Sobrevivir a una guerra tan sangrienta como la de Yugoslavia requiere mucho valor. Pero rehacer una vida después de un conflicto bélico puede ser un reto mayor, al afrontar la crudeza de una realidad sin oportunidades y una profunda escasez. Fue así como Novak Djokovic floreció entre la pantanosa adversidad hasta convertirse en un roble de inquebrantable espíritu, capaz de afrontar cualquier vicisitud. Pero no lo habría logrado de no ser por su familia.
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Nole era apenas un niño cuando se desató la Guerra de Yugoslavia (1991-2001), un conflicto que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) agitó para desestabilizar al extinto país hasta su balcanización. Sobrevivir a esa infancia en medio de un episodio bélico hizo que el oriundo de Belgrado creciera en medio de una feroz incertidumbre económica, un dolor que marcó los cimientos sobre los que se construyó su leyenda.
“Mi padre tuvo que pedir prestado a unos famosos usureros, criminales, porque eran los únicos que podían darte dinero sin garantías, aunque con intereses desorbitados”, confesó el tenista en una reveladora participación en el podcast ‘Neuspjeh prvaka’, del exfutbolista Slaven Bilic.
Djokovic recordó los insalvables obstáculos económicos que casi truncaron su carrera antes de comenzar. Para poder financiar sus primeros torneos internacionales, su padre tuvo que arriesgarlo todo. El relato se vuelve aún más desgarrador al detallar cómo aquellos hombres explotaron la urgencia de la familia del hoy legendario jugador de 38 años de edad.
“Le preguntaron a mi padre: ‘¿Tienes prisa?’… y cuando él respondió que sí, porque los torneos estaban a punto de comenzar, le dijeron que, en lugar del 15 o 20% habitual de interés, sería del 30%. A pesar de todo, no tuvo otra opción. Apretó los dientes, les dio la mano y dijo: ‘está bien, encontraré la manera de devolverlo’”, contó.
Así, en cada golpe de raqueta en aquellos torneos juveniles, ‘The Djoker’ no solo buscaba la victoria, sino también saldar una deuda con intereses criminales. Afortunadamente, el talento de Novak fue la redención. El dinero fue devuelto y aquel riesgo extremo se convirtió en el prólogo de una trayectoria espectacular, aún vigente, con el Australian Open 2026 en el horizonte como escenario para un posible título major 25.
Pero el camino, incluso tras superar la barrera económica, estuvo marcado por un profundo desarraigo emocional ante la displicencia de un entorno que lo miraba con desprecio por su pasaporte, a su llegada al circuito profesional de la ATP en 2003, cuando incluso se sintió como un intruso en reino ajeno.
“Me sentí como un invitado no deseado que se coló en su fiesta. A todo el sistema no le gustó mi llegada: medios, patrocinadores, torneos. Llegué desde Serbia y dije en voz alta que iba a ser el número uno. Federer y Nadal vienen de dos potencias occidentales”, explicó, en referencia al duopolio de Roger Federer y Rafael Nadal.
“Me dolió mucho. Querían que siguiera su ritmo y que fuera políticamente correcto… me dolió tanto que cambié incluso mi comportamiento con la esperanza de que me aceptaran”, admitió, con un tono que expuso viejas heridas provocadas por el rechazo.
Durante un tiempo, intentó moldearse para encajar, sacrificando parte de su esencia. Sin embargo, de ese dolor nació una fortaleza que definiría su carácter, hasta llegar a la epifanía de la autenticidad.
“Al final, comprendí que tenía que ser fiel a mí mismo e intentar aceptar que no les caeré bien a todo el mundo. Eso está bien. Yo soy quien soy y duermo tranquilo todas las noches”, afirmó.
Esa conclusión marcó el nacimiento del Djokovic imparable, el que ya no jugaba para ser querido, sino para ganar.

Foto: Reuters 


