Évora: sentir el toro lejos de casa

En una mañana de tienta cerca de Évora, la ganadería de Diego Passanha puso a prueba seis vacas en una jornada donde ganaderos y toreros evaluaron el futuro de la casa ganadera

La finca de Diego Passanha fue escenario de una tienta en la que participaron profesionales de México. Foto: Diego Real.
La finca de Diego Passanha fue escenario de una tienta en la que participaron profesionales de México. Foto: Diego Real.

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ÉVORA, PORTUGAL.-  A las siete de la mañana el campo todavía pertenece a los animales. Las sombras son largas, el aire conserva algo de frescura y las encinas del Alentejo proyectan sobre la tierra una oscuridad que desaparecerá en cuestión de minutos. Después llegará el calor.

Un calor seco, inmóvil, capaz de vaciar los caminos y obligar a que toda actividad importante quede resuelta antes del mediodía. Por eso la tienta en la ganadería de Diego Passanha comenzó temprano. No por costumbre ni por romanticismo campero. Por necesidad.

A esa hora, cerca de Évora, el campo bravo portugués muestra una imagen distinta a la que solemos asociar con las ganaderías españolas o mexicanas.

El paisaje es más abierto. La luz tiene otra textura. Incluso el silencio parece diferente. Sin embargo, cuando aparecen los corrales, los caballos y los hombres reunidos alrededor del tentadero, uno comprende rápidamente que ha llegado al mismo territorio que reconoce cualquier aficionado: el lugar donde una ganadería pone a prueba su futuro.

Se tentaron seis vacas

Seis animales sobre los que descansan decisiones que rara vez aparecen en las fotografías. Una tienta no produce titulares espectaculares. No hay puertas grandes ni trofeos. Lo que hay son preguntas.

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Se tentaron seis vacas. Foto: Diego Real.

Preguntas sobre bravura, duración, fondo, transmisión y clase. Preguntas que deben responder los animales y que determinarán si una vaca permanece en la ganadería o desaparece de su historia.

Para esa tarea estuvieron presentes el matador sevillano Pepe Moral y los novilleros mexicanos Emiliano Osornio e Ignacio Garibay. Cada uno asumió su papel dentro de una mañana donde el protagonismo no pertenecía a los toreros, sino a las vacas.

Desde fuera, la diferencia parece pequeña. Desde dentro, lo cambia todo.

El torero no busca aquí el lucimiento que perseguiría en una plaza. Busca información. Debe colocarse, exigir, medir las distancias, descubrir defectos y virtudes. Lo importante no es construir una faena memorable, sino averiguar qué hay realmente dentro del animal.

Por eso las conversaciones después de cada vaca resultan tan importantes como lo ocurrido delante de ella.

Mientras se preparaba la salida de la siguiente res, los comentarios surgían de manera natural. Se hablaba de comportamiento, de recorridos, de momentos concretos de la embestida. Se comparaban impresiones. Se discutían matices. Esa es la parte menos visible del campo bravo y probablemente una de las más interesantes.

Entre los asistentes se encontraban también el rejoneador mexicano Alejandro Amaya y el rejoneador portugués Paco Velásquez, además del subalterno mexicano Héctor García. La presencia de profesionales procedentes de México, España y Portugal terminó dando a la jornada una dimensión poco habitual. No era únicamente una tienta. Era también un punto de encuentro.

Y quizá ahí residía uno de los aspectos más interesantes de la mañana.

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Entre los asistentes se encontraban el mexicano Alejandro Amaya y el rportugués Paco Velásquez.Foto: Diego Real.

Porque el toro cambia según el país donde se le mire

Cambian las costumbres, las formas de trabajar, las conversaciones y hasta ciertos criterios de selección. El campo portugués posee una personalidad propia que no necesita parecerse a ninguna otra. Se percibe en los detalles, en los ritmos de trabajo y en esa relación serena que mantienen los ganaderos portugueses con su entorno.

Mientras avanzaba la mañana, el calor comenzaba a imponerse sobre la finca. La sombra se encogía debajo de las encinas. El aire fresco desaparecía. Los caballos acusaban el esfuerzo. Era la señal de que la jornada había empezado exactamente a la hora correcta.

Para entonces ya se habían tomado decisiones, formulado conclusiones y compartido opiniones que no aparecerán en ninguna estadística. Eso es precisamente lo que vuelve valiosas estas reuniones.

Cuando todo terminó, la sensación que quedaba no era la de haber asistido a un espectáculo, sino la de haber entrado durante unas horas en el lugar donde el toro existe antes de convertirse en noticia.

Lejos de las plazas, lejos de los focos y lejos de las discusiones habituales, el campo bravo portugués apareció como lo que realmente es: un espacio de trabajo donde cada amanecer de verano obliga a adelantarse al calor y donde seis vacas pueden decir mucho más sobre una ganadería que una temporada entera de declaraciones

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