Por un futuro con más indultos y menos jueces de plaza

La vida es una colección de suspiros cuya brevedad debe recorrerse con intensidad, si es que no se quiere llegar vacío a su fin y saber en ese momento que ya nada puede hacerse para quitarle lo absurdo.

En algunas ocasiones esos suspiros son piezas de rompecabezas y otras veces pedazos amorfos de una existencia hecha añicos por el matrimonio de las circunstancias y las malas decisiones.

Sabes bien, alma mía, la causa por la que escribe así mi corazón fragmentado, tanto como mi pretendida razón, en debate permanente para aceptar o no que en la vida como en los toros, tarde o temprano, llega un momento en el que se comprende que las cosas jamás volverán a ser iguales y que no queda más opción que aceptarlas o abandonarlas.

Sin duda, la vida es también la sucesión continua de oportunidades para adaptarse a los cambios del entorno, que no para traicionar valores.

Recuerda la franca respuesta dada hace tiempo a la dama que pedía hacer efectivo el deseo de matrimonio manifestado años atrás por su en ese entonces pretendiente, quien tuvo que contestarle que, efectivamente, alguna vez había tenido esa intención, pero que tras conocerla jamás se desposaría. Pensamientos iguales, sólo en circunstancias iguales.

Recordemos, por ejemplo, lo que sucedió el domingo en la Monumental Plaza de Toros México, cuando coincidimos, entre otras cosas, en la importancia que tiene el conocimiento en todos los órdenes de la vida.

Bueno fuera que sólo hubiéramos sido testigos de la ignorancia de buena parte del escaso público en los tendidos, escucho tu pensamiento franco y en ocasiones hasta ácido.

Es cierto, ese día también lo fuimos de expresiones de una cultura que se manifiesta en muchos otros campos, a través de la necesidad de un pastor que conduzca destinos y de la manifestación de inconformidades que, lejos del saber, se sumen a inercias ajenas para formar mayorías que se disfracen de “críticas” y de esa manera oculten la ausencia de razones.

Bastó ese domingo que unos cuantos reventaran la meritoria faena del joven Gerardo Rivera gritando “¡toro, toro!”, sin duda movidos por su conocimiento que les permite saber que estos animales tienen cuernos, cuatro patas y cola, para que se extendiera por la plaza ese grito de una masa incapaz de observar las limitaciones de la res y la sobresaliente afición y sentido del toreo de su potencial matador, quien pese a su limitado rodaje tuvo valor para colocarse a la distancia justa que requería el astado para herir al espada o seguir el engaño.

Faltaba más: es mejor criticar y destruir aunque no se entienda el objeto de la crítica y destrucción, asumiendo que esa es la posición del “inteligente” y “conocedor”, que saberse un acomplejado que cree ser víctima continua de la mentira.

Ni hablar, matador Rivera: hacer lo que los demás sólo sueñan, a veces lleva a estar solo.

Ni modo, alma mía: la evidencia de la degradación lleva a admitirla y ser parte de ella o a deslindarse de esta con la madurez de quien entiende que los tiempos idos jamás regresarán.

¿Y por qué no trabajar para transformar esa realidad que te desagrada?, replicas entre sueños, con esa lógica que destroza mi ego, pero que, paradójicamente, tanto me agrada.

Trataré de responderte.

El toreo y la vida tienen como constantes la evolución. Negarse a ello es manifestarse a favor de la fantasía que complace, pero que aísla del placer de enfrentar, no necesariamente ganar, el reto de lo que existe, te guste o no.

Asumiendo sin temor la realidad, podría resultar claro que los dos indultos registrados en sendos domingos consecutivos vividos en la Plaza México apuntan claramente hacia un futuro cercano, en el cual los paga boletos nacionales rechacen la muerte a estoque de los toros. ¡Eh, de qué te espantas! ¿No te acuerdas que hace siglos los caballos de los picadores frecuentemente también morían en el ruedo, suplicio que paulatinamente el público taurino rechazó?

¿Por qué no aceptar, además, que la figura del juez de plaza como suprema autoridad avanza hacia la extinción? Ya viste que el domingo pasado, al conceder el indulto al bravo, no sublime, “Medio Siglo” de Piedras Negras, su señoría prefirió la apasionada entrega al pueblo que la graciosa huida si no hubiera cumplido con lo que demandaba la mayoría, si bien no docta, sí ruidosa.

No, no estoy jugando: ¿por qué temer al cambio y no ceder en el reglamento a las nuevas circunstancias, modificándolo para que el público, oficialmente, sea quien conceda los trofeos a los toreros y el perdón a la vida de los astados?

Permíteme atreverme a algo más, alma mía, y recordar nuevamente a mi maestra de Lógica al distorsionar en mi limitada mente el pensamiento de Descartes, finalizando así estas nuevas dispersiones: saberse capaz de cambiar da al hombre la certeza de existir, le agrade o no.

 

riverayasociados@hotmail.com

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