Davos y el fin de la ficción

Davos 2026 revela un mundo sin árbitro, donde potencias medias ajustan estrategias ante la ruptura del orden internacional.



Señales y tendencia

Señal: Davos expone el abandono explícito del orden basado en reglas
Tendencia: potencias medias ajustan estrategias ante un mundo sin árbitro

Davos suele presentarse como un foro de consensos, pero funciona mejor como sismógrafo narrativo. No define hacia dónde va el mundo; revela qué relatos dejan de sostenerse y cuáles intentan ocupar el vacío. Este año, más que acuerdos o cifras, lo que quedó expuesto fue el choque entre tres maneras de leer el nuevo orden -o la ausencia de uno-.

El discurso que probablemente mejor resuma este momento histórico fue el del primer ministro canadiense, Mark Carney. No habló de transición gradual ni de ajustes técnicos, sino de una ruptura profunda del orden internacional y del fin de lo que llamó, sin rodeos, una “ficción cómoda”: la idea de que el sistema basado en reglas funcionaba como se anunciaba.

Su planteamiento conecta con una narrativa cada vez más clara: no estamos ante un mundo en reacomodo, sino ante un mundo sin árbitro. Durante décadas, esa ausencia estuvo disimulada por la voluntad colectiva de participar en rituales imperfectos, pero funcionales. Ese pacto tácito dejó de servir.

Lo relevante es que su diagnóstico no deriva en nostalgia. Al contrario: propone abandonar la simulación y asumir la realidad de un sistema de rivalidad entre grandes potencias, donde la integración económica se ha convertido en herramienta de presión. Frente a ello, plantea una vía pragmática: fortalecer capacidades internas, diversificar dependencias y construir coaliciones flexibles entre potencias medias. No para restaurar el viejo orden, sino para evitar un mundo fragmentado, más pobre y más inestable.

Desde Europa, Emmanuel Macron ofreció un discurso menos estructural, pero atravesado por urgencia existencial. Su mensaje fue el de un continente que ya no puede seguir posponiendo decisiones estratégicas bajo la ilusión de que el entorno se estabilizará solo. Europa -advirtió implícitamente- debe decidir si quiere convertirse en un actor capaz de sostener su modelo en un entorno cada vez más hostil.

El contraste más nítido llegó con Donald Trump. Su intervención, extensa y errática, terminó funcionando como una caricatura involuntaria del momento estadounidense. Más allá de cifras infladas y agravios personales, el mensaje de fondo fue claro: Estados Unidos ya no se presenta como garante de un orden compartido, sino como actor transaccional, dispuesto a monetizar su poder sin mayor consideración por la arquitectura global que ayudó a construir.

Paradójicamente, Trump no contradijo a Carney: lo confirmó. Si el orden basado en reglas ya no opera ni siquiera como ficción útil, el discurso estadounidense lo dejó claro. La diferencia es que Carney propone asumir esa realidad para construir algo nuevo; Trump, para explotar el vacío.

El contraste no es sólo retórico: se refleja ya en decisiones concretas. Mientras Canadá, bajo el liderazgo de Carney, acepta pragmáticamente la ruptura y comienza a reducir su dependencia de Estados Unidos -incluso cerrando un acuerdo estratégico con China-, en México la presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado que su gobierno trabajará para preservar el T-MEC.

No se trata de una postura irracional, pero sí revela una diferencia estratégica clave. Canadá ya actúa como potencia media en un mundo sin árbitro, mientras México todavía apuesta a contener la ruptura. Uno internaliza el cambio de época y diversifica; el otro intenta sostener la estabilidad desde un tratado diseñado para un mundo que ya no existe del todo.

Davos 2026 no dejó consensos, pero sí una señal inequívoca: el mundo ya no se organiza alrededor de un relato común. Algunos actores empiezan a nombrar la ruptura con honestidad incómoda; otros aceleran el desmantelamiento sin ofrecer sustituto.

En ese contexto, quizá la decisión más estratégica para países como México no sea elegir bando, sino decidir si seguimos participando en una ficción agotada o empezamos a construir -con costos reales– una estrategia para un mundo que ya cambió.