MADRID.– La Feria de San Isidro 2026 abrió sus puertas con el primer “No hay billetes” del ciclo y el viejo rito madrileño de las grandes ocasiones. El cemento de Las Ventas hervía mucho antes del paseíllo, bajo una tarde luminosa y ventosa, con la expectación puesta en Alejandro Talavante, en el regreso de Juan Ortega y en la confirmación de alternativa de Tristán Barroso. La plaza olía a feria mayor y a cita señalada. Y al final, cuando Madrid se vació lentamente hacia la calle de Alcalá, el nombre que quedó suspendido en la memoria fue el de Talavante, que salió a hombros por séptima vez en su carrera tras una faena de inspiración y hondura a un gran toro de Núñez del Cuvillo, “Ganador”, premiado con la vuelta al ruedo.
No pudo tener mejor comienzo el serial isidril. La corrida de Núñez del Cuvillo, bien presentada, tuvo variedad y dejó un toro excepcional. Ese cuarto de la tarde, negro de nombre rotundo y embestida franca, sostuvo una obra mayor de Talavante, quien volvió a demostrar que cuando el extremeño entra en ese territorio indescifrable entre el abandono y el arrebato, el toreo adquiere una dimensión distinta.
Antes había comenzado la tarde con “Ventoso”, el toro de la confirmación de Tristán Barroso. El madrileño, doctorado el pasado año en Arles, apareció sereno, consciente de lo que significaba cruzar definitivamente el umbral de Las Ventas. Gustó con el capote y halló respuesta inmediata en un quite de Talavante por gaoneras ceñidísimas, de esas que levantan el rumor en los tendidos porque parecen suceder en el límite de lo posible. La ceremonia de confirmación tuvo además un poso emotivo: Madrid, tan severa casi siempre, recibió al joven torero con una ovación de respaldo antes siquiera de empuñar la muleta.
Barroso entendió pronto el tono del toro. De rodillas inició una faena firme, de concepto claro y sin vacilaciones. “Ventoso” tuvo clase, aunque escaso de fuerzas, y el confirmante supo administrarle las distancias para dejar muletazos templados y naturales limpios, especialmente por el pitón izquierdo. Hubo momentos de buen gusto y una disposición evidente. El acero, sin embargo, borró cualquier posibilidad de premio. Escuchó dos avisos y todo quedó reducido a una ovación de reconocimiento.
El segundo de la tarde, “Encendido”, fue otra historia. Un toro áspero, de genio incierto y embestida descompuesta que apenas concedió resquicios. Talavante tiró de oficio y mando para construir una faena de mérito sordo, hecha más de capacidad que de belleza. Cada muletazo parecía arrancado a contrapelo, sujetando una embestida defensiva y violenta. La estocada, trasera y desprendida, cerró una labor tan esforzada como poco lucida.
Peor suerte tuvo Juan Ortega con el tercero, “Niñato”, protestado desde salida por su escasa presencia y por un comportamiento deslucido. El sevillano apenas pudo dejar destellos de su suavidad característica. El toro nunca terminó de entregarse y la faena transitó sin pulso ni emoción, en un silencio largo y resignado de Madrid.
Pero la tarde cambió por completo con la salida de “Ganador”. Desde los primeros estatuarios, Talavante entendió que tenía delante un toro de los que marcan una feria. El extremeño ligó la primera serie con la mano derecha llevando muy toreado al de Cuvillo, que humilló con una nobleza extraordinaria. Ahí comenzó a crecer la faena y a encenderse la plaza.
Talavante toreó entonces con la cadencia de los elegidos. Hubo derechazos profundos, cambios de mano lentísimos y, sobre todo, una serie al natural que rompió definitivamente la tarde. La muleta parecía suspendida, cosiendo la embestida con una suavidad infinita, mientras el torero permanecía relajado, abandonado, perfectamente colocado. Madrid rugía en cada muletazo. No era solo el trazo; era el gobierno absoluto del tiempo y la distancia.
“Ganador” tuvo clase, recorrido y emoción. Talavante puso la inspiración y el temple. Entre ambos construyeron esa rara armonía que convierte una faena en acontecimiento. La estocada, certera y fulminante, hizo estallar la plaza. Dos orejas para el torero y vuelta al ruedo para el toro. La primera gran obra de San Isidro ya tenía firma.
El quinto, “Encumbrado”, devolvió la tarde a un tono más discreto. El toro tuvo codicia y nobleza, pero Juan Ortega nunca terminó de romper la faena. Hubo muletazos sueltos estimables, especialmente por el derecho, aunque las tandas aparecieron interrumpidas por enganchones y falta de continuidad. El sevillano se marchó en silencio.
Quedaba todavía el cierre de Barroso con “Tabacalero”, un toro encastado que exigió firmeza desde el principio. El joven confirmante brindó a Talavante y después se fue a los medios para iniciar de rodillas con un cambiado por la espalda tan temerario como emocionante. El toro le prendió en los primeros compases, pero Barroso continuó la lidia sin mirarse, apostándolo todo al valor. La faena tuvo intensidad y momentos de verdad, tirando del animal con mando y decisión. Otra vez la espada le negó el premio.
Así terminó la primera gran tarde de San Isidro 2026: con Madrid entregada a Talavante y con la sensación de que la feria, apenas iniciada, ya había encontrado una faena para el recuerdo.

Fotos: Manolo Briones 





























