Una tarde que mantuvo el interés y regaló grandes momentos

José Garrido Fotos: Manolo Briones
Una tarde que mantuvo el interés y regaló grandes momentos

Por: Natalia Pescador
MADRID.- Madrid había reservado para la vigesimotercera tarde de San Isidro una de esas combinaciones que el aficionado contempla sin alharacas.
No era un cartel construido sobre el peso específico de las grandes figuras ni sobre la promesa de un acontecimiento anunciado. Más bien parecía una de esas fechas que el abono deposita en medio del ciclo, confiada a toreros que todavía necesitan convencer más que administrar prestigio.
Sin embargo, el toreo conserva una rara capacidad para desmentir las jerarquías previas. Allí donde la expectación era moderada apareció el interés; donde se intuía una tarde de trámite surgió una sucesión de episodios capaces de sostener la atención sin tregua.
Al finalizar el paseíllo, Las Ventas había asistido a una corrida de las que dejan poso precisamente porque nadie acudió a ella con la obligación de encontrarlo.
La entrada, la más discreta de lo que iba de feria, reunió aun así a más de 16 mil espectadores. Bastaron unos pocos lances para comprender que la cifra no sería el dato relevante de la jornada.
Lo verdaderamente importante sucedería después, cuando tres toreros de registros muy distintos decidieron comparecer ante Madrid con la determinación de quien entiende que las oportunidades no se cuentan, se aprovechan.
La corrida tuvo además un argumento añadido en la presencia de dos sobreros que terminaron alterando el curso de la tarde. El primero de ellos, "Laborioso", de Casa de los Toreros, apareció nada más comenzar el festejo y acabó convirtiéndose en el mejor aliado de José Garrido.
El extremeño encontró en él un animal de noble condición, fijo en los engaños y dispuesto a seguir el gobierno de una muleta templada. Garrido lo entendió desde el principio. Lo sometió primero y lo acompañó después, construyendo una faena donde el mando no estuvo reñido con la naturalidad.
Especialmente al natural, cuando el toro acudió humillado a los vuelos de la muleta, surgieron los pasajes de mayor profundidad. Todo quedó rematado por una estocada de impecable ejecución, de las que cierran una obra sin necesidad de añadir comentarios.
Si Garrido aportó el argumento clásico, Ismael Martín introdujo el elemento volcánico de la tarde. Hay toreros que parecen instalarse en la plaza; él irrumpe en ella. Desde el recibo capotero hasta cada comparecencia en banderillas, todo en su actuación estuvo presidido por una voluntad irrenunciable de exposición.
Su paso por Madrid volvió a ser una reivindicación de una tauromaquia donde el riesgo no es un recurso, sino una forma de expresión.
La devolución del quinto toro abrió la puerta a "Haragán", sobrero de Fermín Bohórquez. Antes de que apareciera, Martín ya había sufrido una violenta voltereta al intentar recibir a porta gayola al titular. Nada modificó sus intenciones.
Volvió a esperar de rodillas frente a chiqueros y convirtió el tercio de banderillas en uno de los momentos más encendidos de la tarde. El público reconoció no solo la espectacularidad de su ejecución, sino la verdad que había detrás de cada reunión.
Con la muleta encontró un toro emotivo y encastado. Por el pitón derecho, noble y franco; por el izquierdo, exigente y áspero. Martín eligió el camino menos cómodo. Se quedó donde otros se habrían aliviado y terminó construyendo una faena atravesada por la emoción.
La vuelta al ruedo posterior, tras una fuerte petición de oreja, fue la consecuencia lógica de una actuación que había logrado algo cada vez más difícil: conmover a Madrid.
También Samuel Navalón encontró la forma de dejar su huella. Después de un primer toro de escasa transmisión, decidió jugarse la tarde en el sexto desde el mismo momento en que se fue a porta gayola. El gesto adquirió otra dimensión cuando una durísima voltereta lo dejó visiblemente mermado.
Regresó al ruedo con el cuerpo golpeado y el orgullo intacto. Fue entonces cuando aparecieron los naturales más rotundos de su actuación. Frente a un toro encastado y exigente, Navalón combinó valor y autoridad, dos virtudes que rara vez alcanzan plenitud cuando aparecen por separado.
La espada le privó de un desenlace mayor, pero no consiguió borrar la impresión final. Porque la corrida había encontrado ya su argumento principal: tres toreros empeñados en convertir una fecha aparentemente secundaria en una tarde de importancia.
Y así ocurrió. No por la dimensión de los nombres anunciados, sino por algo mucho más infrecuente: porque durante dos horas y media nadie tuvo ocasión de apartar la mirada del ruedo.