MADRID.- La tarde cayó sobre Las Ventas con ese gris acerado de mayo que en Madrid no anuncia desencanto. Frío en el tendido, viento incómodo y casi diecinueve mil almas —18,848 exactamente— asistiendo a uno de esos festejos que terminan dejando más preguntas que respuestas. La quinta de abono de San Isidro reunió sobre el papel tres acentos taurinos —España, México y Venezuela— y el regreso de una divisa histórica, la de Partido de Resina, antiguo Pablo Romero, cuyo nombre aún conserva resonancias románticas de otra tauromaquia. Pero la corrida acabó convertida en un pozo sin fondo del que nadie logró rescatar emoción verdadera.
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Había expectación por ver de nuevo en Madrid a Partido de Resina después de su comparecencia del pasado septiembre en el Desafío Ganadero. Quedaba todavía el eco de aquella tarde y cierta esperanza de encontrar el misterio áspero y encastado que tantas veces acompañó a esta casa legendaria. Sin embargo, la corrida derivó pronto en una colección de animales vacíos, sin entrega ni fondo, toros que parecían agotarse antes de empezar y que terminaron por condenar cualquier posibilidad de triunfo.
Abrió plaza Antonio Ferrera, siempre dispuesto a inventar algo incluso cuando el material no acompaña. El primero fue un animal suelto y manso, sin fijeza, al que el extremeño tuvo que buscar lejos de tablas para tratar de construir una faena imposible. Ferrera volvió a demostrar ese concepto tan suyo de acompañar la embestida con el cuerpo entero, casi abrazando el viaje del toro para darle sentido. Hubo oficio y paciencia, especialmente sobre el pitón derecho, donde consiguió arrancarle algunos muletazos de mérito a un animal bronco y descompuesto. Todo ocurrió en voz baja, entre enganchones y parones, mientras el viento deshacía lo poco que lograba hilvanarse. Mató con eficacia y saludó una ovación medida, más reconocimiento al esfuerzo que premio a una obra imposible.
El mexicano Ernesto Javier “Calita” se encontró con otro muro. Su primero fue un toro reservón, de embestida rectilínea y sin entrega. Brindó al público y se fue a los medios con intención y firmeza, tratando de someter una arrancada siempre incierta. Hubo una serie diestra de mérito, porque todo lo puso el torero: el toque abajo, la colocación, la fe. Pero el toro respondía a arreones, sin clase, defendiendo cada viaje y levantando la cara al final del muletazo. Aun así, Calita insistió también al natural, cruzándose con sinceridad frente a un animal que nunca quiso pasar. La espada terminó por enfriar definitivamente una labor tan esforzada como estéril.
Jesús Enrique Colombo dejó el espectáculo más visible de la tarde en banderillas. El venezolano mantiene intacta esa facilidad espectacular para clavar, para conectar con rapidez con el tendido. Su primero, “Escribano”, fue quizá el toro con algo más de movilidad del envío. Sin romper tampoco, al menos permitió una cierta continuidad sobre el pitón derecho. Colombo lo entendió en distancias cortas y logró algunos pasajes ligados antes de que reapareciera la aspereza final del animal. Pero la colocación de la faena provocó protestas y todo quedó diluido entre la frialdad general. Madrid observó con lupa cada gesto del venezolano y la faena nunca terminó de tomar vuelo.
La corrida avanzaba ya entonces hacia un territorio incómodo: el de las tardes sin emoción, donde los toreros pelean más contra el vacío ambiental que contra los toros.
Ferrera volvió a ser quien más cerca estuvo de romper esa sensación con el cuarto. Saludó con variedad capotera y enseguida se percibió una disposición distinta. El toro tampoco era claro, pero al menos atendía al toque con cierta prontitud. Ferrera construyó una faena corta de series medidas, muy inteligente, basada en entender exactamente lo que el animal podía dar. Especialmente al natural aparecieron los momentos más puros de la tarde: muletazos largos, aprovechando el vuelo, tirando de una embestida que apenas tenía recorrido. Todo fue oficio, jerarquía y personalidad. Ferrera logró incluso dar emoción a lo deslucido, algo reservado solo a los toreros cuajados. Más que una gran faena, fue una lección de supervivencia taurina.
Calita tampoco encontró respuesta en el quinto, otro ejemplar de embestida cansina, que se quedaba a mitad de viaje y punteaba constantemente la muleta. El mexicano volvió a mostrar actitud y firmeza, adelantando el engaño y robando uno a uno muletazos de mucho mérito silencioso. Pero la plaza ya navegaba lejos de cualquier entusiasmo. Lo mató bien y todo quedó en silencio.
El sexto terminó por derrumbar definitivamente la tarde. Un toro parado, deslucido desde el principio, que ni siquiera permitió a Colombo lucirse en banderillas. El tercio se hizo eterno y el público terminó por protestar abiertamente. Con la muleta apenas hubo materia: el venezolano lo intentó sobre el izquierdo, probó alturas y distancias, pero aquello no tenía dentro absolutamente nada. Abrevió y sonó el silencio final.

Foto: Manolo Briones 

















