyo, el respeto y la felicidad de quien es capaz hasta de sufrir la más terrible angustia propia, en aras del respeto a la libertad del ser al que más ama.

Leal Sebastián triunfó ayer sin más ayuda que la de su determinación para ser figura del toreo, pero lo hizo en la cercana compañía de su padre, el matador Joselito Ruiz, al que hoy poca cosa debe parecer la mezquindad que conoció en el medio taurino.

Efectivamente, considero que sobre la magnitud de las cosas que se ven, muchas veces sobresale la dimensión de lo invisible.

Los triunfos de Diego San Román y Leal Sebastián son ya para siempre, pues trascienden ruedos y se inscriben en almas propias y cercanas.

¿Piensas que es una conclusión rosa o romántica, sueño que abrazo?

Quizá, mas recuerda que, en los toros, como en la vida, lo verdadero no es aquello de lo que dan temporal cuenta los sentidos, sino eso que el corazón hace permanente.

riverayasociados@hotmail.com