SEVILLA.- La Real Maestranza de Caballería de Sevilla vivió una de esas tardes que quedan suspendidas en la memoria por su intensidad contradictoria: la grandeza del triunfo y la crudeza del drama conviviendo sin matices. En la decimotercera de abono, Andrés Roca Rey firmó una faena de figura, de dominio y exposición, coronada con dos orejas que tuvieron el precio más alto: una cornada de pronóstico muy grave que volvió a recordar la dimensión real del toreo.
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Hasta la irrupción del quinto toro, la tarde transitaba por un terreno gris, marcada por el deslucido y exigente juego de la corrida de Victoriano del Río. Ni José María Manzanares encontraba opciones en su lote, falto de raza y entrega, ni Javier Zulueta terminaba de romper el hilo de una función espesa, aunque dejaba entrever actitud y firmeza.
Fue entonces cuando apareció “Soleares”, el quinto, y con él cambió todo.
Roca Rey lo recibió a pies juntos, marcando territorio desde el primer instante, en una declaración de intenciones que no admitía medias tintas. El toro, justo de fuerzas en el caballo, llegó a la muleta sin emplearse del todo, con ese punto de incertidumbre que convierte cada muletazo en un ejercicio de fe. El peruano brindó a “El Juli” y, sin dilación, se fue a los medios. Allí, de rodillas, citó de espaldas y ejecutó un pase cambiado que encendió la plaza.
No fue solo el gesto, sino la forma de sostenerlo. El toro se le vino con violencia contenida, con miradas y parones que exigían una seguridad absoluta. Roca Rey no dudó. Aguantó, tragó, se impuso. La faena creció desde ese arranque electrizante hacia un terreno de mando y exposición. Por el pitón derecho, donde el toro ofrecía algo más de recorrido, el torero construyó tandas ligadas, templadas, bajando la mano y sometiendo la embestida a su ritmo.
Había en cada muletazo una sensación de límite, de estar siempre al borde. Cuando probó por el izquierdo, el animal mostró su cara más áspera, con embestidas más cortas y descompuestas. Hubo un desarme que no alteró el pulso del peruano. Volvió al derecho, a la zona donde podía construir, y desde ahí levantó definitivamente a la Maestranza. Los redondos finales, ligados y profundos, y los circulares ajustados terminaron por rendir a los tendidos. Aquello ya era una faena de figura, de las que se imponen por encima del toro.
Pero el toreo, cuando alcanza esa cota de intensidad, no concede treguas.
Al entrar a matar, en la suerte suprema que decide los triunfos, llegó la tragedia. El toro prendió a Roca Rey de forma estremecedora, en una cogida seca, violenta, que heló la plaza. El cuerpo del torero quedó a merced del toro durante unos segundos de angustia, antes de caer al albero. La conmoción fue inmediata. La Maestranza, que segundos antes rugía, quedó en silencio.
Aun así, el toro dobló y las dos orejas fueron concedidas. El reconocimiento al valor y a la obra no se detuvo, pero quedó inevitablemente atravesado por la imagen del torero herido, conducido con rapidez a la enfermería.
El parte médico, posteriormente hecho público, confirmó la gravedad de la cornada. Herida por asta de toro en la cara interna del muslo derecho, con una trayectoria total de 35 centímetros —20 descendentes y 15 ascendentes— que provocó una extensa rotura muscular, afectando al vasto interno y al sartorio, y contusionando prácticamente todo el paquete vasculonervioso femoral superficial. Aunque no se produjo lesión vascular directa, la complejidad de la trayectoria obligó a una intervención inmediata en la enfermería para controlar la hemorragia, limpiar la herida y estabilizar al torero antes de su traslado hospitalario. El pronóstico: muy grave.
Ese dato —los 35 centímetros de trayectoria— resume mejor que cualquier adjetivo la dimensión del percance. No se trata de una herida más, sino de una cornada de las que ponen en riesgo la continuidad de la temporada. Y, sin embargo, también es el reverso del triunfo: la prueba de hasta dónde llegó Roca Rey en su apuesta.
La corrida, inevitablemente, quedó marcada por ese suceso.
Javier Zulueta, que ya había mostrado actitud en el tercero —un toro suelto, sin entrega, al que logró arrancar muletazos de mérito—, encontró en el sexto un oponente de mayor exigencia. Se fue a portagayola, en otro gesto de compromiso, y sostuvo una faena de raza ante un toro con genio, que reponía y exigía en cada muletazo. El sevillano aguantó, se mantuvo firme y dejó una impresión de torero capaz de sobreponerse a las dificultades. La vuelta al ruedo tras petición fue un reconocimiento a su entrega.
Manzanares, por su parte, no encontró opciones. Su primero, falto de raza, nunca permitió el lucimiento. El cuarto, más áspero, terminó por desbordar cualquier intento. Su paso por la tarde quedó diluido en un contexto donde el protagonismo se lo llevaron otros argumentos.
Pero todo, absolutamente todo, giró en torno a Roca Rey.
Su faena al quinto no fue solo un ejercicio técnico, sino una afirmación de jerarquía. Y su cornada, la confirmación de que ese dominio se construye desde el riesgo real, desde la exposición sin concesiones. En la Maestranza, donde cada detalle se mide con lupa, quedó la sensación de haber asistido a una de esas actuaciones que definen a un torero en su plenitud. La plaza se vació con un rumor contenido, con la preocupación por el estado del torero y, al mismo tiempo, con la certeza de haber presenciado algo grande.

Foto: LANCES MAESTRANZA










