Yunes Márquez: bienvenido, pero no tanto

La fallida afiliación de Yunes a Morena revela la guerra territorial interna del partido: Nahle demostró que Veracruz es su coto de poder



Lo recibieron con abrazos, aplausos, fotos y guiños desde lo más alto del Senado. Le dijeron “bienvenido a casa”. Hasta le dieron credencial con su cara al lado del logo de Morena. Y semanas después, dijo que siempre no.

El caso de su intento fallido de afiliación al partido lopezobradorista resume algo más profundo: la falsa armonía dentro de Morena. El choque entre los que mandan en el centro y los que dominan en los estados. Y como siempre, la grilla termina pesando más que los principios.

ALIADO INCÓMODO

Yunes Márquez fue, sin duda, un voto clave para AMLO. Desde su curul, como senador electo por el PAN, apoyó la reforma más importante del sexenio, una que Morena no podía sacar sin romper con la oposición. Él rompió primero. Y lo expulsaron del PAN.

Entonces vino el gesto político: pidió afiliarse a Morena. Adán Augusto López lo apadrinó. Noroña lo acompañó. La bancada le aplaudió. Yunes se convirtió en presidente de la Comisión de Hacienda y asumió el discurso de la cuarta transformación como si siempre hubiera estado ahí.

Pero había un pequeño problema: Rocío Nahle.

La gobernadora de Veracruz no solo se opuso. Encabezó una campaña abierta para vetarlo. Desde redes sociales denunció su “carpeta azul” con los delitos de su familia, lo acusó de no representar los valores de Morena y pidió, públicamente, a la Comisión de Honestidad y Justicia que rechazara su afiliación.

Lo logró.

El comité estatal de Morena en Veracruz también se manifestó en contra. Se abrió un procedimiento de oficio. Gobernadores aliados como Salomón Jara se sumaron al rechazo. La operación fue quirúrgica: no se le cerró la puerta, pero se le hizo imposible cruzarla.

RETIRADA

Ayer Yunes Márquez retiró su solicitud de afiliación con una carta dirigida a Luisa María Alcalde. Alegó que no quería dividir ni generar controversia. Que su intención era apoyar, no incomodar.

Lo que pasó realmente: se bajó para no ser humillado. Eligió mantener su silla en el Senado antes que entrar a Morena por la fuerza. Quiso evitar ser símbolo de una fractura. Porque eso, en tiempos electorales, cuesta más que una alianza.

Y aunque ya no porta la camiseta guinda, seguirá votando con ellos, operando para ellos y, si puede, negociando con ellos. Es la nueva política: lealtad sin credencial. Influencia sin militancia.

NAHLE

Lo ocurrido no fue solo personal. Fue territorial. Nahle le demostró a Morena nacional que Veracruz es su coto, y nadie entra sin su visto bueno.

No fue una diferencia de ideología. Fue una guerra por territorio. La familia Yunes lleva años enfrentada con la estructura obradorista en Veracruz. Perder ante Cuitláhuac en 2018 fue un golpe. Intentar volver por la puerta trasera fue, para Nahle, una provocación.

Y lo que quiso dejar claro es esto: Veracruz es mío.

Aunque este episodio revela algo que muchos dentro de Morena ya saben, pero pocos dicen en voz alta: el partido está lleno de facciones, recelos y traiciones. La narrativa de unidad se mantiene para la galería. Pero en la práctica, el poder se reparte, se cuida y se defiende con uñas y dientes.

Morena nacional buscaba ampliar su base con figuras pragmáticas. Pero Morena estatal prefirió la pureza ideológica. O eso dicen. Porque los vetos no son por principios. Son por cargos.

Veracruz tendrá elecciones locales en 2025. Nahle quiere consolidar. Yunes quería regresar. Pero ahora saben que no pueden compartir casa. Y que la bienvenida de Morena es como muchas cosas en política: simbólica, momentánea y sujeta a veto.