Natalia Pescador / Enviada
MADRID.- La segunda de abono de la Feria de San Isidro volvió a colgar el cartel de “No hay billetes” en Las Ventas, pero la ilusión del lleno no encontró correspondencia en el ruedo. La corrida La Quinta dejó una decepcionante impresión en líneas generales, falta de fondo, raza y emoción, condenando la noche a largos pasajes de tedio que únicamente encontró alivio en el sexto toro y en la determinación de Tomás Rufo, auténtico protagonista de la función.
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Abrió plaza “Prisionero”, negro y serio, con 550 kilos, para Miguel Ángel Perera. El extremeño dejó una templada media verónica de recibo, recreándose con gusto en el saludo capotero. Pero pronto quedó claro que el de La Quinta iba a durar un suspiro. Sin entrega ni clase, deslucido desde el inicio, obligó a Perera a abreviar una labor sin posibilidad de vuelo. Pesado con los aceros, todo quedó en silencio.
El segundo, “Naranjito”, de 542 kilos, sí permitió al menos alimentar durante unos minutos la esperanza. Daniel Luque firmó un variado y lucido saludo capotero, desde las verónicas iniciales hasta un quite por cordobinas de mucho ajuste, respondido por Tomás Rufo con chicuelinas de buen aire. El sevillano comenzó la faena junto al tendido 5, asentado y expresivo sobre la diestra, buscando ligazón y gobierno. El toro tenía una aparente nobleza en el inicio del viaje, pero se apagaba al final del muletazo, sin rematar nunca las embestidas ni transmitir emoción alguna. La sosería y el descastamiento fueron diluyendo una faena que amenazó con tomar altura y acabó desinflándose sin remedio. Luque, consciente de la condición del animal, tomó pronto la espada de verdad. Pinchazo y estocada antes de retirarse en silencio.
El tercero, “Bravito”, de 559 kilos, encontró delante a un Tomás Rufo decidido desde el primer cite. Sin probaturas, el toledano inició faena en redondo, apostando por el pitón derecho, por donde el toro tuvo movilidad y cierto recorrido. Rufo fue imponiendo mando y sometimiento hasta alcanzar una tercera serie de notable autoridad. El animal, serio y con expresión, cambió radicalmente al natural: orientado y buscando al torero, exigió firmeza y exposición. Y allí permaneció Rufo, cruzándose y tragando en terrenos comprometidos, aunque encontrando escaso premio. De regreso al pitón derecho aparecieron los recursos técnicos y la capacidad del manchego para sostener una faena de mérito ante un toro complejo. La espada volvió a jugarle una mala pasada. Palmas tras aviso para una actuación importante.
La corrida seguía hundiéndose en la vulgaridad cuando apareció “Limonero”, quinto de la noche, otro ejemplar áspero y desagradecido para Daniel Luque. El sevillano volvió a estrellarse contra un animal sin calidad alguna, reservón, metiéndose por dentro y desarrollando un peligro sordo. El toro, falto de casta y sobrado de genio, nunca perdió de vista al torero. Luque, muy firme y seguro toda la lidia, logró extraer dos tandas finales de enorme mérito, imponiéndose al riesgo y a la brusquedad del de La Quinta. Nuevamente el silencio fue la respuesta tras aviso.
Y cuando el sopor amenazaba con adueñarse definitivamente de la noche, salió el sexto, “Carretero”, de 532 kilos, el toro que salvó la corrida. También el que confirmó a Tomás Rufo como el nombre propio del festejo. El toledano inició faena doblándose con suavidad y empaque, aprovechando desde el principio la mejor condición del encierro. “Carretero” tuvo movilidad, entrega y clase, especialmente por el pitón derecho, por donde Rufo corrió la mano con largura y temple. La faena rompió definitivamente en la tercera serie, llevando a la plaza el oxígeno que necesitaba una tarde anestesiada. Al natural surgieron muletazos largos y profundos, aunque fue sobre la diestra donde el toro se entregó con más emoción, literalmente comiéndose la muleta. Rufo entendió perfectamente las virtudes del animal y las explotó con madurez y pulso. Mató de estocada caída, suficiente, rematada con el descabello corto.
Al final, el balance dejó la sensación amarga de una corrida de La Quinta muy por debajo de las expectativas, descastada y sin apenas contenido bravo. Solo el sexto devolvió algo de emoción a Las Ventas. Y allí emergió la figura de Tomás Rufo, el único capaz de abrirse paso entre el desencanto general de una noche que parecía condenada al olvido. Mención aparte mereció Juan Melgar, autor de un gran puyazo al cuarto toro.

Foto: MANOLO BRIONES 






















