El caso del diputado morenista Cuauhtémoc Blanco ha puesto a prueba el liderazgo de Claudia Sheinbaum en sus primeros meses como Presidenta. La negativa de la bancada de Morena en la Cámara de Diputados a retirar el fuero al exfutbolista, acusado de acoso y violencia, no solo generó división interna, sino que abrió un frente delicado: el cuestionamiento sobre la congruencia del gobierno con su promesa de defender a las mujeres.
Al asumir la Presidencia, Sheinbaum declaró que con ella llegaban todas. Sin embargo, algunas señales recientes -como el cerco en Palacio Nacional durante las manifestaciones del 8 de marzo, la tensión con colectivos de madres buscadoras y la falta de respaldo a la ministra presidenta de la Corte, Norma Piña- contrastan con ese mensaje de inclusión.
No se trata solo de gestos. La forma en que el poder responde ante las demandas sociales -particularmente de las mujeres- dice mucho sobre su sensibilidad política. Y si bien es cierto que Sheinbaum enfrenta una compleja herencia institucional y resistencias dentro de su propio movimiento, también es verdad que sus decisiones comienzan a delinear un estilo de liderazgo que aún parece en construcción.
A esto se suman desafíos estructurales de gran calado. La creciente presión del gobierno de Donald Trump, que ha condicionado la relación comercial al combate frontal contra el narcotráfico y la migración, ha llevado al gobierno mexicano a tomar medidas inéditas. La pausa temporal a los aranceles anunciada tras una llamada con Sheinbaum, y anticipada por el secretario de Comercio de EEUU, Howard Lutnik, podría ser leída como una maniobra estratégica, pero también como una advertencia: la relación bilateral se moverá entre presión y concesión.
Por otro lado, la apuesta de Sheinbaum por apoyar la elección judicial genera dudas legítimas. Aunque la intención de democratizar el Poder Judicial responde a una demanda de transformación institucional, su ejecución ha sido precipitada y sin el consenso necesario, lo que abre un nuevo flanco de conflicto.
En este contexto, Claudia Sheinbaum enfrenta una doble exigencia: construir un liderazgo propio, que se distinga del de su antecesor, y consolidar gobernabilidad sin perder legitimidad. No es tarea sencilla, sobre todo cuando persisten figuras leales al expresidente dentro del gabinete, los gobiernos estatales y el Congreso.
En las próximas semanas, la atención se centrará en el anuncio de Trump sobre los aranceles y en la evolución del proceso hacia la primera elección judicial. Pero más allá del corto plazo, se avecina una etapa decisiva: las elecciones intermedias. En ellas se renovarán 16 gubernaturas, la Cámara de Diputados y múltiples Congresos locales. ¿Tendrá Sheinbaum la fuerza para incidir en las candidaturas o serán otros los que impongan sus fichas?
El reto no es menor: demostrar que su gobierno no es una simple prolongación del anterior, sino una administración con visión propia, capaz de conciliar firmeza, con sensibilidad, y transformación con institucionalidad. El tiempo, y las decisiones que tome ahora, lo dirán.
@GOrtegaRuiz