Un Morante antológico vuelve a hacer historia en la Maestranza

Morante de la Puebla firma una tarde histórica en la Maestranza con una faena de gran nivel que reordena la temporada taurina en Sevilla



Foto: LANCES DEL FUTURO

El regreso de Morante de la Puebla a la Plaza de Toros de la Maestranza no era un capítulo más de la feria: era el argumento completo. Se le esperaba. Con todo lo que implica esa palabra en Sevilla.

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No era solo la reaparición tras el parón. Era la necesidad de comprobar si seguía ahí ese pulso irregular, ese modo de torear que no siempre comparece y que, cuando lo hace, altera el orden de la temporada. Había expectación, pero también una exigencia seca, sin concesiones. La Maestranza no recibe: examina. Y Morante compareció como lo hacen los toreros que no vienen a cumplir.

La tarde, sin embargo, no empezó con estruendo. El primero de su lote, de Núñez del Cuvillo, salió justo, sin fuerza, sin recorrido. Morante lo sostuvo lo que pudo, lo llevó por ambos pitones con suavidad, pero pronto quedó claro que el toro no tenía fondo. No insistió. No quiso construir sobre la nada. Abrevió con una frialdad que no siempre se le ve. Fue una decisión de torero en plenitud: saber cuándo no hay nada que decir. Pero lo que no pudo hacer ahí, lo volcó entero en el cuarto.

Desde que apareció el toro, la escena cambió de temperatura. Morante lo esperó pegado a tablas, capote a una mano, sin moverse, como si todo dependiera de ese primer gesto. Y ahí empezó a marcar la tarde: lances sueltos, uno a uno, midiendo la distancia, llevando al toro cosido a la tela. No buscó la ovación inmediata, pero la provocó. La plaza respondió de golpe. El quite por tijerillas terminó de encender la mecha. No fue un alarde, fue una declaración: aquí mando yo el ritmo.

Y entonces decidió no ceder el tercio de banderillas. Tomó los palos y convirtió ese tramo en parte central de la obra. Colocó un primer par de dentro hacia afuera con una limpieza poco frecuente. Luego, al quiebro. Sin carreritas, sin ventaja. Todo ajustado. Todo medido.

Pidió una silla. No como gesto pintoresco, sino como forma de romper la lógica de la lidia. Se sentó en el ruedo y desde ahí ordenó la escena. El toro delante. La plaza en silencio. Y él, quieto, iniciando la faena por alto, llevando la embestida desde la inmovilidad.

Ahí se terminó de romper la tarde. Cuando se puso de pie, la faena ya estaba planteada. No hubo arranque atropellado. Todo se fue construyendo desde el temple. Por el pitón derecho, los muletazos salieron largos, despaciosos, con la mano baja, llevando al toro hasta el final. Sin tirones. Sin brusquedad. Pero fue por el izquierdo donde la faena alcanzó otro nivel.

Naturales profundos, ligados, rematados atrás, con el cuerpo encajado y el toro pasando muy cerca. No fue una serie aislada: fue una secuencia sostenida que hizo que la plaza entera se viniera abajo. No por acumulación, sino por intensidad.

Hubo un natural que se quedó flotando en la plaza. No por espectacular, sino por exacto. Morante no se aceleró. No buscó cerrar rápido. Dejó que la faena respirara, que cada tanda encontrara su sitio. El toro de Núñez, con clase, le permitió desarrollar esa forma de torear en la que todo parece más lento de lo que es. La Maestranza crujió.

No hubo concesiones al público. No hubo adornos gratuitos. Todo lo que hizo tuvo sentido dentro de la faena. Fue una obra cerrada, coherente, llevada hasta donde el toro y el torero podían llegar. Falló con la espada.

Y ahí entró en juego otra dimensión de la tarde. La plaza pidió la oreja. La pidió con fuerza. Pero más allá de los trofeos, lo que ya se había instalado era otra cosa: la sensación de haber visto algo que no depende de un resultado. Morante dio la vuelta al ruedo con la plaza en pie, sin fisuras.

Y luego, lo que no suele ocurrir: el público quiso sacarlo por la Puerta del Príncipe. No correspondía. No había trofeos suficientes. Pero la reacción explica mejor que cualquier acta lo que había pasado en el ruedo. Finalmente salió por la puerta de cuadrillas, a hombros, en medio de una euforia que no distinguía entre reglamento y emoción. La tarde ya tenía dueño. En ese contexto, el resto de la corrida se movió en otro plano.

Víctor Hernández, que hacía su presentación en Sevilla, firmó una actuación seria, con peso. Su primero tuvo transmisión, especialmente por el pitón izquierdo, y el madrileño lo entendió bien. Planteó una faena asentada, sin prisas, construida sobre naturales largos, dándole al toro las ventajas necesarias. No se dejó nada dentro.

El remate con la espada fue eficaz y cayó una oreja, premio justo a una labor de firmeza. En el sexto, sin embargo, se encontró con un toro deslucido, sin entrega, que le obligó a pelear cada muletazo. Hernández mantuvo el sitio, insistió, logró momentos estimables, pero sin poder redondear.

Juan Ortega tuvo una tarde marcada por la irregularidad de su lote. Se fue a portagayola en el segundo, gesto de riesgo que no encontró respuesta en un toro sin celo. Aun así, dejó verónicas de gran trazo, de esas que parecen suspender el tiempo por un instante.

En la muleta, el derecho permitió algunos pasajes templados, pero el izquierdo resultó imposible. En uno de los naturales, el toro lo prendió sin consecuencias. La faena no pudo tomar vuelo.

En el quinto, después de lo ocurrido con Morante, el ambiente jugaba en contra. Ortega lo intentó con disposición, incluso iniciando de rodillas, pero el toro se apagó pronto y la faena quedó sin continuidad. La corrida terminó, pero la tarde no se cerró ahí.

Porque lo de Morante no fue solo una gran faena. Fue un regreso que reordena la feria. Un golpe de autoridad sin necesidad de trofeos. Una actuación que desplaza el eje de la temporada y obliga a todos a colocarse en otro nivel. En Sevilla, eso ocurre muy pocas veces. Y cuando ocurre, se queda.