Para leerse y pasar el rato antes del Super Bowl

Hoy que la plaza de toros más grande del mundo cede el tiempo de su festejo para que pueda tener lugar el Super Bowl LIII, miro hacia adentro y extiendo este sueño a otros.

Claudicar definitivamente ante el conquistador, es un hecho inexorable cuando el conquistado acaba haciendo propia la cultura ajena.

Evita, por favor, abrir más tus ojos ante mis frases domingueras y cegarme con su ya de por sí intensísima luz. Ni te espantes ni te rías, pero considero que la trasculturación, o la inexorable conquista sin armas de fuego, forma parte del equipo de enterradores de la fiesta brava, fuertemente apoyado por quienes integran carteles con influyentes, amigos o intereses, no con personalidades, talentos y gustos del público.

¿Es malo que este domingo no haya toros en la México? Como tú y yo lo abordamos frecuentemente cuando en nuestras discusiones se asoma, aunque sea tímidamente, la razón, simplemente es.

Nos guste o no, el fútbol americano pertenece más a la cultura de las nuevas generaciones que las corridas de toros, aun así argumente que estas son parte de la savia de nuestras raíces.

Aprovechar el lunes 4, día de descanso obligatorio, y ligar el martes la corrida del aniversario del Coso de Insurgentes, es una medida que responde a la realidad y sin duda llevará más público a la plaza, máxime cuando mañana reaparece Ernesto Javier Tapia “El Calita”, de quien puedo afirmar, y tú lo viste conmigo, sería la nueva figura de México en tiempos pre integración del Super Bowl a la cultura nacional.

Antes de enceder la tele, te digo que amanezco con tres pensamientos que deseo, nuevamente, someter a tu cuestionamiento. Prometo ser breve.

“Calita”

En varias ocasiones lo hemos platicado: quien se compromete con el otro, establece requisito esencial para que se comprometan con él.

¿Hacia dónde voy?

Simple: tras ver torear al hijo de Javier Tapia “El Cala”, blasfemo públicamente expresando que, como pocos, este joven evoca la genialidad de Manolo Martínez, tanto en la dimensión de sus pases como en su extraordinario sentido para entender la lidia que pide el toro, haciendo del manejo del tiempo y la distancia precisos, recursos que convierten a la muleta en motivo irrenunciable de la embestida del astado.

Poseer la sensibilidad e inteligencia para comprender la conducta de la res de lidia, al igual que tener dentro emociones qué expresar, distinguen a los toreros que convocan público a los tendidos.

“El Cala” grande, por su experiencia actual y grandes recuerdos dejados en mí cuando era un adolescente soñador de triunfos -¿ya ves, corazón, como a la postre el exceso de miedo acaba con las ilusiones?-, sin duda debe ser un muy orgulloso padre.

Deveras, ¿qué dejan los toros?

¿Qué dejan el sacrificio, la ilusión, los sueños?

Retomo este cuestionamiento a propósito de la conversación que tuve en la semana con Jorge Carmona Hernández, quien viera truncados sus sueños de gloria, debido a la terrible cornada que sufrió en la Plaza de Toros México el jueves 14 de octubre de 1993, cuya sola imagen desalienta a cualquier ser humano cuerdo que pretenda enfrentar a un toro de lidia.

Destrozos en la femoral y safena que le hicieron perder más de dos litros de sangre en la misma plaza, producto del más natural acto de “Aguamiel” de la vacada de Espíritu Santo, siguen teniendo hoy secuelas que repercuten en el cuerpo y espíritu del torero.

Recuerdo la visita que mi corazón más joven y yo le hicimos hace algunos años en un hospital de la capital zacatecana, situación que me llevó, una vez más, a preguntarme acerca del por qué tomar decisiones con riesgo de dolor.

-Algunos dicen que esto deja dinero, fama y lesiones-, comentó quien fuera uno de los matadores de toros más importantes de Zacatecas, postrado en la cama del nosocomio al que había ingresado por una hemorragia y un problema circulatorio ya crónico.

-Pero para mí dejó sólo sangre-, dijo aparentemente divertido, sin rencor alguno, estando en el reducido cuarto solamente con sus dos hijos. La hospitalización de ese otrora conocido personaje zacatecano pasó desapercibida para la mayoría de sus paisanos.

Él soñó, luchó y hasta triunfó haciendo lo que quería, hasta que el destino, literalmente, cercenó sus anhelos.

“¿Qué dejan los toros?” No sé, aunque continúo creyendo que la libertad es el don esencial del hombre, aun así en ocasiones se torne contra él mismo.

Ni jefes ni jefas

Ni más ni menos. Ni superiores ni inferiores.

Mujeres y hombres gozan de los mismos derechos naturales. Ambos poseen dones que al unirse crean vida y dan motivo a ella.

¿A qué viene esto? A que extraño dos corazones femeninos a cuya formación contribuí y tengo cerca a uno más por el que vivo. Me queda claro entonces, como hombre y taurino, que si la fiesta brava es representación fiel de la vida, ningún género puede estar segregado de ella.

Asumirse diferente al otro implica, por principio de cuentas, saberse ajeno a la risa, al llanto, a la alegría, a la tristeza o a la necesidad de cariño, todas, entre muchas otras, características propias del ser humano, por el solo hecho de serlo, independientemente de haber nacido mujer u hombre.

Torear no es expresión de características sexuales, sino de determinaciones y sentimientos humanos. Nada sustituirá la decisión propia para abandonar el cuerpo y dejarse llevar por el alma para expresar su ser en el ruedo.

En la preservación de la vida, en la formación en ésta y en el por qué vivirla, mujeres y hombres tienen funciones complementarias e igualmente importantes. Ninguno, absolutamente ninguno, es por definición superior al otro.

Verdad de Perogrullo, sí, pero a veces olvidada. Ojalá en todos los aspectos de la vida existiera el trato igual que el toro bravo da a cualquier humano.

riverayasociados@hotmail.com

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *