Del Cielito Lindo en el tren ligero al homenaje a Guillermo Ochoa en el Mundial 2026

Entre cánticos, banderas y un ambiente completamente desbordado de pasión, la afición mexicana convierte el trayecto y el estadio en una auténtica celebración.

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"¡Ay, ay, ay, ay... canta y no llores...!", retumba con un profundo eco en el vagón del tren ligero que va de Tasqueña a la estación Estadio Azteca, donde decenas de aficionados vestidos de tricolor, descienden entre tambores, trompetas y un ambiente tan único como la oportunidad de la Selección Mexicana de Fútbol de hacer historia con una marca perfecta de triunfos en fase de grupos en una Copa del Mundo.

"¡... porque cantando se alegran, Cielito Lindo, los corazones!", sigue el cántico conforme avanzan ya unidos a un enorme río verde que desparrama folclor y pasión, entre máscaras de luchador, sombreros, penachos y banderas mexicanas como capa. Porque en un día como éste, todos son héroes y el pueblo azteca, uno solo.

Cervezas en mano, cigarros y cualquier producto que por más ilegal que sea, sirva para la fiesta, la afición se las ingeniaba para llevarlo consigo aun frente a un fuerte operativo policial, más preocupado por salvaguardar esa imagen festiva y contener todo tipo de protesta, que por aplicar a rajatabla la ley.

Camisetas de todas épocas y dorsales. De lo retro a lo moderno; del 9 de Hugo Sánchez o el 11 de Cuauhtémoc Blanco en 1998, al 19 de Gilberto Mora y el 16 de Julián Quiñones. Y de los coloridos atuendos de Jorge Campos, al 13 de quienes esperan un homenaje a Guillermo Ochoa.

"Yo creo que se lo merece, es su sexto Mundial y nos regaló grandes atajadas como contra Brasil en 2014. Ya está el grupo ganado, (Javier) Aguirre debería darle esa oportunidad de despedirse", dice un aficionado con uno de los suéteres de Paco Memo de la edición de Sudáfrica 2010.

Sin embargo, el Vasco se decantó por Raúl Rangel, será porque —como advirtió— no regalaría nada a nadie, no cuando estaba en juego la oportunidad de ser perfectos por primera vez en un inicio de Copa del Mundo; mucho menos cuando una cervecera había dado por hecho la inclusión de Ochoa en el XI ante Chequia, con sutil presión.

El Tala fue uno de los más aplaudidos cuando en el Estadio Ciudad de México se anunció la alineación. Pero ninguno tan laureado por la multitud como Quiñones y Morita. Apenas se escucharon sus nombres, el público se desbordó de felicidad.

Con el naturalizado mexicano, por ese reconocimiento a su entrega, más allá de su acta de nacimiento, y con el joven prodigio de Xolos, al ver en él a su nuevo ídolo. 

Al ritmo de La Chona (1995) de los Tucanes de Tijuana y entre gritos de "¡México, México!", comenzó un partido ante Chequia que pudo ser de trámite. Pero fue más una inmejorable oportunidad de hacer historia para un grupo que ha aprendido a hacer de la fe, su mejor arma en medio de la adversidad.

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