La corrida de Pedraza de Yeltes dejó una tarde vibrante en San Isidro, con entrega, emoción y faenas de mérito de Isaac Fonseca y Jarocho en Las Ventas

Fotos: Manolo Briones
La corrida de Pedraza de Yeltes dejó una tarde vibrante en San Isidro, con entrega, emoción y faenas de mérito de Isaac Fonseca y Jarocho en Las Ventas

Por: Natalia Pescador
MADRID.- Madrid volvió a mirar al ruedo con atención en el decimoséptimo festejo de San Isidro. La corrida de Pedraza de Yeltes, lejos de la mansedumbre vacía o del tedio sin argumento, ofreció un encierro variado e interesante, con toros que tuvieron movilidad, transmisión y un punto de exigencia que obligó a los toreros a mantenerse siempre alerta.
No fue una corrida sencilla, pero tampoco imposible. Hubo opciones, matices y momentos de emoción que sostuvieron el interés de la plaza durante toda la tarde.
Isaac Fonseca abrió el festejo frente a un primero que pedía pulso y firmeza. El mexicano lo llevó por abajo desde el saludo capotero, intentando asentarlo lejos del tercio antes de iniciar una faena marcada por la insistencia.
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Comenzó genuflexo, queriendo mandar desde el inicio sobre un animal que obedecía a medias y se quedaba corto en el final de cada viaje. Fonseca entendió rápido que no podía violentarlo. Tocó mucho, esperó y buscó siempre la distancia exacta para provocar la embestida.
La faena tardó en tomar vuelo, pero encontró finalmente algunos pasajes estimables sobre la mano derecha. Ahí logró bajar la muleta y ligar una tanda reconocida por los tendidos.
Más que brillante, fue una labor de convicción, construida desde la seguridad y el empeño de no dejarse ganar nunca la partida por un toro que exigía atención constante. Mató con acierto y dejó una actuación seria y asentada.
José Fernando Molina compareció después con un segundo menos claro en sus intenciones. El manchego brindó a Justo Algaba y comenzó doblándose con suavidad, intentando darle forma desde abajo a una embestida que nunca terminó de entregarse del todo.
El toro perdía las manos por momentos y salía distraído de la tela, obligando a Molina a recomponer continuamente la figura.
El diestro insistió sobre el derecho, dándole tiempo y sitio, tratando de sujetar una embestida corta que se vencía por dentro.
Hubo voluntad y sentido del oficio, especialmente cuando decidió acortar distancias para robarle algunos muletazos en el tercio. Sin embargo, la faena no alcanzó continuidad y Molina optó por abreviar con criterio. El fallo con la espada terminó diluyendo una labor marcada más por la disposición que por el lucimiento.
El tercero elevó claramente el tono de la corrida. Fue quizá el toro con más transmisión del envío de Pedraza de Yeltes, un animal exigente pero con interés, que obligó a Jarocho a mantener siempre la cabeza fría.
El burgalés lo recibió por abajo, sujetando la embestida con suavidad antes de afrontar un tercio de banderillas largo y desordenado que terminó por aumentar la tensión ambiental.
Brindó después a José Ignacio y se fue a los medios para iniciar una faena de mucha exposición. El toro seguía la muleta, aunque quedándose encima y buscando continuamente el cuerpo del torero.
Jarocho respondió con firmeza, bajándole la mano sobre el derecho y administrando muy bien las alturas para evitar que el animal se descompusiera. Pero fue al natural donde llegaron los momentos de mayor profundidad.
Uno a uno, aprovechando el vuelo de la muleta y tirando del toro hacia adelante, consiguió naturales de mérito que hicieron crecer la emoción en los tendidos. No era un toro fácil, pero sí tenía transmisión y permitía construir si se hacían las cosas despacio y con mando.
Jarocho entendió perfectamente las condiciones del animal y decidió no alargar innecesariamente la faena. El pinchazo previo dejó sin premio una actuación importante.
Fonseca regresó en el cuarto decidido a conectar con Madrid. Brindó desde los medios y comenzó allí mismo una labor intensa, marcada desde el inicio por el percance. El toro lo prendió cuando intentaba someterlo en el primer toque, llevándoselo por delante ante una plaza que contuvo la respiración.
El mexicano se levantó de inmediato y volvió a la cara del animal con una determinación que sostuvo la atención del público durante toda la faena.
Hubo entrega, disposición y algunos momentos de mérito, especialmente cuando logró abrir los viajes al natural y darle cierta amplitud a una embestida que nunca tuvo demasiado ritmo.
Fonseca quiso emocionar, cambió terrenos y buscó siempre la cercanía con los tendidos, aunque la faena terminó moviéndose en un constante tira y afloja. Las manoletinas finales pusieron el cierre antes de un fallo con la espada que enfrió cualquier posibilidad de premio.
Molina encontró en el quinto un toro con más opciones de las que pudo aprovechar plenamente. El percance sufrido por Manuel Martínez en banderillas añadió dramatismo a un tramo de la tarde que seguía creciendo en intensidad.
Ya con la muleta, el manchego desarrolló una labor basada en la firmeza y el temple. Consiguió por momentos llevar muy metido al toro en la tela, especialmente en distancias cortas y sobre el pitón izquierdo.
La faena tuvo estructura y voluntad, aunque le faltó terminar de romper hacia arriba. Molina dejó detalles estimables, sobre todo al natural, arrastrando la muleta y tratando de alargar el viaje del animal, pero no terminó de encontrar la expresión necesaria para redondear el conjunto.
El cierre quedó en manos de Jarocho, que volvió a dejar una imagen sólida frente al sexto.
El de Pedraza tuvo una embestida irregular, especialmente por el derecho, pero también un fondo de nobleza que el burgalés supo descubrir poco a poco. Lo movió con inteligencia desde el inicio, llevándolo andándole y buscando limpiarle el viaje.
Fue otra vez al natural donde apareció lo mejor. Jarocho consiguió naturales profundos, llevándose al toro hasta la cadera con gusto y torería, en los momentos más rotundos de la tarde. La plaza respondió entonces con fuerza, reconociendo una faena que crecía desde la verdad y el temple. Sin embargo, el acero volvió a interponerse en el desenlace.
El fallo con la espada dejó todo en silencio y cerró una corrida interesante, exigente y viva, de esas que mantienen a Las Ventas pendiente de cada muletazo.