Después de la aprehensión de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas militares estadounidenses bajo cargos criminales graves en contra de la vida e integridad de ciudadanos norteamericanos, que no por su sistema y estilo de gobierno, la vida de ese país sigue, y al parecer normalizando su rutina bajo el mando de todo el gabinete del mandatario depuesto.
Es importante ser claros. El presidente Trump hizo la incursión y aseguramiento de este personaje bajo cargos criminales y no para liberar a los venezolanos de una clara y patética dictadura. Al mandatario yanqui no le interesa el destino del ciudadano común y corriente del país latinoamericano, lo que le importa es el control de su economía mediante la manipulación política, de ahí su interés en el aseguramiento de embarcaciones petroleras de uno de los países con más reservas de crudo en el mundo.
Lo interesante de su exitoso operativo puede resumirse en dos reflexiones:
A la par de derrocar a un dictador que incomodaba a la región, liberó a los venezolanos de 27 años (14 de Hugo Chavez y 13 de Nicolás de Maduro) de desgaste y opresión (90% de los venezolanos se dicen agradecidos con el gobierno norteamericano); tomó control de sus recursos energéticos y seguramente de otras posiciones geoestratégicas para consolidar sus objetivos de liderazgo hegemónico.
Y rompió el mito de la “amenaza” por el cumplimiento de sus objetivos políticos y militares, creando en países de la región, como Cuba, Colombia y Nicaragua, zozobra y suficiente tensión que algunos de ellos, si bien no se han acercado aún al poderoso presidente Trump, han iniciado cambios en sus sistemas económicos y políticos nacionales bajo un mensaje claro de alineación a los intereses norteamericanos.
Todo esto quedó al descubierto en el momento que parecía inconclusa la operación de desmantelamiento de la dictadura venezolana, puesto que sólo neutralizó al máximo líder dejando a la cúpula restante, encabezada por la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien, en forma muy tímida, sigue apoyando la liberación y el retorno de su presidente, pero a la par hace anuncios totalmente contradictorios a su forma de actuar y pensar meses antes, en el sentido de la atracción de inversión extranjera para el procesamiento del crudo nacional y la transformación de recursos en obra y servicios “que no se habían hecho antes”.
Se perciben intereses similares, pero en momentos disímbolos que pueden dejar inconcluso el proceso de reconstrucción del caso venezolano; mientras que al pueblo le interesa la reconquista de la democracia, al presidente Trump, el control de la economía.
Por un lado, tenemos a un mandatario que días atrás violentó la soberanía de un país, privando de la vida a decenas de cubanos y venezolanos, pero dejando a la cúpula tiránica en el poder, e incluso exaltando a la vicepresidenta por cumplir con sus ordenamientos; por el otro, a una Corina Machado, premio Nobel de la Paz, entregando su presea a Trump agradeciendo su intervención en contra de quienes hoy sigue apoyando. Una contradicción altamente peligrosa para las partes venezolanas, puesto que ni termina de irse la dictadura y tarda en llegar la democracia.
¿Qué aprendizaje para México debemos tomar de estos hechos?
Primero, entender que los mensajes del vecino país dejaron de ser ambiguos y amenazantes para materializarse en cualquier momento, lo que nos obliga a analizar sus pretensiones y actuar en consecuencia.
Si bien es cierta la estrategia mexicana de coordinación por encima de subordinación, también lo es que es tiempo de tomar decisiones claras y contundentes que beneficiarán a ambos países, aunque representen golpes contundentes de cierta clase política.
Se acercan momentos definitivos para México.



