Un trompetista acompañado por un estruendoso bombo comienzan a tocar Bella Ciao, ese himno de lucha que conecta a los italianos con la resiliencia que los llevó a liberarse del fascismo durante la Segunda Guerra Mundial y que es ahora una expresión global de resistencia.
Detrás de ellos, un enorme trapo con la leyenda "¿Y si sí?", frase que ha dado significado a la inquebrantable fe mexicana durante el Mundial 2026.
El Tri ha recuperado una comunión que parecía marchita con su afición.
Una reconexión que se gestó gracias a su actuación perfecta en la fase de grupos, donde la Selección Mexicana de Fútbol hizo historia con tres victorias y ni un solo gol encajado para avanzar en primer lugar del sector A de la Copa del Mundo de la FIFA 2026.
Todo ha sido miel sobre hojuelas en este renacido idilio que ha unido a todo un país cuando más fracturada parecía su relación con el equipo nacional severamente criticado por sus previas actuaciones y por ese oscuro vínculo con el poder del sistema y sus extensos brazos que por décadas han tocado al deporte predilecto de los mexicanos.
Pero los recuerdos del pasado son ahora los que han hecho sudar frío a todo un pueblo que, a pesar de su esperanza, respira agitado de solo pensar en el ayer.
Y es que el Tri presume un amplio dominio sobre los ecuatorianos en partidos oficiales, pero no vence al equipo dirigido por Sebastián Beccacece desde hace 19 años.
Por si fuera poco, no ha ganado en juego de eliminación directa en Mundiales desde hace 40 años, ya que desde entonces no avanza a un quinto partido. Por eso es que ha surgido esa pregunta retórica que es epítome y símbolo de este nuevo nacionalismo trasladado a la cacha.
"¿Y si sí?". Y también por eso al Estadio Ciudad de México han acudido todos sus héroes para sumar fuerzas en esta cita con el destino. Luchadores que van desde El Santo hasta Rey Mysterio; también ídolos de culto como El Chapulín Colorado y su alterego El Chavo del Ocho.
Como también han asistido catrinas, guerreros de la antigua Tenochtitlan y —por supuesto— grupos de mariachi, banda norteña y chinelos, para recordarle al mundo quiénes somos y engrandecer esas raíces que sostienen el orgullo de todo un país. Y ahora también a su equipo.
"Es increíble, este ambiente pocas veces es visto. Yo digo que el Mundial nos unió a todos y aquí estamos para apoyar al Tri".
Dice Elena Garduño, una aficionada que se ha hecho presente en el Coloso de Santa Úrsula para apoyar a la Selección Nacional en esta histórica partida, en donde se busca por fin frenar el peso de cuatro décadas de ayuno sin rozar el quinto partido en Copa del Mundo.
Un grupo de niños juega a la pelota, porque no sería una fiesta sin conectar con el verdadero espíritu del juego en su más auténtico estado de pureza.
El balón, de pronto, golpea a uno de los cientos de policías que resguardan la llamada Última Milla que la FIFA exigió a los gobiernos locales para garantizarla seguridad de los asistentes a sus partidos. El oficial sonríe y les devuelve el balón. Toda amargura se queda de lado.
"¡Ecuador va a probar el chile nacional!", gritan algunos. "¡Desde Quito a Guayaquil, hoy les entra el chilaquil!".
Exclaman otros con ese característico humor y doble sentido de los mexicanos, mismo que dista mucho del riguroso comunicado que la Federación Ecuatoriana de Futbol (FEF) emitió sobre la serenata que recibió en el hotel de concentración la noche previa al juego.
Porque al final, en la guerra y el futbol, todo se vale, cuando hay respeto de por medio.
Incluso hasta la tensión política entre México y Ecuador existente desde que el 5 de abril de 2024 la policía ecuatoriana, por orden del presidente Daniel Noboa, irrumpió en la Embajada de México en Quito para arrestar al exvicepresidente Jorge Glas, asilado por acusaciones de corrupción por parte de la ultraderecha y provocó la ruptura de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, es tomada con humor entre la afición mexicana.
"Miedo y Embajada en Ecuador son dos cosas que NO tenemos. ¡Viva México!", se lee en el cartel fluorescente de una aficionada que ha entendido de mucha mejor manera la situación, que incluso la propia Federación Ecuatoriana y su rígida postura.
Poco después, el autobús de la Selección Mexicana arriba al templo sagrado del balompié nacional. A vuelta de rueda por los múltiples fanáticos que se interponen en su camino para demostrarles amor y cobijo a sus jugadores.
Y hasta una niña rocía de espuma al vehículo con inocencia, como si de esa forma les transmitiera una dosis extra de energía para la batalla.
La lluvia obliga a las multitudes a refugiarse debajo de cualquier techumbre y puestos callejeros. La tormenta perfecta que avisa el inicio de una tensa lucha en el campo. Con el folclor mexicano resguardado por impermeables y una fiesta que ha vuelto a ser bajo el agua.