Respeta, julito

Quizá ya se sabe, pero, por las dudas, lo dejo claro: no soy el autor de esta columna.

Son dos sus autores principales: mi corazón, que aun tras su partida le sigue dictando sus recuerdos, y mi abuelito paterno -así, en diminutivo, pues bien sabes que mi identidad sexual no está dada por la gramática-, Martín Rivera Ruvalcaba, quien me envenenó de toro e hizo todo lo que estuvo en él para imbuirme valores humanos y cívicos. Lo sé, tienes razón, pero por él no quedó.

Justo la colaboración de este día me la dicta don Martín, supongo, desde el Cielo.

A propósito del tema de hoy, me pide iniciar con uno de sus relatos más lejano en mi memoria, pero que siempre tomé como una muestra, simple, sí, pero clara sobre su nacionalismo.

Contaba que un día cuando era niño sus padres le pidieron hacer un mandado en su natal Chihuahua, justo en la tienda de un hombre de origen chino a la que, previo cumplimiento de otro encargo, llegó con una picosa salsa.

Viendo tal vez inofensivo a quien sería mi abuelito o quizá molesto por algún incidente reciente, sin más el chino le espetó en tono de burla refiriéndose a los mexicanos: “ustedes no saben comer otra cosa que no sea chile”. “Y ustedes los chinos sólo saben comer arroz”, le respondió verdaderamente, valga la expresión, “enchilado”, mi abuelito en su versión infante. Eso no fue todo: muy enojado, aventó la salsa a la cara del comerciante, provocando, naturalmente, la desesperación de este debido al ardor que sentía en los ojos.

“¡Qué mal por tu abuelo!, ¿eh?”, te oigo de nuevo. Eso no se hace, tienes razón. Pero acepta esta narración como una meramente ilustrativa de los orígenes de mi formación o deformación, y lee lo que sigue para que entiendas mejor el sentido de esta colaboración periodística.

En mi adolescencia, mi abuelito en su versión de hombre de la tercera edad, era el ampáyer de mis encuentros de béisbol en la Ciudad Deportiva “Magdalena Mixhuca”, en el otrora Distrito Federal.

Como algunos podrán recordar, en ese espacio se efectúan competencias de diversas disciplinas, las que muchas veces concluyen con el himno nacional de los triunfadores. “¿Y luego? ¿No que escribes de toros?”, inquieres con razón, pero espera e imagina: novena entrada, casa llena, tres bolas, dos strikes y cuarto bat en la caja de bateo y, de repente, “¡tieeeeempoooooo!”, intervenía él con fuerza para interrumpir el partido. Todos nos quitábamos la gorra, volteábamos hacia el sitio donde era izada la Enseña Patria, saludábamos y permanecíamos en absoluto silencio hasta que terminaba el Himno Nacional.

Con antecedentes así, ¿cómo crees que hoy podría tolerar ofensas, por mínimas que puedan parecer, a lo nuestro?

Y si a todo lo anterior sumas las narraciones de don Martín acerca de las faenas de Manolete, en las que destacaba especialmente la vergüenza torera de El Monstruo de Córdoba, de quien decía lo mismo se arrimaba en una plaza de primera que en una de pueblo, respetando al pagaboleto de cualquier lugar; o recuerdas sus pláticas acerca de cómo el público obligó al novillero Laurentino José López Rodríguez, “Joselillo”, a inmolarse en las astas de “Ovaciones”, de Santín, entenderás el porqué de este intento de ordenar letras.

Los vergonzosos festejos de “cabestros” realizados en la Plaza México el 4 y 5 de febrero, dan pie al recuerdo de dos elementos claves que debe poseer quien ose vestir de luces para oficiar en un ritual de representación de la vida, no en un martirio convertido en pasatiempo: respeto al público, sin el cual no se cierra el ciclo del toreo como acto por excelencia de comunicación; y dignidad, es decir, respeto a sí mismo.

En especial, quiero referirme al evento supuestamente taurino del domingo 4, a propósito del cual expreso que un matador de toros, en toda la extensión de la palabra, ni es un matancero ni un torturador: es un ser tan excepcional que doma su propio miedo y dolor, para expresar sentires etéreos a sabiendas de la posibilidad de encontrar en ello la desaparición eterna.

Aplicando el dicho que escuchaba desde la secundaria cuando me advertían “el que se ríe se lleva”, convencido además del absoluto respeto que merecen mi país y vestir el terno que ha llegado a ser mortaja de quienes hicieron del toreo ejercicio de dignidad, lamento profundamente haber llamado “matador de toros” a Julián López “El Juli” y haber abrigado esperanzas en el espada azteca Sergio Flores, quien pisoteó su estampa torera aceptando ser comparsa de un seductor de Malinche, indigno de ser llamado “figura”.

Porque he visto llorar de emoción, nunca de miedo, en la puerta de cuadrillas a un Torero; porque he visto sus carnes abiertas y citar de nuevo a la muerte; porque he visto sus manos temblar al tomar los trastos e irse con ellos a los medios; porque he visto mil veces aguantar una embestida de largo sin comprender cómo alguien apuesta hasta su vida para imponerse a sí mismo; porque he visto cómo un solo hombre es capaz de comunicar un sentimiento tan grande en el ruedo que enloquece a una multitud en el tendido, debía decir esto, corazón y abuelito.

Tú, extrañado amor, me enseñas la dimensión y la fuerza del sentir y la entrega; tú, abuelito, me educaste en el respeto a lo nuestro y, por supuesto, a la liturgia taurina. Gracias por su columna.

riverayasociados@hotmail.com

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