Son 90 mil muertes… y contando; ¿aguantará la economía otro cierre?

Superar 90 mil muertes por coronavirus no sucede todos los días.

Es más, no cualquier país puede presumirlo, como si fuese para presumir.

Sólo Estados Unidos, Brasil e India acumulan más.

México sumaba anoche 90 mil 309 muertes oficiales por Covid-19.

Pero la cifra supera los cien mil, fácilmente.

Basta señalar que la Secretaría de Salud emite un boletín diario, en el que ya hay 104 mil 889 personas que el virus maldito, la ignorancia y el me vale ha matado.

Más los 123 mil del exceso de mortalidad, que la misma dependencia dio a conocer apenas la semana pasada.

Es decir, pensar en 200 mil muertos ya, ahora, no es descabellado.

Por supuesto, jamás se conocerá con exactitud el número, porque cientos, acaso miles, han sido cremados sin habérseles practicado la prueba.

Si vivos no se las aplicaron, imagínelo muertos.

Ya para qué.

Esa ha sido la estrategia de Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud:

No gastar.

México tiene 127 millones de habitantes y sólo ha aplicado 2 millones de pruebas.

Le importa más quedar bien con Andrés Manuel López Obrador, que con los mexicanos.

Su posición titubeante y extrema, que, al estilo de un personaje femenino televisivo, como dice una cosa dice otra sólo ha generado confusión, desorden y desconfianza de la población.

Andrés Manuel López Obrador se opuso desde el principio a utilizar cubrebocas. López-Gatell jamás se ha atrevido a contradecirlo.

Y, aunque titubeante, ha mantenido su posición, que sólo confirma su personalidad rebelde y autoritaria: no lo utiliza, porque, según él y sus asesores, proyecta, envía una señal de debilidad, de vulnerabilidad.

Y eso, dicho por él -para que no empiecen sus defensores a despotricar-, no conviene políticamente a la imagen presidencial.

Pero si López Obrador se dejara ayudar y no se obsesionara, su gobierno, su administración, sería un éxito.

Porque con todo y sus decisiones absurdas y equivocadas, además de su traición a quienes votaron por él al escamotearles los medicamentos contra el cáncer -en el caso de los niños, más grave- y recortar toda clase de gastos, principalmente en la atención médica, mantiene una aprobación superior al 50 por ciento que decenas de presidentes en todo el mundo quisieran.

La popularidad de López Obrador es más que aceptable, aunque ciertamente no es la misma de 2018, cuando arrasó en las urnas gracias al apoyo de 31 millones de mexicanos que creyeron en él.

 

El cierre

Claudia Sheinbaum Pardo no está convencida, pero la idea revolotea en su cabeza: regresar a la Ciudad de México al semáforo rojo y sólo permitir actividades esenciales.

Porque los contagios, hospitalizaciones y casos sospechosos se han disparado.

Porque sabe, como científica, que en la época invernal la de por sí complicada situación por el coronavirus, se agravará.

Sheinbaum Pardo ha mantenido una posición cercana ciertamente a López-Gatell, por lealtad a Andrés Manuel López Obrador, su padrino y protector, pero la relación, sobre todo en cuanto a la estrategia para enfrentar la epidemia ha sido absolutamente distinta.

Claudia, por ejemplo, ordenó intensificar la aplicación de pruebas y la búsqueda de contactos, casa por casa, par acortar la cadena de contagios.

Aún así, cerrar de nuevo la CDMX a la actividad económica, aunque contemplado, es una decisión complicada.

No es fácil mantener a los capitalinos en sus casas.

Mucho menos cuando ya conocen las consecuencias de no trabajar, de no atender los compromisos.

Ya se vio ayer con los fieles de San Judas Tadeo, a los que les importó más acudir a venerarlo que su salud y la de los suyos.

La economía del país, en este caso la de la CDMX, no parece preparada para otro golpe, para otro estirón.

En el primero se perdieron 12 millones de empleos -formales e informales-, y la economía cayó 18.9 por ciento en el segundo trimestre de este año.

Sheinbaum Pardo, aislada desde el martes por haber dado positivo a Covid-19, pese a utilizar siempre el cubrebocas, tiene en sus manos una decisión clave, de la que dependerá, incluso, su futuro político.

 

Vámonos:  Mario Delgado dejará la Cámara de Diputados.

Se concentrará en la elección del año próximo, que su jefe, Andrés Manuel, no quiere perder.

La historia, el libreto, están escritos.

Todo para apuntalar a Marcelo Ebrard rumbo a 2024.

 

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