El muro de Saltillo

La tercia se topa con las pocas opciones de un encierro carente

El muro de Saltillo | Fotos: Manolo Briones
El muro de Saltillo | Fotos: Manolo Briones

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No fue una corrida de triunfos rotundos ni de pañuelos al viento. Tampoco de entusiasmos desbordados. Fue, más bien, una de esas funciones secas, de oficio y resistencia, donde el mérito hubo que buscarlo entre la dificultad, la incertidumbre y el desgaste. Una corrida de las que dejan más poso que estruendo.

Saltillo —con el añadido del quinto de Couto Fornilhos— envió a Madrid un encierro desigual, de comportamiento incierto y fondo escaso. Toros con intención a ratos, pero sin continuidad; animales que acudían a la tela para apagarse enseguida, como si la embestida estuviera construida sobre una mecha demasiado corta. Hubo aspereza, genio y también algunas posibilidades dispersas, nunca del todo completas. En ese paisaje de aridez se movieron Carlos Venegas, Juan Leal y Juan de Castilla, cada uno desde su concepto y sus herramientas.

Abrió plaza Carlos Venegas con una actitud seria, consciente de que Madrid no concede nada y de que tardes como esta exigen inteligencia antes que alardes. El primero tuvo movilidad inicial, aunque pronto enseñó las limitaciones de su condición. Venegas entendió rápido que todo debía construirse desde el temple y la distancia. Le dio tiempo, sitio y aire, administrando cada embroque como quien dosifica un bien escaso.

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Sobre la diestra logró los momentos más estimables de su faena. No hubo ligazón rotunda ni fluidez completa, pero sí muletazos de peso, de los que nacen de tragarse la incertidumbre y aguantar el parón del toro a mitad del viaje. El animal medía cada vez más y obligaba al torero a quedarse quieto en terrenos comprometidos. Al natural, el saltillopasó desentendido, sin clase ni entrega, pero Venegas consiguió arrancar algunos pasajes de mérito seco, muy del gusto venteño. La estocada, efectiva, cerró una labor premiada con una ovación sincera.

Muy distinta fue la historia del cuarto. Bronco, deslucido y violento en sus acometidas, el toro nunca permitió que la faena tomara vuelo. Venegas tiró entonces de oficio y dignidad. Intentó someterlo por ambos pitones, siempre a media altura, procurando evitar los derrotes bruscos de un animal que embestía sin entrega y con brusquedad defensiva. Allí no había lucimiento posible, solo la responsabilidad de mantenerse firme y abreviar con sentido. El acero, además, le negó una salida más airosa.

Juan Leal compareció fiel a sí mismo: decidido, intenso y dispuesto a convertir cada embestida en una batalla personal. El segundo fue un toro incómodo desde el principio, agarrado al piso y pendiente del torero más que del engaño. Leal apostó fuerte desde el inicio, yéndose a los medios para abrir faena con un cambiado por la espalda que buscaba encender unos tendidos todavía fríos.

La intención fue siempre mayor que la condición del animal. El francés logró sujetarlo a base de toque y colocación, robándole algunos naturales de mérito en una faena construida más desde la insistencia que desde la inspiración. El toro salía distraído, ajeno a la muleta, y obligaba a perseguirlo constantemente para completar cada tanda. Hubo voluntad, entrega y firmeza, aunque faltó esa continuidad que convierte el esfuerzo en emoción verdadera. Todo quedó en una obra esforzada, larga y desigual, rematada con una estocada defectuosa pero suficiente.

El quinto, de Couto Fornilhos, mantuvo el tono agrio de la corrida. Reservón, parado y complejo, apenas ofreció opciones limpias. Leal volvió a ponerse por delante con determinación admirable. Midió mucho las distancias, trató de meter al toro en la muleta y consiguió algunos pasajes estimables al natural, llevándolo muy cosido al engaño. La faena tuvo el mérito de la perseverancia. Cada muletazo era una pequeña conquista frente a un animal que se quedaba cada vez más corto. Sin embargo, la obra nunca terminó de romper hacia arriba. Madrid percibió el esfuerzo, aunque también la imposibilidad de redondear aquello. La espada volvió a emborronar el conjunto.

La nota de mayor interés artístico llegó de la mano de Juan de Castilla. El colombiano dejó los momentos más templados y profundos de la tarde, especialmente frente al tercero, el mejor —o menos malo— del envío de Saltillo.

Tras brindar al público, inició faena de rodillas en los medios, sin probaturas ni ventajas, apostándolo todo a la emoción del primer cite. Hubo verdad en ese comienzo y también una intención clara de someter al toro desde abajo. Cuando el animal tomó la muleta con cierta inercia, De Castilla encontró el tono de la tarde: largura, limpieza y profundidad.

Especialmente al natural surgieron muletazos estimables, llevados muy despacio, tirando del toro hasta el final del viaje. El colombiano consiguió embarcar la embestida y darle sentido, algo nada sencillo en una corrida donde casi todo ocurría a medias. Hubo gusto y estructura en una faena que parecía destinada a crecer. Sin embargo, el toro comenzó a agotarse y el diestro quizá alargó en exceso una labor ya exprimida. El aviso sonó después de una estocada eficaz, mientras el animal se resistía a doblar.

También dejó De Castilla una actuación meritoria frente al sexto. Otra vez apareció su capacidad para ordenar embestidas descompuestas y sostener faenas sobre el oficio. El inicio genuflexo tuvo eco en los tendidos y después, especialmente por el pitón izquierdo, logró muletazos largos aprovechando el vuelo de la muleta. El toro, pese a sus limitaciones, terminó siguiendo con cierta fijeza cuando el colombiano acertó a bajarle la mano y darle distancia exacta.

No fue una faena brillante, pero sí madura y consciente. Hubo momentos de profundidad auténtica en medio del desorden general de la corrida. El público, sin embargo, comenzó a impacientarse ante la prolongación de la labor. Y el acero, finalmente, impidió cualquier premio.

Así transcurrió una tarde dura y áspera en Las Ventas, de esas en las que el triunfo no se mide en trofeos sino en la capacidad de permanecer firme frente a la dificultad. San Isidro también es esto: toreros buscando sentido donde apenas queda embestida, insistiendo en medio del desencanto y sosteniendo la liturgia incluso cuando el toro no termina de acompañar.

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