El oficio sostiene una tarde de escasa bravura en Las Ventas

Andy Caragena y Diego Ventura, comparten el triunfo en la primera de rejones

Andy Cartagena triunfó en la primera de rejones
Andy Cartagena triunfó en la primera de rejones

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MADRID.- En Plaza de Toros de Las Ventas la tarde de rejones avanzó entre la voluntad de los hombres y la desgana de los toros. La primera función a caballo de esta Feria de San Isidro tuvo más oficio que bravura, más empeño que emoción verdadera.

Los toros de Ganadería Ángel Sánchez y Sánchez salieron variados de presencia y comportamiento, aunque en conjunto faltos de fondo, de chispa y de esa transmisión que convierte el toreo a caballo en un espectáculo vibrante y continuo.

Hubo medias arrancadas, embestidas cansinas y demasiados momentos en los que los rejoneadores tuvieron que inventar la emoción donde el toro no alcanzaba a ofrecerla.

Y, sin embargo, la tarde no se derrumbó. Porque ahí aparecieron el oficio y la entrega de Andy Cartagena, Diego Ventura y Guillermo Hermoso de Mendoza, tres conceptos distintos del rejoneo unidos por una misma necesidad: sostener la plaza cuando el toro se apagaba.

Andy Cartagena entendió desde el principio que el primero tenía movilidad y quiso explotarla sin reservas. Lo esperó con decisión, lo sujetó en corto y pronto comenzó a dibujar una faena basada en las distancias mínimas y el ajuste.

Hubo verdad en la forma de llevar al toro cosido a la grupa, de citarlo al encuentro y dejar los palos en el momento exacto del embroque. El alicantino toreó con ritmo, buscando siempre que el toro no pensara demasiado, encadenando las suertes para mantener viva la embestida.

Las Ventas entró en la labor porque Cartagena consiguió algo fundamental: emocionar. El público pidió con fuerza una oreja tras un rejón efectivo, pero el palco se mantuvo inmutable. Quedó el regusto amargo de los premios perdidos y la sensación de que la tarde ya había alcanzado ahí uno de sus momentos más intensos.

La aparición de Ventura frente al segundo devolvió la corrida a una realidad más áspera. El toro, mermado y venido abajo desde el inicio, se echaba al menor respiro y convertía cada suerte en un ejercicio de paciencia.

Ventura, maestro en administrar terrenos y tiempos, trató de sostener aquello desde la técnica. Cambió caballos, buscó los adentros, intentó provocar una reacción que nunca llegó del todo.

El público protestó las condiciones del animal mientras el jinete extremeño hacía lo único posible: abreviar con dignidad y evitar el castigo innecesario de una faena sin materia prima.

Entonces apareció Guillermo Hermoso de Mendoza y con él regresó cierta sensación de frescura. El navarro recibió al tercero a portagayola, gesto siempre impactante en el rejoneo moderno, y desde ahí construyó una labor de más temple que estridencia.

El toro tuvo movilidad y Guillermo supo administrarla con inteligencia. Citó en largo, quebró con limpieza y llevó al animal ligado a la grupa en circulares amplios que despertaron al tendido.

Hubo suavidad y sentido de la medida en una actuación de buen gusto, culminada con las rosas y detalles de gran exposición. Pero cuando la faena parecía encaminada al triunfo, apareció el acero para deslucirlo todo. El fallo final dejó la obra suspendida en el aire.

El cuarto confirmó que Andy Cartagena había venido dispuesto a jugarse la tarde. El toro apenas tenía una arrancada a medias, una embestida incierta que obligaba a medir cada palmo. Ahí surgió el Cartagena más entregado, el que convierte la necesidad en espectáculo.

Se arrimó, provocó, esperó hasta el último instante y consiguió arrancar emoción donde parecía imposible encontrarla.

Hubo momentos de tensión cuando el toro se le vino debajo del caballo, situaciones límite resueltas con reflejos y dominio. La plaza reconoció el esfuerzo y terminó premiando una actuación de enorme compromiso con una oreja de peso.

Ventura encontró en el quinto otro toro deslucido, de esos que exigen al rejoneador una faena completa de construcción. Y ahí emergió el profesional gigantesco que es.

Movió al animal bordeando tablas, cambió terrenos, buscó siempre el pitón más útil y hasta se permitió quitar la cabezada para exponer todavía más en un quiebro de enorme mérito.

Todo lo puso él: la colocación, el ritmo y la emoción. El toro apenas acompañaba, pero Ventura logró mantener conectados a los tendidos a base de insistencia y capacidad. Mató de forma efectiva y paseó una oreja que premió sobre todo su inteligencia lidiadora.

El sexto cerró la noche entre altibajos. Guillermo volvió a recibir a portagayola y quiso repetir el tono profundo de su primero. Pero el toro, soso y sin entrega completa, nunca terminó de romper hacia adelante.

Aun así, el joven rejoneador insistió en buscar el lucimiento con piruetas, cercanías y circulares alrededor de las tablas. Las rosas, colocadas prácticamente a toro parado, tuvieron mérito y exposición. Otra vez el público acompañó su esfuerzo. Otra vez el acero le negó el premio.

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