Sin el brillo de las grandes ocasiones, pero con la exigencia intacta de Madrid, la plaza asistió a un festejo marcado por la aspereza de los toros

Tarde de todos en Las Ventas.
Foto: Emilio Méndez
Sin el brillo de las grandes ocasiones, pero con la exigencia intacta de Madrid, la plaza asistió a un festejo marcado por la aspereza de los toros

Por: Natalia Pescador
MADRID.- La primera tarde de toros tras la Feria de San Isidro devolvió a Las Ventas a la crudeza de las corridas donde nada sobra y todo cuesta.
Sin el brillo de las grandes ocasiones, pero con la exigencia intacta de Madrid, la plaza asistió a un festejo marcado por la aspereza de los toros de Valdefresno y Couto de Fornilhos, una corrida desigual y compleja que puso a prueba el oficio, el valor y la capacidad de entrega de los tres actuantes.
En ese escenario de dificultades, fue Cristian Pérez quien encontró el argumento principal de la tarde y quien terminó dejando la huella más profunda en el recuerdo de los aficionados.
La corrida nunca terminó de romper hacia arriba. Los toros ofrecieron poco y exigieron mucho. Hubo embestidas inciertas, violentas, descompuestas y faltas de clase. La nobleza apareció apenas a cuentagotas y sólo el sexto dejó entrever posibilidades de construcción. Por eso el mérito de los toreros adquirió mayor relevancia.
El mexicano Juan Pablo Sánchez abrió plaza ante un ejemplar de Couto de Fornilhos que ya desde los primeros lances mostró un comportamiento incómodo y áspero. El mexicano apostó desde el comienzo. Inició la faena genuflexo y trató de someter una embestida que nunca terminó de entregarse.
Con la muleta siempre puesta en la cara y una determinación admirable, logró extraer algunos muletazos de mérito por el pitón derecho. El toro punteaba constantemente y soltaba la cara con violencia al final de cada viaje.
También al natural hubo exposición y firmeza. Fue una labor más importante por lo que tuvo de compromiso que por el lucimiento alcanzado. Una estocada efectiva puso punto final a una actuación digna de reconocimiento.
Pero la tarde empezó a cambiar de temperatura con la aparición de Cristian Pérez. Ya en el saludo al segundo dejó ver un concepto valiente y una disposición absoluta. Brindó junto a la puerta de la enfermería, gesto casi premonitorio de lo que acabaría sucediendo horas después, y comenzó una faena basada en la apuesta constante.
Citó desde lejos, se pasó al toro por la espalda y buscó ligar una embestida sin gobierno. Todo dependía del torero. El animal exigía que se le llevara muy sometido, muy tapado y muy por abajo. Cristian respondió con decisión, especialmente al natural, donde consiguió los momentos más estimables de una labor construida sobre el esfuerzo.
Terminó metido en tablas, jugando fuerte sus bazas y conectando con los tendidos. La oreja reconoció una actuación de valor y entrega.
Alejandro Peñaranda se encontró después con un tercer toro imposible para cualquier aspiración artística. Sin recorrido, sin clase y refugiado en tablas, convirtió la faena en un trámite ingrato. El albaceteño entendió rápidamente la situación y optó por no prolongar inútilmente el castigo.
El cuarto tampoco ofreció opciones. Juan Pablo Sánchez volvió a evidenciar oficio y voluntad frente a un ejemplar bronco, deslucido y de embestida descompuesta. Probó por ambos pitones, acortó distancias y buscó imponer orden donde reinaba el descontrol. Fue otra actuación de esfuerzo silencioso, de las que rara vez encuentran recompensa visible.
La tarde alcanzó entonces su instante decisivo. Cristian Pérez recibió al quinto con la misma determinación mostrada en su primero. Tras el brindis inició la faena en los medios, pero el toro lo prendió cuando apenas comenzaba a construir su obra.
La imagen del torero siendo conducido a la enfermería sembró la incertidumbre en la plaza. Durante algunos minutos pareció imposible que pudiera regresar.
Sin embargo, regresó. Y fue precisamente en ese regreso donde nació la verdad de la tarde. Cristian volvió con visibles muestras del percance, para enfrentarse a un toro de peligro sordo y escasas opciones. No había triunfo fácil esperándole.
No había un toro colaborador ni una faena hecha. Sólo quedaban el compromiso y la responsabilidad. Se puso de rodillas, se afianzó después en el tercio y comenzó una lucha auténtica contra una embestida incierta.
El toro se quedaba corto, exigía rectificaciones constantes y amenazaba en cada embroque. Pérez respondió con firmeza, cruzándose una y otra vez, recomponiendo la figura después de cada pase y construyendo muletazo a muletazo una obra cargada de sinceridad.
Más allá de la técnica o de la estética, aquello tenía el peso emocional de lo verdadero. La plaza entendió que estaba asistiendo a una demostración de pundonor. Un torero que había pasado por la enfermería regresaba para vaciarse delante de un animal que no regalaba nada.
La vuelta al ruedo posterior tuvo el sabor de las conquistas morales que Madrid sabe reconocer.
Todavía quedaba el sexto, el mejor toro de la corrida. Alejandro Peñaranda logró con él los momentos de mayor limpieza técnica del festejo. Lo llevó con la mano baja, especialmente por el pitón derecho, encontrando acople y profundidad.
También al natural dejó pasajes interesantes gracias a su paciencia y a la forma de pulsear la embestida. Fue una faena estimable, construida con inteligencia y buen gusto, aunque el eco emocional de lo ocurrido minutos antes terminó por eclipsarla.
La corrida concluyó sin grandes explosiones triunfales, pero con una certeza clara. En una tarde áspera, dura y poco propicia para el lucimiento, Cristian Pérez encontró el camino de la emoción a través del valor.
Y en Madrid, donde la verdad pesa más que cualquier artificio, eso suele ser lo más importante.